Hoy es: Miércoles, 23 de Abril de 2014
inicio
La agricultura milpera de los mayas de Yucatán

Augusto Pérez Toro

 

La milpa

A pesar de que en pocos renglones se puede describir el rudimentario proceso de la preparación del terreno, la siembra, los cultivos y la cosecha, la idea de simplicidad que emanara de esa descripción sería equivocada. El trabajo de la milpa es más complicado de lo que a primera vista parece. La gran importancia que tiene, se revela en el rico vocabulario técnico que hasta hoy se conserva, aunque con más o menos alteraciones.

    Es posible que el trabajo de la milpa en la actualidad sea más complicado que antaño; el desmonte y la “quema” más perfectos, la siembra y los cultivos más cuidadosos, en un intento de compensar la baja de los rendimientos.

    Las tierras ya no son tan fértiles; los montes altos tienden a desaparecer y sólo podemos tener una idea de lo que eran los bosques de Yucatán por los escasos manchones que aún existen en lugares alejados de las poblaciones y de las vías de comunicación; la mayor parte del monte bajo sufre una constante cosecha de combustible que no le permite alcanzar su máximo desarrollo, a la vez que se le despoja de plantas como el chakaj y el chukum, que tienen diversas aplicaciones; el ganado semi salvaje contribuye a su empobrecimiento devorando los vástagos y renuevos; los cultivos permanentes, como el henequén, le restan una superficie apreciable; la concentración de habitantes en ciertas zonas no permite esperar tantos años, como en época pretérita, para que el suelo recobre su fertilidad. No obstante, el número de campesinos cuyo único recurso es la milpa, es tan grande o quizás mayor que en la antigüedad. Por otra parte, la naturaleza del suelo no admite innovaciones radicales en la técnica agrícola. He aquí un problema de importancia cuya solución se hace cada vez más urgente, porque el suelo continúa empobreciéndose a la par que aumenta la población del Estado.

    El mejoramiento de un medio agrícola debe tener por base su estudio, tal cuales, sin desdeñar una sola de las prácticas agrícolas locales, aún las que parezcan más deficientes, porque todas obedecen a algún motivo, a alguna peculiaridad del medio, y a veces el empirismo no es más que el camino largo para hallar las mismas verdades que la ciencia ha encontrado antes, o que se limita a confirmar o ampliar después. Claro que no siempre sucede así, pues hay procedimientos empíricos que resultan equivocados, pero ninguno debe rechazarse sin previo examen. Ciertos fracasos técnicos se deben a la pretensión de aplicar principios generales a medios agrícolas desconocidos o imperfectamente estudiados. La técnica es la que está obligada a acomodarse al medio, cuando no se pueda cambiarlo económicamente para adaptarlo a dichos principios. Revisaremos a continuación el proceso de la milpa.

 

Elección del terreno

La primera labor consiste en recorrer el monte (xíimbal k'áax) para escoger el terreno. Como asentamos antes, el campo de donde elegir es cada vez más restringido. Como terreno ideal se buscaba el de suelo negro (éek' lu'um) , rico en materia orgánica y bien poblado de árboles corpulentos. Se tenía cierta predilección por los lugares donde abundaban las leguminosas, como el waxim . Hoy en día, repetimos, hay poco margen para la elección y se toman terrenos que en otras épocas se rechazaban.

    Nos viene a la memoria un caso que deseamos referir antes de seguir adelante. Alguien se extrañaba que en los terrenos que atraviesa nuestra pequeña serranía del Sur, los campesinos prefirieran hacer sus milpas en los pedregosos cerros, desdeñando el suelo de rojizo color, relativamente libre de piedras, y profundo. Esa persona, desconocedora del medio, atribuía a torpeza de los indígenas lo que no es mas que el resultado de una experiencia acumulada a través de los siglos: el maíz se produce mejor entre la poca tierra negra entre las piedras, tan escasa que parece haberse distribuido a puñados, que en la abundante tierra “colorada” de la falda, pobre en cal, y que fácilmente se llena de hierbas que el campesino no puede dominar con sus deficientes implementos. Las tierras rojizas son adecuadas para un buen número de plantas de cultivo, pero el milpero no procede caprichosa ni torpemente al preferir los terrenos pedregosos y arbolados del cerro, donde puede encontrar la materia orgánica que él reconoce por su color oscuro.

    Fray Diego de Landa, agudo observador, no estaba lejos de la verdad cuando escribía lo siguiente: “... es sobre las piedras y entre ellas, que todo lo que en ella hay y se da, se da mejor y más abundantemente entre las piedras que en la tierra, porque sobre la tierra que acierta haber en algunas partes, ni se dan árboles ni los hay, ni los indios en ella siembran sus cimientos ni hay sino yerba; y entre las piedras y sobres ellas siembran y se dan todas sus semillas, y se crían todos los árboles; y algunos tan grandes y hermosos, que a maravilla son de ver. La causa de esto creo que es haber más humedad y conservarse más en las piedras que en la tierra...”.

 

El desmonte

Escogido el terreno, se abre una pequeña brecha o “picado” (jolche' o p'ej-che') como base para su medición. A cada veinte metros lineales se coloca una mojonera provisional (xu'uk') compuesta de tres piedras, que sirve para señalar los “mecates” (k'aan) que se desea sembrar. El “mecate” se emplea como medida lineal y también de superficie. Hoy en día se acepta como equivalente a veinte metros por lado, o sea cuatrocientos metros cuadrados. Antiguamente se calculaba en 72 pies de la medida española, por lado.

    Partiendo de joolche' se comienza la medición general de la futura milpa (p'iisi-kool) con una vara de medir llamada p'iisi-che' , que tiene la sexta parte de un “mecate” lineal. También se emplean sogas de veinte metros de largo.

    Medido el terreno, se inicia la “tumba” o desmonte (kool) con el corte de los matorrales, arbustos y ramas bajas de los árboles (p'a'ay tok' , o janch'ak) . Después se talan los árboles (ch'aak che') aproximadamente a la altura de un metro de la superficie del suelo. Cuando el árbol cae se podan las ramas (p'uuy k'abche') y se desmenuzan.

    La época del desmonte es variable. En algunos lugares, particularmente donde hay monte alto (canal k'áax) se inicia desde agosto a septiembre, de modo que en octubre queda preparada la milpa para la “quema”, pero como esta operación no se efectúa sino hasta abril o mayo, la vegetación retoña (k'u'uk'-che') y entonces se hace necesario efectuar el ba'k'u'uk che' , o corte de los retoños, ocho o quince días antes de la “quema”. El motivo de anticipar la “tumba” es la facilidad de cortar los árboles grandes cuando tienen suficiente humedad. En pleno período de “seca”, la madera es más dura.

    En el monte bajo (jubche') se aplaza la “tumba” para el mes de enero, evitándose así el ba'k'u'uk che' .

    No siempre se tiene el cuidado de cortar y picar bien la maleza y la vegetación arbustiva. En este trabajo, como en todos, hay varios grados de perfección, a partir de un simple wa ch'ak que consiste en cortar a medias el tronco de los árboles e inclinarlos hacia el suelo, sin destrozar las ramas ni los matorrales. Este sistema es más común en los lugares de monte alto, y nos imaginamos que era el único que se empleaba en la antigüedad, cuando se desconocían los implementos metálicos.

 

El cerco

Al mismo tiempo que se hace el desmonte se inicia la formación del cerco aprovechando los árboles que se encuentran en la brecha, a cuyo efecto se cortan los tallos a la mitad de su diámetro, a cierta altura del suelo, y se doblan las plantas hacia afuera del terreno, sosteniendo el ramaje con unas horquetas grandes de brazos muy abiertos (xa'ay che' ) reforzadas a ambos lados por otras horquetas más pequeñas llamadas táak che' . A la caída de las lluvias esta cerca retoña y se transforma en un seto vivo más o menos espeso.

    Cuando no hay árboles aprovechables para este fin, se utilizan ramas gruesas para formar el cerco que en este caso se denomina suup ; se construye en forma semejante con la ayuda de horquetas, y se refuerza con ramitas espinosas.

    En todos los casos el cerco debe terminarse antes de que se concluya el desmonte, con el fin de impedir el acceso del ganado que revuelve la vegetación “picada” (jay ch'ak) que cubre el suelo a manera de alfombra.

    El asunto del cerco es de gran importancia para el campesino. Después de la langosta, el ganado es el peor enemigo de la milpa. Vagando errantes por los montes en busca del sustento, como si fueran venados u otros animales salvajes, las reses se introducen en la milpa agrandando la más pequeña brecha, y a veces, saltando con facilidad los cercos. Hay animales “viciados” o acostumbrados a penetrar a las milpas para devorar las plantas de maíz. Los campesinos designan con el nombre de “milperas” (xpa kool) a las reses que con toda maña se introducen a través del cerco, y con el de “saltadoras de cercos” (xpa suup) a las que con agilidad increíble para su peso y volumen salvan de un brinco el obstáculo que se interpone entre su apetito y su alimento preferido.

    Fuente inagotable de controversias entre milperos y ganaderos, de incidentes desagradables y hasta de hechos criminales es esta cuestión del cercado de la milpa. En la época de la Colonia se necesitaba un permiso especial para establecer un rancho ganadero, que sólo se otorgaba mediante el requisito de que su ubicación se efectuara a mucha distancia de los centros poblados, donde se presumía que el cultivo del maíz era el principal recurso de los agricultores pobres. Era un intento de distribución de las zonas agrícolas para evitar que las empresas se perjudicaran mutuamente; intento que se facilitaba por la menor densidad de población. Esa ley fue derogada, o cayó en el olvido, o las circunstancias la hicieron inaplicable. El caso es que desde entonces los intereses de milperos y ganaderos se encuentran en constante pugna. En la actualidad una Ley del Estado ordena que los cercos de las milpas sean bien construidos, sin especificar su altura, pero por mutuo acuerdo de la Agencia de la Secretaría de Agricultura y Fomento y del Departamento de Agricultura del Estado, se recomienda a los campesinos que hagan sus cercos de un metro setenta y cinco centímetros de alto, es decir, veinticinco centímetros más de lo que generalmente se acostumbra.

    El tema es de tanta importancia para el humilde agricultor cuyos intereses económicos se basan en la milpa, como para el futuro de la ganadería en la región, que no resistimos el deseo de seguir comentándolo. En toda la temporada de la milpa menudean las quejas de ganaderos y milperos ante las autoridades federales y locales. Con cierta frecuencia los campesinos, exasperados por la pérdida de sus sembradíos, recurren a actos violentos y crueles, con los animales que invaden sus terrenos, y a los que no puede culpárseles de seguir sus instintos y satisfacer su hambre en cualquier forma. Tampoco puede ser responsable el campesino, a menos que las cercas estén mal construidas, lo que procura evitar por su propio interés, pero no puede exigírsele que construya albarradas ni que utilice alambre de púas, que costarían más que la cosecha del maíz. Por otra parte, ni las mismas albarradas son un obstáculo para el ganado hambriento, como hemos tenido oportunidad de ver en repetidas ocasiones. Las clases de cerca que hemos descrito y que significan una regular inversión de tiempo y trabajo son las únicas que en justicia se puede exigir a los campesinos, que no cuentan con numerario para hacer gastos que tampoco llegarían a recuperar, ya que los terrenos para milpa sólo pueden utilizarse durante uno o dos años, quedando después libres para el ganado, que vaga a su satisfacción por los montes sin pastor que lo vigile y guíe, alejándose mucho de los corrales, y volviendo a ellos solamente para abrevar, en la época de sequía. Esta circunstancia se agrava con la cruza del ganado semi salvaje de la India, el cebú, que recorre grandes distancias en busca de alimento.

    La pobreza de los pastos naturales y el hecho de que la ganadería en el Estado, salvo contadas excepciones, pretende continuar subsistiendo por tiempo indefinido de lo que buenamente produce el monte, son el fondo las razones que ofrecen los ganaderos para no cercar los terrenos donde pastan sus animales. La cantidad necesaria de cerco sería fantástica, dada la superficie que necesita cada pieza para subsistir. Por otra parte, escasos son los ganaderos que cuentan con el terreno suficiente para sostener los animales que poseen. Algunos propietarios de unas cuantas piezas, carecen totalmente de terreno. Como asentamos en una serie de artículos relacionados con el monte, en muchos sentidos éste es prácticamente de propiedad comunal, por ejemplo, en el caso de la ganadería. El ganado vaga libremente salvando los linderos de fincas y “parajes”, invadiendo los montes y los claros, las carreteras, los caminos y las vías del ferrocarril. Relativamente los casos de abigeato son pocos, dadas las circunstancias que los favorecen.

    En las condiciones que brevemente hemos descrito, la pugna entre los propietarios de milpa y los de ganado seguirá en pie por mucho tiempo. Ambas empresas se realizan en forma sumamente extensiva, rudimentaria y nómada, con la diferencia de que, mientras es difícil por costosa la estabilización de toda la agricultura del Estado, particularmente la que se basa en el cultivo del maíz, sí, por otra parte, es factible la transformación de los métodos que actualmente se emplean en la ganadería de la localidad, que de continuar en la misma forma que desde hace siglos, desaparecerá de Yucatán cuando aumente la población campesina y con ella la necesidad de dedicar mayor superficie a los cultivos básicos.

 

La quema (tóok)

Al mismo tiempo que se efectúa la “tumba” o desmonte, se limpia la guardarraya o brecha que se ha abierto alrededor del terreno con el doble objeto de impedir que el fuego de la “quema” se comunique a los terrenos colindantes, y para facilitar la vigilancia de la milpa. Cuando todo queda preparado, se espera la época favorable para la “quema”. Antes de entrar en detalles juzgamos pertinente referirnos a los principios generales de esa operación y a los puntos de controversia que ha suscitado.

    La “quema” significa el derroche de las reservas que lentamente la naturaleza ha venido atesorando en el terreno a través de un período no menor de seis años y que en ocasiones pasa de diez. En unas cuantas horas las substancias acumuladas en la vegetación, y la materia orgánica que se ha venido depositando entre las piedras y en los intersticios de las rocas se transforman en gran parte en humo y cenizas.

    Teóricamente la “quema” es una práctica rudimentaria que impide que en Yucatán pueda formarse el suelo agrícola, pues nuestras calizas rocas son nada más el esqueleto de un terreno que no tuvo tiempo de revestirse de lo que propiamente se llama suelo agrícola.

    En distintas épocas, diversos escritores y conferencistas han clamado contra la “quema” y, repetimos, desde el punto de vista teórico su tesis es irrefutable. Pero fijémonos en la realidad, la realidad agrícola de Yucatán, no la de otros lugares de clima cálido y de tierras arables, donde, sin embargo, se emplean los mismos procedimientos primitivos que aquí nuestros campesinos se ven obligados a utilizar porque no les queda otro recurso.

    Como por lo regular las personas que más adversas se muestran a la “quema” tienen en mente los terrenos de otros Estados, favorablemente dotados por la naturaleza, y no han observado de cerca o no han comprendido nuestro medio agrícola, incurren en generalizaciones que es preciso aclarar. En aquellas regiones no habría palabras para condenar suficientemente la “quema”, si esto no implicara condenar también el estancamiento de los campesinos de esos sitios, por causas muy complejas de las que ellos sólo tienen una pequeña parte de la culpa.

    Hemos visto, en algunos de esos lejanos lugares, arder bosques enteros de grandes árboles y valiosas maderas, para sembrar unos puñados de maíz cuya cosecha no compensaría la vida de uno solo de los gigantes de la selva, pero el agricultor necesita el maíz para sustentarse, carece de vías de comunicación y de recursos económicos para explorar el bosque, y nada ni nadie lo ha obligado a establecer una agricultura permanente, en esas tierras profundas, donde no existe una sola piedra, surcadas por ríos y arroyos, y tan favorables para el cultivo, que si los campesinos mayas las vieran, se creerían transportados al paraíso del agricultor.

    Año tras año arden aquellos grandes bosques, ante los cuales nuestro “monte bajo” no es más que un montón raquíticos arbustos. En vez de adueñarse del terreno, “domesticándolo” para hacerlo cada vez más adecuado a la agricultura con los cultivos, aquellas gentes proceden igual que nuestros campesinos, haciendo sus siembras a “pica” o “barra”, limpiándolas de malezas con el machete e implementos semejantes, repitiendo la siembra dos o tres veces en el mismo terreno y abandonándolo después a la naturaleza para que nuevamente se encargue de restaurar la fertilidad.

    Es allí donde el programa agrícola admite innovaciones radicales de acuerdo con una técnica más avanzada. Allí debe restringirse la “quema” a una sola vez, si acaso, para desembarazar el terreno económicamente de las malezas, limpiarlo por el fuego de los insectos y de muchos gérmenes patógenos, neutralizar su acidez por medio de las cenizas a la par que enriquecerlo en potasa; proceder después al destronque, paulatinamente, ya que los recursos del agricultor son muy escasos; aplicar más tarde el arado para volver la tierra más productiva por el efecto de las labores sobre microorganismos que pueblan el suelo, aparte de otras ventajas que no es del caso enumerar ahora; establecer un programa de rotaciones de siembras para conservar la fertilidad; utilizar las máquinas cultivadoras para combatir eficaz y económicamente las hierbas, etc.

    En la inmensa mayoría de los terrenos de Yucatán, casi nada de eso es posible. Dicen los opositores teóricos de la “quema” que en vez de recurrir a esa operación se debe recoger toda la maleza, llevarla a un lugar determinado, “picarla” y formar un pudridero para que con el tiempo los restos de la vegetación se transformen en materia orgánica, la que se esparciría en el terreno para enriquecerlo con las principales substancias que las plantas requieren para su desarrollo. Lo anterior está muy bien, teóricamente; sólo desearíamos poder colocar a alguno de los opinantes frente a la realidad, en las mismas condiciones económicas en que se encuentra nuestro campesino, para ponerle en igualdad de circunstancias, y conocer su opinión sincera a la vuelta de unos cuantos años de experiencia, o examinar sus resultados económicos.

    Uno de esos teóricos resolvía el problema de la preparación de nuestros terrenos, sin recurrir a la “quema”, hablándonos de grandes tractores de tipo “oruga”, que rodando sobre nuestras lajas descuajarían árboles y arbustos, economizando de ese modo hasta el desentronque, y conduciendo la maleza por dispositivos especiales para acumularla en un rincón del terreno, donde otras máquinas se encargarían de picarla, etc. Faltaba únicamente saber dónde se encontraban esas máquinas especiales y tractores a la disposición del campesino yucateco.

    La fantasía puede resolver rápidamente cualquier problema, incluso el de volver arables los suelos de la Península, que en opinión publicada por otro teorizante, sería bien sencillo, utilizando grandes arados, suponemos que de un metal especial que aún no se descubre, los cuales, tirados también por grandes tractores del socorrido sistema “oruga”, con pasos sucesivos irían pulverizando la parte superior de la roca. A este admirable expediente que a nadie se le había ocurrido, se añadiría el de revestir el terreno con una capa uniforme de estiércol, lo cual, de acuerdo con una fórmula matemática, sería a su entender muy factible, pues si una res produce determinada cantidad de estiércol que alcanza a cubrir una superficie dada de terreno, basta un número X de reses para formar una capa arable de suelo a la vuelta de un corto número de años... Además, se establecería en firme la industria pecuaria y su derivada, la lechería aparte de la exportación de pieles, la fabricación de calzado, etc.

    Las fantásticas opiniones anteriores las referimos solamente a manera de ejemplos, de lo que suele aconsejarse sobre la agricultura regional. Nos referimos ahora a otras opiniones más serias, adversas una y favorables otras, a la importante cuestión de la “quema” en Yucatán.

    Dos trabajos de un mismo autor nos brindan la oportunidad de resumir los principales argumentos en contra y en pro de la práctica mencionada.

    En el Boletín numero tres del Departamento de Agricultura del Estado, el Sr. Mario Calvino, Doctor en Ciencias Agrícolas de reconocida competencia, se ocupó de la “quema” condenándola en sus distintos aspectos. Estas son las conclusiones del citado Boletín, suscrito el 17 de enero de 1916: “Resumiendo: la quema de los terrenos de Yucatán es dañosa y hay que abandonar ese procedimiento bárbaro, utilizando la madera y leña del desmonte y soterrando la yerba o maleza como abono verde, porque así se aumenta la fertilidad del terreno”.

    Posiblemente el Dr. Calvino contaba en esa fecha muy pocos días de estancia en Yucatán, o no había tenido aún la oportunidad de examinar de cerca los terrenos del Estado, para cerciorarse de la imposibilidad absoluta de sepultar la maleza bajo las lajas. Pero como profesionista honrado y competente a quien no asustan las rectificaciones, tan pronto se dio cuenta de la ligereza de su opinión, basada en principios generales, en el Boletín siguiente, impreso treinta y ocho días después, o sea el 23 de febrero del propio año, se corrige en la forma que a continuación se expresa: “En el Boletín numero 3, tratando de la quema, hemos dicho que esta práctica agrícola es bajo todos conceptos mala; pero más tarde pudimos observar que la “quema” es indispensable y de valiosa utilidad, en donde no se puede labrar la tierra por lo pedregoso y rocalloso del terreno”.

    Resumiremos ahora los argumentos que primeramente presento contrarios a la quema, porque en esencia son los mismos que esgrimen todas las personas que opinan en igual forma. “Las tierras de Yucatán son pobres en materia orgánica, por esto no es racional quemar las yerbas y maleza antes de sembrar, porque si toda esta yerba se soterra en el terreno, se pudre y da lugar a humus o mantillo, modificando profundamente las condiciones físico-químicas y biológicas del terreno. A tal efecto se corta la yerba y malezas y se separan las ramas y leña, dejando, para voltear en el terreno, las hojas, yerbas tiernas y ramitas pequeñas, picando éstas para poderlas soterrar mejor. Si se quema la yerba y maleza antes de sembrar, se pierde el nitrógeno acumulado y la materia orgánica misma, quedando la ceniza, la que sólo contiene la cal, la potasa, la magnesia y el fierro y los otros pocos elementos minerales que las plantas toman del terreno. La ceniza de las plantas constituye un gran abono, pero cuando tengamos yerbas, hojas y frondas frescas de árboles, no conviene reducirlas a ceniza, si nuestro terreno necesita de materia orgánica; porque soterrando todo esto en el mismo terreno, le suministramos, además de los elementos de la ceniza, todo el nitrógeno y las substancias hidrocarbonadas de la materia orgánica. La quema debe hacerse sólo en donde las tierras son negras y ricas de humus. Entonces la ceniza neutraliza la acidez y favorece la vida de los microbios”.

    Más adelante propone el Dr. Calvino la siembra de plantas leguminosas para emplearlas como abono verde “volteándolas y soterrándolas en el terreno mismo en que crecieron”, lo que es económicamente imposible en los terrenos no arables. Después aconseja la calcinación, cosa distinta de la quema, y que sólo sería aplicable en los cultivos intensivos y en circunstancias muy especiales, y concluye en la forma antes citada.

    Con el título “Tierras de laja; Nuevas ideas sobre la quema”, el mismo doctor publicó otro Boletín expresando que los consejos anteriores no se ajustan a los terrenos que no pueden ararse. He aquí un resumen de la parte conducente del mencionada Boletín:

    “Hay vastas regiones en Yucatán en donde es imposible labrar la tierra con arado; en esos terrenos la quema permite una rápida y económica limpieza del terreno; si el terreno no se quemara las malas hierbas se desarrollarían luego y ahogarían las siembras, mientras que por efecto de la quema el terreno queda libre de toda maleza por el tiempo necesario a que las plantas sembradas nazcan y se desarrollen lo suficiente para no ser ya dañadas por estas hierbas. Hay que añadir que la ceniza que deja la quema sirve de abono en esos terrenos pobres”. Refiere después una entrevista que tuvo en Oxkutzcab con el agricultor Sr. Genaro Ayora, quien le comunicó “que los indios mayas desde época antigua habían notado que sólo con la quema podían hacer sus cultivos de temporal en las tierras de laja, porque con el calor de la quema la laja “suda” y entonces en la poca tierra que hay en las rocas y encima de ellas se junta la humedad necesaria para que la semilla pueda germinar y desarrollarse la plantita”. Apoyando esas razones, el Dr. Calvino dice: “El calor de la quema hace dilatar la laja porosa, característica del suelo yucateco, y entonces por sus poros dilatados sube la humedad con mayor libertad y vehemencia. Así la tierra puede absorber la humedad necesaria para la germinación de la semilla que se le confía y el desarrollo de las plantitas hasta que llueve. Por esta razón la quema no debe ser condenada para los suelos de laja y por lo contrario hay que aconsejarla. Lo mejor es dejar que en la estación de lluvias crezcan las yerbas en los plantíos, cortando éstas y dejándolas tendidas en el suelo al acabarse la estación. Así formarán una capa de materia orgánica encima del terreno, la que mantendría siempre húmedo y fresco el mismo. Además, las sales fertilizantes que estas yerbas absorbieron de la capa superficial del terreno vuelven a la misma y gradualmente retornan al estado soluble, dando tiempo de absorberlas a las raíces”.

    A continuación aconseja preparar artificialmente el humus para enriquecer los terrenos de laja, poniendo a pudrir las yerbas, y la formación de estercoleros para el debido aprovechamiento del abono animal, que en Yucatán sólo puede utilizarse en contados casos, pues el ganado es poco, y vaga libre en dilatadas superficies.

    Finalmente diremos, que bajo el aspecto económico la quema es insubstituible en la preparación de los terrenos para la milpa en Yucatán. A cambio de la destrucción de cierta cantidad de materia orgánica, proporciona elementos contenidos en la ceniza, en tal forma que pueden ser aprovechados de inmediato, pero, sobre todo, es la única manera práctica de desembarazar el terreno de malezas y hierbas que no es posible soterrar porque lo impide la naturaleza pedregosa del suelo. Y, por otra parte, el fuego destruye gran cantidad de semillas y raíces de las plantas espontáneas y el maíz tiene tiempo de germinar y comenzar a crecer sin estorbos. En las tierras arables, las labores de preparación desempeñan ese papel de limpieza, y en caso necesario una labor oportuna de arado o de cultivadora permite que las plantitas puedan desarrollarse sin tropiezos durante la primera fase de su vida. Se trata de una competencia de velocidad de crecimiento entre las plantas espontáneas y las cultivadas, y en Yucatán éstas sólo pueden tomar la delantera gracias al fuego. De no quemarse el terreno habría que dar un primer cultivo con la coa, que desempeñan un trabajo muy lento y costoso, y ese cultivo, que quizás sería insuficiente, tendría que hacerse con las dificultades que son de suponerse, antes de que salieran a la superficie las plantas de maíz. En nuestro medio tiene la quema otras ventajas que se han mencionado, y que en conjunto, como expresa el Dr. Calvino, hacen de la quema una práctica indispensable.

    La adicción artificial de materia orgánica formada por residuos vegetales, sólo sería costeable en los terrenos permanentemente en cultivo. Sobre este procedimiento y su aplicación en Yucatán hay mucho que decir, y quizás lo hagamos en su oportunidad.

    Uno o dos días antes de quemar el terreno desmontado (taj che') se procede a limpiar el espacio junto al cerco (mis jal-chun suup) en dos o tres metros para evitar que el fuego se comunique al cercado. Las hojas secas (sojol) y demás basura de esa porción de terreno se queman o en su defecto se amontonan a un lado formando una capa gruesa (u-k'u kool) que en su oportunidad facilitará el principio de la quema.

    Terminados esos preparativos el propietario o propietarios de la milpa, pues con frecuencia ésta se hace en compañía, suelen ponerse de acuerdo con el jmeen para fijar la fecha de la quema. Ese individuo, tan considerado en otros tiempos por sus funciones sacerdotales, hoy en día desempeña algunas ceremonias del rito, adulteradas una y otras muy simplificadas, cuyo significado exacto probablemente ha olvidado. A los milperos vecinos también se les consulta puesto que la quema necesitará de su cooperación. Las fases de la luna se tienen como guía muy importante para todas las operaciones agrícolas. En la luna llena es cuando se hace la quema.

    El día fijado, desde muy temprano se preparan estacas de uno y medio a dos metros de largo, que servirán de teas (taj che') utilizándose preferentemente las ramas de las leguminosas boox káatsim y sak káatsim porque arden con facilidad aunque estén verdes. Se preparan resquebrajando con el machete uno de los extremos (tsatsaj bujbil) operación que se repite en el curso de la quema cuantas veces sea necesaria.

    En los casos en que intervienen el jmeen , cada vez menos frecuentes, con anticipación se escoge un lugar más o menos en el centro de la milpa y de preferencia en algún montículo y se despeja lo mejor posible para evitar que el fuego llegue hasta allí. El día de la quema, como a las once horas cuando comienza a soplar el viento del sur (nojol iik') el jmeen lleva al lugar escogido una “jícara” (luuch) nueva y de gran tamaño, llena de la bebida regional hecha con maíz, llamada saka' , y endulzada con miel, y la ofrece a los espíritus o señores del viento (yuumil iik'o'ob) “para que la milpa arda mejor”. A veces se substituye el saka' , que es bebida tradicional para las ofrendas en el no menos tradicional licor llamado báalche' , que se obtiene de la planta del mismo nombre. La “jícara” (fruto de una bignononiácea preparada para servir de vasija) es depositada en el suelo donde permanece mientras se quema el desmonte.

    Terminado ese brevísimo acto, que en otras épocas debió haber revestido gran solemnidad, los milperos se dividen en dos grupos, de los cuales uno se encarga de vigilar que el fuego no llegue al cercado (kanan k'áak'o'ob) . Cuando hay plantaciones próximas de henequén se extreman las precauciones y se lleva agua para ayudar a extinguir el fuego en caso necesario. El otro grupo se dirige a la parte que se considera como extremo inferior o “espalda de la milpa” (kul paach) que como tal se toma al costado norte (xaman) y da principio a la quema. Después de que arde un “mecate” más o menos, el grupo se subdivide a su vez en otros dos, y uno de ellos sigue propagando el fuego (too kool) al poniente (chik'in) y el otro al oriente (lak'in) debiendo encontrarse ambos al sur (nojol) . Esta operación es conocida con los nombres de bat'ab o wolt'ab . Cuando se nota que el centro de la milpa no arde bien, de cada grupo se desprenden uno o dos individuos para dar fuego a esa porción (t'abi chúumuk) lo que no deja de ser riesgoso, pues el fuego de los costados oriente y poniente puede envolverlos o el humo sofocarlos. Suelen darse casos de accidentes graves y hasta de muertes, sobre todo cuando la dirección de los vientos cambia rápida y frecuentemente.

    La quema se acompaña de gran algazara, gritos y risotadas, en medio de un calor sofocante, densa humareda y altas llamas, y el crujido de las ramas verdes que arden. En unas cuantas horas, a veces en dos o tres, se termina la operación, y queda el suelo cubierto de cenizas que el viento se encarga de diseminar.

    Concluido el trabajo, cuando no queda mas que rescoldos y ceniza sobre las calientes piedras, el jmeen distribuye entre los propietarios de la milpa, en pequeñas porciones, el líquido de la ofrenda, y a continuación se toma “pozole” (k'eyem) en abundancia, que las mujeres se encargan de llevar cuando la milpa no esta muy distante, y que ellas preparan en el mismo terreno, o bien, cuando los hombres se han alejado mucho del poblado, acostumbran llevar pelotas de “pozole” que les sirve a la vez de comida y bebida.

    En otros casos, particularmente en los lugares donde se conservan mejor las antiguas costumbres, después de la quema se verifica otra ceremonia que consiste en propiciar a la tierra “dándole de beber” el líquido de las ofrendas, o sea el saka' . Al efecto, en las últimas horas de la tarde se prepara esta bebida con los granos de una sola mazorca de las que se guardan para semilla y que se escoge por su gran tamaño. La preparación se hace en un leek (fruto de una cucurbitácea arreglado para servir de vasija) y éste se cuelga sobre un kaan-che' , especie de emparrillado hecho de palos, donde permanece toda la noche. A la madrugada siguiente los propietarios de la milpa, sin más acompañamiento, distribuyen el líquido en 13 jícaras. En cada ángulo de la milpa abren un pequeño agujero y vierten el contenido de la “jícara” correspondiente. En estos casos, los mismos propietarios beben saka' depositado en la “jícara” que se empleo el día anterior para propiciar a los vientos.

    Si se tiene en cuenta que la agricultura de la región está a merced de los elementos y cuando éstos se muestran desfavorables, el esfuerzo humano queda nulificado, se comprenderá que en la sencilla mente del campesino indígena haya germinado la idea de las ofrendas propiciatorias desarrollándose en elaboradas ceremonias rituales de las que sólo quedan algunas, probablemente muy desfiguradas.

    Al día siguiente de la quema se recoge la madera gruesa que no hubiese ardido (moolche') y se utiliza para leña o carbón. En caso necesario se emplea una parte para reforzar el cerco. Con los gajos menudos se hacen pequeños montones (p'up'uy'bil) para quema (tóokbil) .

 

La siembra (pak'al)

La siembra suele hacerse en seco (tikin muuk) procedimiento que en algunas labores del interior de la República se denomina “siembra aventurera”, por lo azarosa. Al efecto, cuando a mediados o fines de mayo se advierte la proximidad de las lluvias, por la presencia de nubes más o menos obscuras, el campesino arriesga la semilla con la esperanza de que en breve caigan las primeras lluvias. Con frecuencia este deseo se frustra, y el rigor del sol, los pájaros, los insectos y hasta algunos mamíferos, dan cuenta de la semilla. Sin desmayar por eso, el campesino repita la siembra (julbe'en) .

    Fiel observador de su antiquísimo calendario agrícola lunar, el campesino aguarda “la luna llena” para hacer su siembra, después de la primera lluvia, que por lo general cae a fines de mayo. Como único instrumento emplea el xúul , palo aguzado en su extremo y endurecido por el fuego y a veces revestido de una punta de hierro. Colgado de los hombros lleva el sabukan o morral de henequén, o bien una especie de canasta llamada páawo' , tejida con la misma fibra. Allí encierra la semilla de maíz, mezclada con semilla de frijol y de calabaza. A esta mezcla se le denomina xa'ak' winal .

    Los procedimientos principales para la siembra son dos: el más común se llama k'óoben pak'al , que se puede interpretar por siembra al tresbolillo y se ejecuta recorriendo el terreno en línea recta a pasos normales, enterrando el xuul o vara de sembrar a seis o siete centímetros de profundidad y a la distancia aproximada de un metro de un hoyo a otro, depositando cuatro o cinco semillas de maíz y tres o cuatro de frijol y calabaza por hoyo, el cual se tapa arrimando tierra con la punta del pie (mak jool) . En la línea siguiente los hoyos van alternándose con los de la anterior. Un hombre en una jornada de trabajo puede sembrar alrededor de ocho “mecates” diarios, o sea tres mil doscientos metros cuadrados. El otro procedimiento, menos común, se llama síit' kéej , que significa salto de venado, y sólo se diferencia del anterior en que los hoyos no se alternan y las matas quedan más espaciadas porque el sembrador mide el terreno a pasos largos y forzados.

    La primera siembra en un terreno recién rozado y quemado se denomina ch'akbe'en o milpa rosa y la segunda sak'ab o milpa caña, que algunos llaman “cañada”. Solamente en los terrenos que estuvieron cubiertos de monte suele hacerse la tercera siembra consecutiva, denominada xlab sakab , que desde luego sería incosteable en los suelos pobres.

 

Clases de maíz

Las clases de maíz pueden dividirse en dos tipos generales atendiendo al tamaño de la mazorca: xnuuk nal o mazorca grande y xmejen nal o mazorca pequeña. En condiciones normales la primera necesita de seis o siete meses para madurar por completo, aunque es costumbre recoger la cosecha un tiempo después, y la segunda puede obtenerse a los tres meses aproximadamente, aunque hay variaciones entre las distintas clases que comprende cada tipo.

    No hay variedades propiamente dichas sino híbridos naturales, pero sorprende que siendo tan fácil el cruzamiento en el maíz, conservan sus caracteres generales de modo que desde tiempo inmemorial se les distingue con determinados nombres que aluden a uno o más de esos caracteres.

    Se conoce, entre otros, el t'síit bakal , de mazorca relativamente grande, granos blancos, numerosos, y olote flexible aunque esté madura la mazorca. Esta clase es de las más importantes. Hay también el sajum , de granos amarillentos; el chak chob , que los tiene rojizos; el sak tux de granos blancos, dentados, en hileras rectas; el xbel bakal que presenta la particularidad de que a media mazorca, desde el centro a la punta sólo tiene dos pares de hileras y entre ellas se ve el olote (bakal) desnudo de granos; el eek'chob , cuyos granos tienen un color rojo obscuro casi negro; el xk'an nal , amarillo subido; el pequeño nal t'eel o “elote de gallo”, también llamado k'aay t'eel o sea “canto de gallo”, blanco y muy precoz, que es fama que en sesenta días madura, y podría industrializarse en forma de conservas, como el llamado “maíz dulce” de los Estados Unidos; el xt'uup nal , también pequeño; una de las variaciones del xmejen nal , muy hibridada y precoz, con granos de variados colores; el xe ju , de granos azules y morados, y otros de menos importancia.

    Como característica general todos estos tipos de maíz producen cierta impresión de fragilidad y finura, con sus mazorcas de tamaño mediano a pequeño, su delgado olote y sus granos de poco peso y relativamente menudos. Acusan la escasa fertilidad del suelo, la parquedad de las lluvias y la falta de cultivos completos.

    Por los siglos han constituido la base de la alimentación del campesino maya, y encierran quizá el secreto y la decadencia de la raza, que ha dado lugar a tan variadas como elaboradas hipótesis.

    Por otra parte; están adaptadas admirablemente, a través de quien sabe cuantos siglos de cultivo, a la pobreza de un medio agrícola en el que probablemente no llegarían a aclimatarse con facilidad las variedades originadas en suelos más pródigos y en climas distintos. No obstante en algunos terrenos fértiles del sur hemos visto ensayar con éxito variedades más productivas llevadas de otras regiones. Sería de importancia para la agricultura del Estado un trabajo de Genética consistente en hacer cruzamientos entre las mejores clases nativas y algunas variedades seleccionadas de otras regiones, tratando de aunar a la adaptabilidad de las primeras la mayor productividad de las segundas. También convendría, en las zonas apropiadas, hacer ensayos de aclimatación debidamente dirigidos, empleando de preferencia las especies más productivas de otras regiones de clima cálido.

    Hasta cierto grado, se práctica en la localidad la selección de las semillas, eligiendo al efecto las mazorcas más grandes, más pesadas y mejor conformadas. Los granos de los extremos de la mazorca no se utilizan para la siembra. Hasta cierto punto también, se escogen las variedades, de acuerdo con el suelo, la época de la siembra y la oportunidad con que caigan las lluvias, pero influye decididamente en la elección la costumbre de sembrar una variedad determinada.

 

Otras plantas de la milpa

El frijol que se siembra junto con el maíz es el llamado xkoli bu'ul o frijol de milpa, de planta trepadora y granos de mediano tamaño. También se siembra el iib , de diversos colores, leguminosa semejante al frijol pero de distinto género botánico. Las variedades de calabaza milpera son principalmente la xka' y la t'sóol , de tamaño mediano a pequeño y cáscara delgada. En el Estado tiene gran importancia la pepita (sikil) pues se utiliza en diversas formas en la alimentación. La primera de las nombradas tiene semilla gruesa que recibe el nombre particular de tóop' y la segunda es de semilla menuda.

    En el lugar menos pedregoso de la milpa y separadamente del maíz se siembra el frijol tsama' , de granos negros, grandes de muy buen sabor y rápido cocimiento; el xpeelon , que se cosecha tierno, se vende en la misma vaina y suele usarse como “ejote”; el xma' yuum , negro también, muy precoz, cuyo curioso nombre puede traducirse por “huérfano de padre”; el mejen bu'ul o frijol menudo , del cual hay un tipo muy pequeño, de color rojo, llamado kak wayakab y otras clases menos comunes.

    También se siembra variedades de calabaza distintas de las ya mencionadas, como la xnuuk k'úum , grande de color crema y centro amarillo; la xkalis k'uum , que tiene aspecto parecido al de la calabaza-melón, erróneamente llamada en la localidad “melocotón”; la xkoko k'úum , de forma ovalada y con listas semejantes a las de ciertos melones, sandías de temporal, pero las cosechas principales de esas cucurbitáceas son las de riego y medio riego que se logran en los solares, en los terrenos de cultivo permanente y en los antiguos tiraderos de bagazo de henequén. Cosa semejante puede decirse del tomate (p'aak) .

    En la milpa se acostumbra sembrar una o más variedades de chile picante, sobre todo cerca del lugar donde en su oportunidad se instala el pasel o caseta para la vigilancia. Entre ellas se cuenta el xkat iik o sak iik largo, blanco, que se emplea cociéndolo junto con ciertos guisos regionales; el t'say-báalam y el chawa iik , semejante al anterior, pero el primero más largo y más delgado y el segundo de color verde y extremo ancho en vez de puntiagudo; el “habanero”, excesivamente picante; el chak iik , llamado también “escurre” o sukure iik , nombre que no parece pertenecer al idioma maya. Esta variedad, de color rojo, se seca al sol como el chile “pasilla” del centro de la República, pero es distinta. Por lo general hacen espontáneamente algunas matas de maax , de fruto pequeño y parecido al “piquín” del que quizá solamente es una variación. Las otras clases de chile son más bien propias de los solares que da la milpa.

    Se suele aprovechar los manchones de tinta negra (eek' lu'um) o en su defecto de tierra rojiza (k'áankab) para la siembra de yuca (t'síin) , jícama (chi'ikan) , camote (iis) , y makal . Esta práctica es más común en las regiones distintas de la henequenera.

 

Cultivo

A los quince o veinte días después de la siembra se hace un “chapeo”, bajo (páak) o bien un deshierbe (lojche' páak) dependiendo de la fertilidad del terreno y consecuentemente de la abundancia de las hierbas. La diferencia entre ambos procedimientos consiste en que el primero es prácticamente una siega, sólo que más próxima a la superficie del suelo que en el “chapeo” ordinario, y en el segundo caso, que es menos común se procura cortar de raíz todas las hierbas, hasta donde lo permite la naturaleza pedregosa del terreno.

    En ambos casos se utiliza la coa (lóob o lóobche') que es un implemento distinto de conocido con el mismo nombre en otros lugares de la República. Se compone de una hoja de hierro, corta y ancha, de dos filos, encorvada de modo que presenta cierta semejanza con un signo de interrogación, cuya parte inferior encaja de un mango de palo de cuarenta o cincuenta centímentros de largo. El trabajador opera en cuclillas, por lo que este trabajo es muy cansado. Cuando se trata del “chapeo” el campesino se ayuda con una pequeña horqueta (peets' che') que utiliza para sujetar las hierbas que va segando.

    Un individuo puede hacer de dos a tres “mecates” de chapeo de milpa, o sea entre 800 y 1,200 metros cuadrados, y solamente ejecuta entre medio y tres cuartos de “mecate” de deshierbe en una jornada de trabajo, superficies verdaderamente insignificantes si se comparan con las que se puede cultivar de maíz en los suelos arables y con implementos adecuados.

    Afortunadamente la sombra del monte contribuye en su oportunidad a estorbar el desarrollo de las malas hierbas, y la quema a su vez destruye muchas semillas y yemas subterráneas de la vegetación adventicia, de modo que la milpa roza no necesita más de un deshierbe y a la milpa caña normalmente le basta con dos.

 

Plagas

A cambio de esa ventaja, al milpero no le faltan tribulaciones, siendo de las principales la invasión del ganado, a que nos hemos referido extensamente al hablar del cerco. La langosta (saak') sin duda alguna ocupa el primer lugar entre las plantas, pues la planta de maíz constituye a su alimento predilecto. La historia de Yucatán señala su paso como una de las mayores calamidades, que en otras épocas, cuando no se cultivaba el henequén y los campesinos dependían mucho más que ahora del maíz, llegó a ocasionar la despoblación parcial de la Península, la miseria y hasta el hambre.

    Además de las plagas generales que atacan en cualquier tiempo hay otras que de preferencia lo hacen en determinadas fases del desarrollo de la milpa. Apenas la plantita sale a la superficie, varias clases de aves la buscan como alimento y habitualmente la extraen del suelo con todo y el cotiledón que aún conserva. Entre ellas una de las más temidas es el soj k'aw , pájaro de plumaje negro que algunos opinan que es una especie del tordo. Con poca frecuencia en la zona henequenera y mayor en otras zonas, hace un daño semejante el ch'eel , que distingue por su hermoso plumaje azul en contraste con su desagradable graznido. Algunos autores lo confunden con la urraca, con la que no tiene ninguna semejanza. No es común utilizar “espantapájaros”, pues la mayoría de los campesinos no creen en su eficacia. Se culpa a ciertas lagartijas ( meelech , de color verde, y xkankalas , amarillas) de devorar las raíces de las plantas tiernas. A veces es tan grande el daño que ocasionan las plagas en la primera fase de la vida del maíz, que se hace necesaria la resiembra.

    El venado (kéej) también llega a penetrar a la milpa en busca de alimento. Donde todavía hay manadas de kitam, especie del pecari o cerdo del monte, suelen causar grandes estragos en las plantaciones. A veces el terreno es invadido por multitud de ratas y ratones del campo (u ch'oil k'áax). La tuza (baj) sólo es de temerse en los manchones de tierra rojiza, sobre todo cuando se siembran las raíces y tubérculos que ya se mencionaron.

    Fuera de la langosta, las plagas de insectos son relativamente poco numerosas y dañinas en la milpa, quizá por el gran número de aves insectívoras que existe, entre ellas el ch'ikbuul , otro pájaro de color negro y de fuerte pico encorvado, que confiadamente acompaña a los campesinos cuando están deshierbando, atento a devorar los insectos que salen a la superficie. También es muy útil a la ganadería porque es de las aves “garrapateras”. La quema, como se asentó en su oportunidad, contribuye a su vez al exterminio de los insectos y de sus larvas y huevecillos. Ocasionalmente el “gusano” de la raíz (larva de un coleóptero) produce daños de importancia. Los “gusanos del elote” (larvas de un insecto cuyo nombre científico es Heliothis obsoleta ) puede decirse que son escasos en Yucatán. Los insectos más temibles aquí son las plagas de los graneros, a que nos referimos en su lugar correspondiente.

    La mazorca, naturalmente, tiene más enemigos que la planta. A varias de las plagas ya mencionadas se suman diversas aves granívoras y algunos mamíferos. Entre las primeras, en los lugares de monte alto merece mencionarse el xk'ili' , especie de lorito de plumaje verde que vuela en bandadas haciendo gran alharaca. En esos mismos lugares causan daños de consideración diversos cuadrúpedos de los cuales algunos no abundan en la zona henequenera y otros prácticamente han desaparecido de ellas. Mencionaremos al jaaleb o tepezcuintle, cuya carne es de las más apreciadas en el Estado; al k'ulu' , que parece ser una especie del tejón; y al tsuub erróneamente llamada liebre, que algunos identifican con el agutí. Los tres son animales nocturnos que habitan en las cuevas y otros sitios obscuros y por la noche causan destrozos en los cultivos derribando las plantas, devorando las mazorcas, las sandías, calabazas, etc. El chi'ik o pisote es también un gran enemigo de la milpa. El llamado zorro (ooch) que propiamente no es un zorro sino el animal conocido como “tlacuache” en otros lugares de la República, y que abunda en todo el Estado, hasta en los solares de la propia capital, también devora las sandías, melones y otros frutos a falta de su alimento preferido.

    No se acostumbra combatir las enfermedades de las plantas, que por otra parte no son abundantes. El “cuitlacoche” o carbón, que es tan común en muchos lugares del país, aquí es prácticamente desconocido, quizá porque el clima no es tan favorable para su reproducción. Otras enfermedades del maíz, muy conocidas en diversas regiones, en Yucatán son ocasionales. Creemos que esto se debe a la quema, que destruye los gérmenes patógenos, y a la forzada rotación de cultivos que alterna dos años consecutivos de milpa con seis de monte.

    El campesino procura defenderse de las plagas animales redoblando la vigilancia de la milpa, remendando los cercos y conservando la limpieza de la brecha en torno del cercado. En algunos lugares aislados subsiste todavía una curiosa práctica consistente en embadurnar un cordel con la grasa de un animal carnívoro, como el tigrillo, el leoncillo u otro semejante, y tenderlo alrededor del cercado. Se dice que esto basta para alejar a los cuadrúpedos herbívoros.

    La ceremonia que se celebra antes de la quema parece ser que también tiene el objeto de pedir la ayuda de los espíritus protectores de la milpa ( nukuch yuumo'ob , los grandes señores) para que la defiendan de sus enemigos. Esto parece tener efecto cuando menos en los seres humanos; el ladrón de elotes que después de sus robo se siente repentinamente enfermo, lo atribuye a “venganza de milpa” y está seguro de que no sanará a lo menos que la desagravie, haciendo caso omiso del propietario, pues la milpa tiene, para muchos campesinos, una misteriosa personalidad. El desagravio frecuentemente consiste en encender dos velas en el sembradío robado.

 

La cosecha (jooch)

Los primeros elotes que se ponen a la venta por lo regular proceden de los solares. Poco después se obtienen elotes en la milpa, del maíz precoz de mazorca pequeña.

    Es curioso que siendo tan rico el vocabulario agrícola de los mayas, en la forma que hoy se habla ese idioma, un solo término, nal , sirve para designar a la planta del maíz, al elote y también a la mazorca. Sólo en casos especiales se llama al elote ak' nal y a la mazorca de granos secos, tikin nal . Al hablar en castellano, el campesino yucateco indistintamente denomina “elote” a la planta, al elote propiamente dicho y a la mazorca, lo que da origen a muchas confusiones.

    El frijol tierno, xpéelon , se cosecha al mismo tiempo que los elotes. Las calabazas t'sóol y xka' y las variedades más precoces del frijol que se recoge seco, se cosechan más o menos en las mismas época que el maíz xmejen nal . Este tipo de maíz sólo por excepción necesita de mayores cuidados que los deshierbes que hemos descrito. Por lo general se le prefiere para la siembra de la milpa caña.

    La cosecha principal proviene del maíz tardío llamado xnuuk nal . Con anticipación se forma, el pasel o caseta para la vigilancia, que es una sencilla construcción de ramas y zacate, en forma de A, que sirve para resguardarse de las lluvias y como dormitorio, lugar provisional de almacenamiento, etc.

    Cuando las mazorcas han alcanzado se máximo desarrollo, pero antes de que el grano esté bien seco se hace la “dobla” ( waats') operación que consiste en doblar las cañas sin quebrarlas de modo que las puntas de las mazorcas queden abajo, con idea de que los granos sequen con más rapidez y para protegerlos de los pájaros y de las lluvias. La mazorca no debe inclinarse tanto que puedan alcanzarla las plagas terrestres. La “dobla” se hace cuando la luna está en menguante.

    La ceremonia de acción de gracias por la cosecha, hoy en día ha quedado muy simplificada. Antes de la cosecha se hace un píibinal , es decir, se cuecen unos elotes, bajo tierra y después se escogen los tres más grandes y junto con una jícara de atole nuevo (áak' sa') se ponen en el centro de la milpa, encendiendo una vela. Cualquiera que pase por allí podrá comerse los elotes y tomar el atole, pero deberá dejar la jícara vacía en el mismo sitio. Se hace también un novenario del culto católico y se distribuyen los elotes cocidos entre la concurrencia.

    No siempre se efectúa la cosecha apenas el maíz está bien seco. En muchos casos se acostumbra dejar que las mazorcas permanezcan más tiempo en las cañas porque así se conservan mejor que en la troje. Por lo general en los meses de enero, febrero y marzo, estando el tiempo seco, es cuando se hace la cosecha. Para ésta, a veces se toma en cuenta las fases de la luna. Previamente se limpia un espacio al que se da el nombre de hanil, alrededor del pasel . La pizca se hace en pie, es decir, sin cortar las cañas. Los milperos (jkoolo'ob) llegan provistos de unas canastas de bejuco (xúuxak) que sujetan a la espalda con unos “mecapales” (táantáab) . En ellas depositan las mazorcas, ya desprovistas de su envoltura (jolo'och) que se deja adherida a la caña. Para abrir la envoltura (jets t'siil) se utilizan unos trozos de madera puntiaguda llamados bakche' que se hacen generalmente de káatsim , jabin o chakte' . A veces se emplean cuernos de venado. En muchos casos, se conserva la envoltura interior adherida a la mazorca para proteger el grano cuando se le tiene a la intemperie.

    No hay costumbre de aprovechar el rastrojo, más comúnmente llamado “maloja” en la región. Se deja en el campo para provecho de la ganadería trashumante y en buena parte se pudre en el mismo terreno.

    Al mismo tiempo que se efectúa la cosecha se selecciona la semilla (ì'inal) para la siembra próxima. Al efecto, cuando el milpero encuentra mazorcas grandes las separa de las demás, sin quitarles la envoltura para que puedan conservarse mejor. Si esta práctica se completar escogiendo también las plantas de donde proceden esas mazorcas, se habría adelantado mucho en la selección de semilla en el campo.

    En ciertos casos, particularmente cuando se trata de pequeñas milpas, la mazorca se lleva del campo sin desgranar, pero es más común desgranarla en el campo mismo. Al efecto, se hace una especie de emparrillado alto, de palos (ka'anche') , y encima se colocan la mazorcas para golpearlas (p'uuch) con unos palos gruesos para que suelten el grano, que va cayendo a través del ka'anche' a los costales o petates que se colocan en el suelo. Esta operación por lo regular se ejecuta en las noches. El viento se encarga de limpiar el tamo (ma'ay ixi'im) . En el campo mismo se envasa el maíz (ixi'im) en costales y se lleva a lomo de hombre o de caballo al granero (ch'il) . Cuando se trata de una pequeña cantidad, el desgrane suele hacerse colocando las mazorcas en una hamaca de henequen y golpeándolas en la forma descrita. El desgrane a mano (oxo'om) se usa preferentemente en las mazorcas escogidas para semilla.

    Con frecuencia en la propia casa se hace la troje, aprovechando uno de sus ángulos. Para evitar la humedad en las paredes y del piso de tierra se cubren con una capa de huano (xa'an) . En los lugares de monte alto suele usarse para el mismo fin la corteza del árbol llamado tsalam . La troje se separa del resto de la casa con una división de palos (kolóoj che') cubierta de palmas de huano. Para evitar las plagas del granero como el gorgojo y la palomilla del maíz, que genéricamente reciben en nombre de yik'el ixi'im (“gusano del maíz”), se acostumbra poner una capa de cal viva en el piso de la troje y otra sobre el grano almacenado. Las más de las veces esta precaución resulta insuficiente: el maíz se “pica” con rapidez y el campesino tiene que darle salida a cualquier precio. Este es uno de los problemas más graves del milpero que podría resolverse si construyera graneros especiales y accediera a aprender a fumigarlos con bisulfuro de carbono o cualquier otro procedimiento adecuado. Tenemos entendido que el Banco de Crédito Ejidal procura que sus asociados conserven su maíz fumigándolo en debida forma. Los agricultores individuales de escasos recursos difícilmente pueden implantar estos sistemas, y quedan a merced de quienes viven del comercio del maíz.

    Los ratones de campo también hacen gran estrago en la troje. El uso de las trampas no es común y la tarea de exterminarlos se deja a los gatos que no siempre cumplen con su cometido, y en muchos casos acostumbran sepultar entre el maíz los cadáveres destrozados de sus víctimas.

    Cuando se almacena el maíz sin desgranarlo y sin quitar la envoltura de las mazorcas, éstas se acomodan en la troje con las puntas hacia abajo. En otras ocasiones sirve de troje la bifurcación del tronco de un árbol. Tratándose de pequeñas cantidades de semillas, suelen hacerse sartas de mazorcas (ch'úuy nal) para colgarlas sobre el brasero, pues se cree que el humo de la leña sirve para ahuyentar a los insectos.

    Una vez que la milpa ha sido utilizada durante dos años consecutivos, se abandona a la naturaleza, salvo los casos especiales, de tierras fértiles en que se hace una tercera siembra que se llama xlab sakab . Durante los dos o tres primeros años el terreno donde existió una milpa recibe el nombre compuesto de kol sak'ab jubche' que literalmente significa “milpa-caña-monte bajo”. Más tarde se denomina solamente jubche' .

 

Producción

No es fácil calcular el promedio general de rendimiento del maíz en Yucatán. La región de terrenos más pobres, que comprende la zona henequenera, difiere mucho de las otras, donde la mayor humedad y el porcentaje más elevado de nitrógeno contribuyen a aumentar el rendimiento. Se necesita promediar también las cosechas de los distintos tipos de suelo que existen en cada zona, y la diferencia de producción entre la milpa caña y la milpa roza. Considerando todo, hemos calculado un promedio general de 700 kilogramos por hectárea. Hay muchos casos, en el oriente y en el sur, en que el rendimiento es más elevado, pero en cambio en los suelos pobres llega a ser inferior. También tuvimos en cuenta las pérdidas que podrían llamarse ordinarias, pues las extraordinarias, como las ocasionadas por la langosta, no podrían figurar en esta estimación.

    El costo de producción no lo hemos calculado en moneda sino en horas de trabajo, ya que el valor adquisitivo de aquélla, así como el precio del maíz, son muy variables, en tanto que la relación entre las horas de trabajo y los rendimientos ofrece cierta constancia.

    Tomando como base siete horas efectivas en la jornada de trabajo, y promediando datos de diversas regiones del Estado, encontramos que para obtener 700 kilogramos de maíz el campesino de Yucatán invierte aproximadamente 396 horas de trabajo efectivo, es decir, cada hora de labor le rinde finalmente 1.768 gramos del preciado alimento. Hemos tenido en cuenta las siguiente operaciones y el promedio de tiempo que lleva ejecutarlas, en una hectárea: picado, brecha, cercado, tumba, molché', siembra, resiembra, deshierbe, “dobla”, formación de un ka'anche' , cosecha, desgrane, envase, acarreo y colocación del maíz en el granero. Como se trata de un promedio general entre regiones de monte alto y monte bajo, entre milpa roza y milpa caña, no es de esperarse que cada caso particular se ajuste a las cifras obtenidas.

    Las 396 horas se distribuyen en el curso del año agrícola y no se prestan para una interpretación simplista en el sentido de que aumentándolas se elevaría consecuentemente la producción, pues hay factores limitantes como veremos después. La superficie que generalmente puede atender bien un individuo, entre milpa roza y caña, es de tres hectáreas, pero suele llegar a cuatro, dedicándose exclusivamente a ello y sin ocupar persona que lo ayude, aunque algunos trabajos, como la quema, necesitan de la cooperación de los vecinos. El caso más común, en la zona henequenera sobre todo, es el de los individuos que tienen la milpa como recurso accesorio y pocas veces cultivan más de una hectárea. La milpa caña no siempre se aprovecha en su totalidad. Es frecuente que sólo se utilice una tercera parte de modo que la mayoría de la siembra se verifica en terrenos nuevos que se necesita preparar cada vez.

    El máximo de cuatro hectáreas requiere, de acuerdo con nuestro promedio general, 1.548 horas de trabajo, aunque hay que tener en cuenta que al aumentar la superficie algunos trabajos se simplifican o se acortan. En número enteros, las horas calculadas se traducen en 226 días de siete horas de trabajo efectivo. Desde luego se tuvo en cuenta la cantidad de trabajo que puede desarrollar un individuo en un día, en cada clase de labor.

    El principal factor limitante es el deshierbe. En las regiones de suelo arable esta operación es rápida y relativamente fácil, pero entre las piedras, lajas y troncos de la milpa yucateca, es lenta y penosa y no puede efectuarse sino con la coa. A esa dificultad de las labores culturales se debe que en Yucatán no existan cultivos extensivos propiamente dichos, pues hasta los que pasan por tales exigen una gran cantidad de trabajo manual. En los promedios que obtuvimos, el deshierbe de una hectárea de milpa requiere 108 horas de trabajo, repartidas en jornadas de siete horas efectivas de labor, pues en la práctica es difícil que el campesino sobrepase esa cifra.

    Una parte del tiempo que permanece en la milpa se le va en preparar y tomar “pozole”, a veces cada dos horas, y por lo regular poco después del mediodía suspende su trabajo. De modo que cuatro hectáreas de milpa exigen 432 horas de deshierbe, que tiene que realizarse en plazo perentorio pues de lo contrario el rápido desarrollo de la vegetación adventicia pone en peligro el éxito.

    Como resultado de un año agrícola el milpero recoge, en cuatro hectáreas, un promedio general de 2,800 kilogramos de maíz. Hemos señalado esa superficie como máxima, considerando que pocas veces se alcanza. La más común, que atiende un hombre solo, es de tres hectáreas: de milpa roza y una de milpa caña, cuyo rendimiento sería de 2,100 kilogramos en promedio. Si aceptamos que la familia campesina consume por término medio cuatro kilogramos diarios, que serían 1,460 al año, aparentemente hay un sobrante de 640 kilogramos de los cuales se resta la semilla para la siembre venidera, y el excedente se divide entre la alimentación de los animales domésticos y la venta.

    Intencionalmente hemos dejado de mencionar la cosecha de frijol, calabaza, chile y otras plantas, que se cultivan en el milpa, aprovechando en buena parte los mismos trabajos que se hacen para el maíz, pues creemos que queda compensada con las menudas y frecuentes inversiones de tiempo cuyo cálculo omitimos, con el acarreo de materiales para formar el granero, los preparativos diversos, la vigilancia de la milpa, etc., así como la parte proporcional del importe de los costales, canastas, implementos y varios pequeños gastos. También tuvimos en cuenta que esas plantas necesitan ciertos cuidados especiales.

    Hasta aquí hemos considerado los asuntos de la producción y los rendimientos, tratando de interpretar el punto de vista del campesino indígena, es decir, considerando al maíz puramente como alimento básico de indispensable adquisición, sin juzgar a la milpa como una empresa comercial.

    Son dos las fórmulas que más frecuentemente se emplean para tratar estos temas: una estrictamente económica y la otra de carácter más bien especulativo. La primera sujeta a la milpa a un frío análisis comercial y llega a la conclusión de que sólo es buen negocio para el comerciante en maíz, y pésimo para el milpero. La segunda trata de encontrar móviles ocultos que expliquen la persistencia de este cultivo a pesar de sus desventajas, y suele caer en hipótesis más o menos aceptables, pero a veces de significación demasiada estrecha. Así, por ejemplo, nos parece excesiva la importancia que algunos dan al factor religioso, a pesar de las prácticas rituales que aún subsisten, aunque tendiendo a desaparecer. La necesidad fue la causa de que se divinizara al maíz, como pudo haberse hecho con el arroz o cualquier otro grano básico en el caso de que el medio agrícola se hubiera prestado mejor para su cultivo. El temor constante de perder la cosecha en una región sujeta a tantas contingencias que se encuentran fuera del control del hombre, hizo que tratara de aplacar a las fuerzas adversas y propiciar a las benignas, lo que dio origen a elaboradas prácticas religiosas con un claro fondo panteísta.

    También se ha atribuido a la costumbre o rutina adquirida a través de muchos siglos, la sola explicación de este hecho. Se ha dicho que aunque el campesino de mentalidad y hábitos indígenas tenga una ocupación mejor remunerada, no deja por esto de aprovechar cualquier oportunidad de hacer su milpa, llevado por una costumbre que quiere hacerse aparecer como superior a sus fuerzas, convertida ya en una especie de instinto racial. Si esto es así, no creemos que se trate de un atributo exclusivo del maíz, sino del “llamado del suelo”, común a la humanidad entera y que en el citadino se ve costreñido al cultivo de plantas en macetas. Lo que sucede es que el sistema de la milpa es el más conocido por el campesino maya, y, por otra parte, si hay en ello algo ancestral, será la huella de las hambres y escasez de épocas pretéritas y consecuentemente la satisfacción y seguridad que experimenta a la vista de una troje henchida por sus propios esfuerzos.

    El análisis económico de la milpa suele hacerse obteniendo el total de los días de trabajo y valorizando la cosecha al precio medio rural con el fin de deducir la cantidad que corresponde al milpero por los conceptos de jornales y utilidades. Se llega a la conclusión de que éstas son inexistentes y el agricultor nada más obtiene un exiguo jornal. Apoyándose en esto, muchos hacendados preferían comprar el maíz que se consumía en sus fincas antes que permitir que sus asalariados “perdieran el tiempo” sembrando milpas en la hacienda.

    Pero la economía indígena tiene otras bases y motivos que trataremos de interpretar. He aquí la respuesta típica de un campesino de Halachó: “La milpa no está haciendo para tener dinero; es para alimentación. Yo tengo sacado mi cuenta: cuarenta cargas para comer familia: yo, mujer, dos hijos, tres cochinos y gallinas; sobran veinte para venta”. Este campesino dice cultivar sesenta mecates anuales que rinden a razón de una carga por mecate. Conviene advertir que en su región hay “mecates” de treinta por treinta metros, o sea novecientos metros cuadrados y “cargas” de quince almudes para defraudar a los deshierbadores y a los carreros respectivamente.

    Siendo el maíz el principal alimento del campesino yucateco, es fácil comprender que su primera preocupación consista en asegurar la comida del año siguiente. ¡Cuántas personas de vida más complicada desearíamos hacer lo mismo, para contemplar serenamente el inmediato porvenir!

    Además hay que tener en cuenta que la milpa no constituye el único recurso del milpero. Hemos visto que por cada hora efectiva de trabajo obtiene en promedio general cerca de dos kilogramos de maíz, de modo que pocos trabajos compensan mejor sus esfuerzos. Desgraciadamente no puede multiplicarlos aumentando la superficie de cultivo porque no tendría el tiempo necesario para deshierbarla con la oportunidad que esta planta exige. Pero en los lapsos que deja libres el cuidado de la milpa, tiene otros recursos y ocupaciones. El monte, como expresamos en una serie de artículos sobre el “monte bajo”, proporciona los materiales para fabricar la vivienda y sus anexos; constituye una cosecha constante y al parecer inagotable, de combustible; abastece de algunas maderas y cortezas de fácil venta; es el potrero comunal y la reserva de caza. El solar, por otra parte tiene algunos árboles frutales y ciertas plantas alimenticias como la chaya. En algunos lugares produce la palma de huano que se emplea en varias industrias típicas. La vajilla puede crecer en las plantas del patio: la “jícara”, el “lec”, el “calabazo”... En tanto que la milpa madura, engordan los cerdos y se multiplican las aves domésticas. Además, en muchos casos se produce la miel para el consumo, en apiarios primitivos poblados por la diminuta abeja autóctona (melipona spp.)

    De modo que la conclusión a que se llega cuando se valoriza exclusivamente el producto de la milpa, deduciendo de aquí el total de los ingresos del milpero, no es exacta.

    En los países agrícolamente más adelantados que el nuestro, muchos agricultores proceden en forma semejante a nuestros campesinos en lo que toca a obtener la preferencia la mayor suma posible de productos para el consumo familiar. Cualquiera que sea el cultivo en que se especializa la granja, se acostumbra dedicar una parcela al huerto doméstico para obtener frutas y verduras frescas; se mantienen aves de corral; una o dos vacas lecheras, algunos cerdos, etcétera. El auténtico agricultor corrobora prácticamente el dicho de que “la agricultura no sólo es un medio de vivir, sino sobre todo, una manera de vivir”. Parte importante de esto consiste en obtener del suelo los productos de uso doméstico, lo que se mira más que como un negocio, como una satisfacción personal, que vincula al hombre exactamente con la tierra, llegando al origen mismo de la agricultura.

    Pero cada día que pasa nos acerca más a la extinción de ese concepto. Con el advenimiento de la maquinaria se viene operando un cambio que afecta profundamente a la vida rural, en todos los regímenes económicos o sociales. La tierra se mira, nada más ni nada menos, que como una vasta fábrica de multitud de productos que la industria y la alimentación de las ciudades de las ciudades reclaman. Los métodos comerciales de la usina se imponen, y el plácido trabajo del campesino se vuelve una tarea realizada quizá con menos amor, pero con más provecho económico personal y general. No discutimos lo que parece inevitable, ni deseamos profundizar en cosas tan sutiles que escapan al cálculo, como la dosis de satisfacción que pueda experimentar un campesino en una u otra forma de trabajo.

    La milpa es susceptible de ciertas mejoras, aunque la naturaleza del medio agrícola impida transformar radicalmente los procedimientos de nuestros antepasados. La selección de la semilla, comprendiendo las pruebas de germinación; el empleo de mejores variedades; la prevención y combate de las enfermedades y las plagas; la conservación del grano almacenado; la utilización del rastrojo, y un intento de transformar la agricultura nómada en sedentaria, serían los principales puntos del programa. No es de esperarse que la iniciativa parta del campesino ni tampoco que contribuya económicamente a su realización. Por lo contrario, es de tenerse en cuenta su reconocida resistencia a un cambio de sistemas. Todas las conferencias y escritos resultaría inútil. Se necesitarían pequeños campos de ensayo y demostración en las zonas adecuadas esto como consecuencia de aquéllos, para una enseñanza objetiva, que de fracasar, indicaría que no queda otro camino por seguir que el lento, pero seguro, de la enseñanza de la niñez por medio de “clubes de agricultura”, o lo menos que se desee apelar a los métodos de compulsión o se prefiere dejar que las cosas continúen en el estado en que se encuentran desde la época anterior al descubrimiento.

 

Calendario de la milpa

Enero.- Comienza la cosecha del maíz tardío, pero como el grano todavía no está bien seco, no se almacena sino se utiliza para el consumo inmediato. Concluyen los desmontes de la milpa roza.

Febrero.- Principia la cosecha del frijol de milpa y la “tumba” del monte bajo. Continúa la cosecha de maíz grueso y tardío, y se forman los graneros para almacenarla.

Marzo.- Sigue la “tumba” de los montes. Comienzan las quemas de la milpa roza. Terminan las cosechas de maíz y su almacenamiento.

Abril.- Siguen las quemas de la milpa roza. Se practica el bakuche' o corte de las malezas y chapeo, en las milpas caña, y a medida que se secan se van quemando.

Mayo .- Se hacen las últimas quemas. Algunas veces se practica la siembra en seco (tikin muuk) . Si las lluvias se adelantan se da comienzo a las siembras de maíz y frijol de milpa.

Junio .- En este mes, después de las primeras lluvias de la estación, las siembras son más generales. Comienzan los deshierbes de las siembras adelantadas, hechas en terrenos de monte bajo.

Julio .- En este mes, después de las primeras lluvias de la estación, las siembras son más generales. Comienzan los deshierbes de las siembras adelantadas, hechas en terrenos de monte bajo.

Agosto .- Se siembra frijol de enredadera llamado tsama' , en lugar separado del maíz. Comienza el desmonte de los terrenos de monte alto, destinados a la siembra del año siguiente.

Septiembre .- Se hace la “dobla” del maíz menudo. Continúan los desmontes.

Octubre .- Se hace la “dobla” del maíz grueso o tardío.

Noviembre .- Se cosecha el maíz menudo.

Diciembre .- Concluye la cosecha del maíz menudo, de las siembras atrasadas.

 

Calendario lunar

Como se ha expresado, el campesino indígena concede gran importancia a las fases de la luna, como una guía para sus operaciones agrícolas.

Luna llena , del mes de marzo, abril o mayo: quemas.

Luna llena , de mayo o junio: siembras de maíz, frijol y calabaza.

Menguante , del mes de junio o julio: deshierbes.

Menguante , del mes de octubre: “dobla” de las cañas del maíz menudo.

Menguante , del mes de octubre: “dobla” de las cañas del maíz grueso.

Menguante , del mes de noviembre: cosecha del maíz menudo.

Menguante , de los meses de enero, febrero y marzo: cosechas de maíz grueso y frijol de milpa.

 

Este material apareció publicado en: Varguez Pasos, Luis A, (Ed). La milpa entre los mayas de Yucatán. Ediciones de la Universidad de Yucatán. (1985).

Bibliografia





Regresar
  © Universidad Autónoma de Yucatán
Centro de Investigaciones Regionales "Dr. Hideyo Noguchi"
Unidad de Ciencias Sociales
Dirección General de Desarrollo Académico