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La sociedad maya independiente

 

El 26 de julio de 1847, después de un juicio sumario por rebelión, el cacique de Chichimilá, Manuel Antonio Ay, fue fusilado en Valladolid. Días antes los blancos tuvieron noticias de que las repúblicas mayas del oriente de la península estaban juntando armas y se preparaban para una gran insurrección.

    El 30 de julio, los indígenas atacaron e incendiaron Tepic en el comienzo de una gran ofensiva que se extendió a Tihosuco y a otros pueblos aledaños. En diciembre fue asaltado Ichmul y al iniciarse el año de 1848 las importantes poblaciones de Peto y Valladolid fueron sitiadas por las fuerzas rebeldes. Dos meses después fue tomada Valladolid, con lo que los mayas controlaron una gran región, avanzando hacia la ciudad de Mérida. Pronto cayeron en su poder las poblaciones de Tekax, Ticul e Izamal. La ofensiva indígena estrechaba su cerco sobre la capital, pero en junio la necesidad de acudir a realizar las siembras de maíz y la carencia de una mando centralizado redujeron las fuerzas rebeldes y las tropas yucatecas emprendieron una contraofensiva que culminó en diciembre con la reconquista de Valladolid, Ichmul y Tihosuco. Entonces los mayas buscaron refugio en los montes orientales, desde donde lanzaron frecuentes incursiones.

    Durante los primeros años de la insurrección destacaron como cuadillo de los rebeldes Cecilio Chí, cacique de Tepic; Jacinto Pat, cacique de Tihosuco y Bonifacio Novelo. El inicio de la insurrección y sus dos primeros años están marcados por una alianza política entre numerosas repúblicas indígenas, a través de sus u chun t’ano’ob y caciques, que aportaron hombres, armas y recursos económicos para la adquisición de pertrechos. Sin embargo, la alianza era, en cierta medida, inestable ya que los caudillos no compartían los mismos objetivos que, según ellos debía alcanzar la rebelión, mientras un grupo buscaba reformas que aliviaran las cargas que pesaban sobre los indígenas, otro grupo pretendía acabar de manera radical con la opresión que padecían.

    Para un grupo de caudillos, entre los que destaca Jacinto Pat, la rebelión estaba encaminada a poner fin a las contribuciones personales que se pagaban al gobierno y reducir los derechos eclesiásticos que se debían a la Iglesia. En los Tratados de Tzucacab, firmados en abril de 1848, en los que el gobierno de Miguel Barbachano aceptó algunas condiciones de los rebeldes para terminar con la guerra, se expresan los objetivos de estos caudillos. Se acordó que ya no se pagaría el arrendamiento para cultivar maíz en tierras baldías y que no se continuaría con los despojos de tierras comunales. También se incluyó una cláusula que cancelaba las deudas que tenían los sirvientes con los amos de las haciendas, Jacinto Pat fue nombrado gobernador de los capitanes indígenas de Yucatán. Pero el tratado de paz no fue ratificado por otros cuadillos como Venancio Pec y Florentino Chan, quienes encabezados por Cecilio Chí pretendían la completa expulsión de los blancos de la península de Yucatán. Uno de los motivos que tenían los caudillos radicales era la cancelación de los odiados castigos corporales y de otros abusos. Ello queda claro en una carta de los insurrectos, fechada en 1848, que recordaba cómo un cura de apellido Herrera había colocado una silla vaquera a un indígena, y luego, montado sobre él, comenzó a azotarlo. El mismo documento advertía “si os estamos matando ahora, vosotros primero nos mostrasteis el camino”.

    Los pueblos que permanecían insurrectos se enfrentaron pronto a un enemigo más peligroso que el ejército yucateco: el hambre. Como se sabe, la agricultura milpera sólo permite el abastecimiento para un año de consumo. Dejar de hacer la milpa durante un periodo significa carecer de alimentos durante el año siguiente. En estas condiciones era imposible la prolongación de una insurrección generalizada y sostener el acopio de bastimentos para un ejército regular. El repliegue de los mayas para sembrar sus milpas facilitó el avance del enemigo.

    Por otra parte, la organización militar que adoptaron los mayas rebeldes durante los primeros años de la guerra ayuda a entender su repliegue hacia una región de refugio y la estructura de la sociedad independiente que fundaron. No existió un ejército regular sino una alianza de diferentes “partidas” que mantenían la fidelidad a sus propios jefes aun en contra de otros destacamentos indígenas. Según de desprende del informe de un cura que vivió entre los rebeldes, las “partidas” o guerrillas de cada pueblo respondían, en primer lugar, a sus “mandones” y se encargaban de hostilizar por su cuenta a la avanzada de los blancos. Únicamente ante el peligro grande e inminente se procuraba “juntar a la gente” para la resistencia, pero ello era una tarea difícil debido a las necesidades de la economíamilpera. Sólo los comandantes y capitanes importantes, que contaban con el reconocimiento de los demás líderes, mantenían gente armada de manera permanente con la que establecían cuarteles generales, como el organizado en Dzitnup en marzo de 1848, por Cecilio Chí y sus lugartenientes Florentino Chan y Ceferino Cahum, desde donde convocaban a los capitanes de numerosos pueblos de la comarca.

    Las noticias de la rebelión maya se esparcieron rápidamente por todo el país y se mezclaron con la información de sublevación indígenas y campesinas de otras regiones; con frecuencia los periódicos daban cuenta del estado que guardaba la guerra y examinaban las causas y las posibilidades de terminar el conflicto en forma pacífica o violenta. El gobierno de Yucatán solicitaba recursos urgentes al gobierno nacional y a otros países, mientras que algunos grupos de particulares se dieron a la tarea de recabar fondos, para lo cual presentaban a los mayas como salvajes y despiadados. Un cartel elaborado por el secretario de la Sociedad Patriótica Yucateca y firmado por el gobernador, el comandante de la plaza, el obispoy el vicecónsul de España en Mérida, contenía un dibujo en el que se ilustraban algunos pasajes de la crueldad indígena durante al toma de Tekax; relataba algunos ejemplos, reales o supuestos, de la guerra con el ostensible propósito de conmover a la opinión pública. Este cartel, que se encuentra en el Archivo Municipal de la ciudad de Saltillo, decía que los indios:

Aseguraban a los padres, hermanos y esposos, y haciéndoles mofa de su estado, cometían en presencia suya toda clase de excesos con sus hijas, hermanas y esposas a quienes después de todo daban muerte lenta, arrancándoles por pedazos los miembros del cuerpo y pasándoles luego de un lado a otro por el oído palos ahusados, o agujerándoles las narices les pasaban cuerda y tirando de ella les arrastraban, y picándoles con palos ahusados, con lanzas y machetes, les daban muerte como a bestias, en medio de la más horrible algaraza.

    Entre la opinión pública se expresaron dos tendencias que manifestaban las posibles relaciones de la nación mexicana, todavía en formación con las sociedades indígenas; por un lado se postulaba el exterminio y por otro la integración a través de un proceso educativa y evangelizador. Por ejemplo, el Monitor Republicano, en un artículo publicado el 26 de enero de 1850, abordaba las constantes rebeliones indígenas en Yucatán y en el norte de México, para lo cual proponía dos posibles soluciones; la primera, mediante la completa extinción tomando el ejemplo de Estados Unidos; la segunda, sacando a los indios de la situación de envilecimiento en que se encontraban. Ese mismo periódico reprodujo un artículo de Unión Liberal, de Campeche, en febrero de 1857, que daba cuenta de la práctica de rituales religiosos antiguos entre los mayas, y pedía el establecimiento de misiones entre los rebeldes para atraerlos al camino de la civilización.

    La magnitud de la rebelión obligó al gobierno yucateco a realizar diversas reformas, de manera inmediata, que en realidad eran concesiones a las demandas de los insurrectos, con el doble objetivo de restar fuerza a los líderes rebeldes y acentuar el control político sobre los indígenas que permanecían a la expectativa. El 27 de agosto de 1847 se emitió un decreto para restablecer las repúblicas indígenas y cancelar los derechos ciudadanos que la constitución yucateca de 1841 otorgaba a los mayas por ser nacidos y avecindados en el estado, como el ser electos para ocupar cargos en los ayuntamientos. Aunque el decreto acusaba a los indígenas de ineptos para ejercer sus derechos ciudadanos, en realidad representaba un reconocimiento oficial al poder de los caciques y de las repúblicas que no se unieran a la insurrección. El 1 de marzo de 1848 se anunció la suspensión de la contribución personal para todos los indígenas y también se ofreció reducir los derechos parroquiales y eliminar los arrendamientos de tierras. Se sucedieron ofrecimientos de indulto a quienes abandonaron la lucha y se mantuvieron continuas pláticas de paz entre los religiosos y los caudillos más representativos. Presionados, algunos grupos de indígenas de la parte noroeste de la península aceptaron los ofrecimientos del gobierno y depusieron las armas. Así lo hicieron, entre otros, los representantes indígenas del barrio de la Mejorada de Mérida, de Motul y de Bokobá.

    Las reformas impulsadas por el gobierno y el continuo peligro del hambre propiciaron la desmovilización de varios caudillos y destacamentos rebeldes que estaban dispuestos a un arreglo para concluir la guerra. Asimismo, la recuperación de pueblos importantes como Ichmul y Tihosuco también generó una situación propicia para el retorno de indígenas a sus asentamientos originales. El repliegue hacia los montes orientales y los puntos de vista discordantes sobre los objetivos de la guerra, acrecentaron los desacuerdos entre los caudillos de la rebelión, culminando con las muertes de Cecilio Chí y de Jacinto Pat. El primero fue asesinado en junio de 1849 y el segundo murió a manos de Venancio Pec, en septiembre del mismo año, al parecer a causa de su inclinación a firmar la paz con los blancos y por querer cobrar una contribución a los indígenas para la adquisición de pertrechos. A partir de ese momento los nuevos caudillos fueron Venancio Pec, Florentino Chan, Bonifacio Novelo y José María Barrera.

    A raíz de estos hechos, comenzó a cobrar forma la idea de constituir una sociedad independiente con los pueblos insurrectos partidarios de la completa autonomía. Si los blancos no podían ser exterminados o expulsados, tal vez sería posible la división de la península en dos grandes territorios. Ésa fue la propuesta que sustentaron Florentino Chan y Venancio Pec en octubre de 1849. En ella aseguraban que cada uno de los pueblos rebeldes había empezado a nombrar a sus “reyes y demás mandatarios” según la antigua costumbre, para darse un gobierno indígena. De acuerdo con esta propuesta el gobierno de Mérida mantendría el control de los pueblos que permanecían bajo su autoridad y el gobierno del oriente tendría el control sobre los asentamientos del territorio rebelde.

    El proyectado gobierno del Oriente no tardó mucho tiempo en concretarse. A principios de 1850 los mayas rebeldes eran empujados hacia la selva oriental que, finalmente se convertiría en su región de refugio durante medio siglo. Al escapar de sus perseguidores con un grupo de indígenas desde su rancho en Kampocolché, el rebelde José María Barrera encontró, cerca de un cenote ubicado en un rancho abandonado, un árbol de caoba en el que estaba inscrita una pequeña cruz que fue considerada como “santa”. Barrera mandó construir una cruz de madera que fue situada en una plataforma y con el auxilio de Manuel Nahuat, que servía de ventrílocuo, esta cruz empezó a comunicarse con los rebeldes para exhortarlos a continuar su lucha en contra de los blancos. Los indígenas se convencieron del poder que emanaba de la cruz parlante y se establecieron en los alrededores, fundando el pueblo de Chan Santa Cruz. Con ello dio inicio la sociedad de los cruzo’ob. En poco tiempo el asentamiento llegó a tener 300 casas y a contar con el reconocimiento, como santuario, de los demás ranchos establecidos por los rebeldes.

    Chan Santa Cruz se convirtió en el centro de la alianza de los mayas rebeldes insumisos y desde su fundación la guerra de castas de Yucatán se transformó en el enfrentamiento de dos sociedades diametralmente opuestas. Los cruzo’ob establecieron ranchos sujetos a Chan Santa Cruz hacia el sudeste hasta llegar a Bacalar, en dirección del noroeste hasta la antigua ciudad maya de Tulum, en la costa caribeña. Posteriormente se fundaron otros ranchos a lo largo de la costa.

    Los cálculos sobre el número de cruzo’ob, entre 1860 y 1871, varían entre 35 y 40 mil habitantes y para la capital entre dos y siete mil vecinos. A partir de ese momento, esta población se redujo por el efecto que producía la guerra de exterminio que practicaban los blancos, así como por las diversas epidemias que azotaron la región. En 1895 se estimaba la población cruzo’ob en cerca de 10 mil personas. Sin embargo, los adeptos a la cruz lograron sobrevivir como grupo y mantienen su cohesión hasta nuestros días.

    Los cruzo’ob generaron una sociedad que preservó el liderazgo de la antigua clase dirigente y en la que se consolidó una alianza entre los pueblos alzados que era necesaria para la sobrevivencia frente a un enemigo fuerte. Esta sociedad descansaba sobre dos formas de organización íntimamente vinculadas: una organización militar, centralizada y dinámica, constituida por compañías, y una jerarquía religiosa que aseguró, en torno a la cruz, la cohesión de los miembros de la sociedad.

    Desde el punto de vista de la organización militar, el cacicazgo cruzo’ob quedo dividido en varias compañías, a las cuales pertenecían todos los hombres casados. Todo parece indicar que las primeras compañías correspondieron a la “partidas” o destacamentos de hombres originarios de un solo pueblo con que los primeros caciques contribuyeron al levantamiento. En los nuevos poblados de la región de refugio, las compañías permitieron mantener los vínculos y la unidad entre las familias con un pasado común, así como preservar su fidelidad a un grupo dirigente. Por eso los hijos heredaban el lugar en la compañía en la que estaba inscrito el padre y las mujeres pertenecían a la compañía que sirviera el marido. Cada compañía tenía su propia jefatura de acuerdo a un sistema de grados tomados de la nomenclatura militar occidental y que los mayas habían conocido en los servicios militares que prestaron a los criollos. Así, los dirigentes podían tener los grados de general, comandante, capitán, teniente, sargento y cabo.

    El sistema de compañías permitió preservar la alianza entre los pueblos que se encontraban en guerra contra el gobierno yucateco. Los macehuales, miembros de cada una de las compañías, podían vivir en diversos asentamientos en donde obtenían la tierra para sus cultivos y guardaban veneración a una cruz y santos patronales. Pero al mismo tiempo mantenían la fidelidad a sus jefes superiores, quienes eran los que organizaban las partidas para los actos de guerra.

    De esta manera, las compañías cohesionaban a toda la sociedad cruzo’ob en torno a una clase dirigente compuesta por los diferentes grupos que conformaban la élite indígena.

    Desde el punto de vista religioso, el culto de la cruz parlante se convirtió en el centro de la vida de los rebeldes y en la más acabada expresión del cristianismo maya en este región. Hacia 1855 se empezó a construir en Chan Santa Cruz el Balam na, o la Casa de Dios, hecha de piedra a semejanza de las católicas de la región. A la cabeza del culto estaba el nohoch tata, también denominado “patrón” o tatich, quien a su vez poseía el cargo de mayor importancia en la estructura militar de los cruzo’ob, jerarquía que le otorgaba un gran poder en la alianza. El nohoch tata asumía el papel de “gobernador” indígena en el territorio rebelde y en sus manos se concentraban las relaciones con el extranjero, especialmente con los representantes del gobierno británico en Belice, lugar donde se conseguían las armas y la pólvora. Existieron otros dos cargos mediante los cuales la cruz parlante podía comunicarse con sus feligreses, se trata del Intérprete de la Cruz y del Órgano de la Divina Palabra. Pronto la cruz empezó también a enviar mensajes por escrito que aparecían firmados por “Juan de la Cruz, tres personas en una”. En Chan Santa Cruz residía el tata chikiuc, comandante general de la plaza y jefe de los ejércitos rebeldes. Otro funcionario militar de alta jerarquía era el tata nohoch dzul,una especie de jefe espionaje a cuyo cargo estaban las averiguaciones en el territorio controlado por el enemigo.

    En cada rancho sujeto al cacicazgo se adoptaron cruces patronales y subalternas que permanecían al cuidado de los patrones y priostes, sin duda los mismos funcionarios a cuyo cargo habían estado los santos patronos de las cofradías de los pueblos antes de la insurrección. Asimismo, las tareas del adoctrinamiento, en las oraciones católicas que se continuaron practicando y en el culto a la santísima cruz, se mantuvieron en manos de los antiguos doctrineros. El cristianismo maya dejó de recurrir a los sacerdotes españoles y en poco tiempo contó con los propios. Cada compañía estaba obligada a enviar mensualmente a la cabecera, Chan Santa Cruz, una partida de 150 soldados a la cual se denominaba la guardia. De esa manera, se mantenía una especie de ejército regular y al mismo tiempo se contaba con mano de obra para las construcciones y otro tipo de servicios para los cuadillos. Una de las actividades primordiales de los soldados de la guardia eran los rezos a la santísima cruz.

    A partir de 1855, la sociedad cruzo’ob se había consolidado lo suficiente como para oponer resistencia a las entradas del enemigo.

    Por otra parte, el gobierno yucateco acosado por los gastos, la destrucción y la rencillas entre los bandos políticos, busco el desarrollo económico de la región bajo su control abandonando a los rebeldes la selva oriental. En el noroeste empezó lo que sería, 30 años después el auge de las plantaciones de henequén. La guerra de castas se convirtió se convirtió, así, en un enfrentamiento entre dos sociedades bien establecidas, manteniendo en medio un territorio considerado como tierra de nadie. Pero los cruzo’ob no habían renunciado por completo a su empeño de expulsar a los blancos de Yucatán. Encabezados por Crescencio Poot, en septiembre de 1857, y valiéndose de la estratagema de disfrazarse como soldados enemigos, penetraron y saquearonTekax, matando a una buena cantidad de sus pobladores. Ese mismo año una partida encabezada por Venancio Puc asaltó la población de Bacalar en las márgenes del río Hondo. Los pobladores de Peto, Tihosuco, Ichmul, Tixcacalcupul, Tekax, Yaxcaba y Sotuta fueron siempre los pobladores más castigos.

    Por su parte los blancos también realizaron diversas incursiones en el territorio maya, llegando incluso hasta la capital rebelde. En sus entradas se dedicaban a saquear las milpas, quemar los ranchos y capturar prisioneros, muchos de los cuales posteriormente eran vendidos como esclavos en Cuba. A principios de 1860 se inició una de estas entradas, desde Valladolid y pasando por Tihosuco. Encontraron a Chan Santa Cruz abandonada porque los mayas se habían replegado para reforzarse e iniciar un asedio que en esta ocasión culminó con una derrota del ejército blanco.

    Entre los rebeldes hubo algunos cambios. En diciembre de 1863, Venancio Puc fue depuesto del cargo de tata chikiuc de Chan Santa Cruz y asesinado. Dionisio Zapata Santos, quien lo sucedió, también fue ejecutado poco después. Bonifacio Novelo pasó a ser el tatich, en tanto que Crescencio Poot ocupó el cargo de general. Bonifacio Novelo había sobrevivido a más de 15 años de guerra y ocupó el puesto de tatich durante un buen tiempo, precisamente cuando el santuario tuvo su mayor fuerza. Novelo llegó a decir que estaba al mando de un ejército de 11 mil hombres y que poseía un tesoro de más de 200 mil pesos. Desde luego se negó siempre a llegar a un tratado de paz con los blancos que no considerara el control cruzo’ob de la península de Yucatán.

    Los cruzo’ob realizaron una incursión en contra de los asentamientos de Chichanhá en 1857. Como consecuencia de este ataque una parte de sus pobladores se adentró al territorio de Guatemala y de Belice, jefaturados por el cacique Asunción Ek. En 1860, Chichanhá fue nuevamente invadida y destruida por los cruzo’ob, y entonces se decidió fundar un pueblo nuevo en la frontera con Belice, que fue denominado Santa Clara de Icaiché. Desde Icaiché se continuaron los ataques en contra de los establecimientos ingleses. Marcos Canul, el cacique de Icaiché emprendió una incursión en 1866 atacando la aldea de Qualm Hill; al año siguiente se adentraron hasta Indian Church y pretendieron establecer el cobro de una renta a los súbditos de la Corana británica. Fue precisamente en una incursión realizada a Orange Walk, en septiembre de 1872, cuando Marcos Canul perdió la vida. Los ataques de Icaiché se prolongaron hasta 1879.

    Después de 20 años de haberse iniciado la sublevación, la frontera que separaba a los yucatecos de los cruzo’ob se fue haciendo más estable. Las débiles incursiones de los mayas rebeldes se hacían más esporádicas al igual que la respuesta del ejército, que más bien se dedicaba a resguardar las principales opciones. Sin embargo, este periodo de paz permitió un reacomodo de los asentamientos en el territorio independiente y al parecer se tradujo en una pérdida de influencia por parte de Chan Santa Cruz.

    Es muy probable que al disminuir los ataques a las poblaciones del interior de la península y consolidarse una amplia región bajo control indígena, diversos miembros dla élite rebelde reclamaran para sí las prerrogativas que correspondían a su categoría de principales. Hacia 1871, los blancos se enteraron de la existencia de un segundo santuario, establecido en el pueblo de Tulum, a cinco kilómetros de la antigua ciudad maya. En este sitio había una mujer, María Uicab desempeñando el cargo de patrona de la cruz y un comandante de la plaza independiente de Chan Santa Cruz. La influencia del santuario de Tulum se extendía hasta las poblaciones que se habían establecido en la costa, en las inmediaciones de Belice.

    No se conoce la fecha de la muerte de Bonifacio Novelo, pero seguramente fue antes de 1880. Tampoco se sabe quién, y bajo qué procedimiento, le sucedió en el puesto de tatich del pueblo santo. Crescencio Poot murió en agosto de 1885, después de haber realizado algunos tratos con el gobierno yucateco para el establecimiento de la paz. Este tratado le otorgaría el nombramiento de gobernador de los indígenas en el territorio independiente y se parecía tanto a los Tratados de Tzucacab que había firmado Jacinto Pat con el gobernador Barbachano, como a los acuerdos entre Icaiché e Ixcanhá con el gobierno. Todo parece indicar que algunos de los principales estaban considerando que había llegado el momento de tener negociaciones con Yucatán y México a cambio de un reconocimiento que les permitiera una paz digna y duradera. Pero otro grupo de cuadillos militares, encabezados por Aniceto Dzul, tomó el cuartel general y dio muerte a Poot y a sus partidarios. El triunfo de los cuadillos que seguían considerando la expulsión de los blancos de la península como objetivo principal dio un nuevo, aunque débil impulso a los ataques cruzo’ob. En 1886, fue atacado Tixhualatún en el sur y posteriormente fue amenazado el pueblo de Tekóm en el oriente. Pero no se trataba más que de partidas sin posibilidad de establecer un sitio o afrontar un ataque importante. Al año siguiente la tranquilidad regresó otra vez a la región.

    Con la muerte de Novelo y de Poot se comenzó a despoblar Chan Santa Cruz. La vida del santuario estaba muy relacionada con la guardia que enviaba mensualmente cada una de las compañías y con la actividad de los prisioneros. En buena medida el esplendor del pueblo correspondió a los años en que era necesaria una centralización del mando para afrontar el peligro que representaban las entradas de los blancos y el tiempo necesario para que se establecieran y desarrollaran otras poblaciones. Ante la relativa paz vino la descentralización más acorde con la tradición del patrón de asentamiento maya dependiente de la milpa. Los dirigentes de las compañías que residían en otros lugares se volvieron más independientes. Las cruces que se adoraban en cada uno de los otros asentamientos cobraron fuerza, aunque sin dejar de reconocer la autoridad espiritual de la cruz principal. Aniceto Dzul residía en su pueblo de San Pedro y su lugarteniente Román Pec residía en Chunox. Las buenas relaciones ente los cruzo’ob y el gobierno colonial de Belice comenzaron a deteriorarse en 1886, cuando los ingleses establecieron negociaciones con México para definir la frontera norte de su colonia. Una de las condiciones de los representantes mexicanos fue que los colonos ingleses dejaran de abastecer de armamentos a los cruzo’ob. Por su parte, el gobierno británico pidió que el ejército mexicano acentuara su control sobre los rebeldes y sobre los mayas de Icaiché. El tratado fronterizo se firmó en julio de 1893 y desde entonces se hizo difícil el abastecimiento de armas para los soldados de la cruz.

    La capacidad defensiva de los rebeldes se vio debilitada por el éxodo de una parte de los cruzo’ob hacia territorio beliceño, la descentralización de Chan Santa Cruz, el surgimiento de otros santuarios como el de Tulum y la disminución de la población a causa de varias epidemias y de la guerra. La alianza entre los dirigentes se había debilitado y cada vez era más difícil el abastecimiento de pertrechos desde la vecina Belice. Por otra parte, el gobierno nacional encabezado por Porfirio Díaz había puesto los ojos en la selva oriental de la península de Yucatán con la intención de explotar sus recursos naturales. En 1901 esa parte fue dividida con el propósito de crear el territorio federal de Quintana Roo. Tanto los cruzo’ob como los yucatecos se enfrentaron, de pronto, a un enemigo común y ambos terminaron de perder la selva oriental que durante 50 años se disputaron en una sangrienta guerra de desgaste. Díaz otorgó grandes concesiones de explotación forestal y agrícola a dos compañías colonizadoras extranjeras en la parte norte del territorio cruzo’ob.

    No es casual que la caída definitiva de Chan Santa Cruz hubiera estado encabezada por el general del ejército mexicano Ignacio Bravo, amigo personal de Porfirio Díaz. Con recursos federales y yucatecos dio comienzo el cerco de la capital rebelde. Se fortificaron Ichmul, Tihosuco y Sacalaca por el occidente. La marina de guerra ocupó la entrada del río Hondo para cortar los suministros a los insurrectos. La estrategia consistía en ocupar Chan Santa Cruz y Bacalar al mismo tiempo para obligar a una rendición total, al mismo tiempo que buscaban negociaciones para un acuerdo de paz.

    La campaña contra Chan Santa Cruz se inició hacia finales de 1900 y consistió en abrir una brecha que comunicara e integrara definitivamente a la selva con el resto de la península. Cientos de operarios realizaron el trabajo custodiados por los soldados, quines se encargaban de enfrentar las continuas pero poco efectivas barricadas rebeldes. El telégrafo permitió un enlace rápido entre la avanzada y las poblaciones importantes. El acercamiento duró alrededor de cinco meses, pero el 5 de mayo de 1901 la tropa ocupó al santuario, que hacía tiempo había quedado abandonado por los cruzo’ob. Entonces se inició una nueva forma de subordinación de los indígenas de los pueblos independientes. Un año después, los yucatecos también perdieron el territorio tanto tiempo disputado, pero ahora a manos de la modernización impulsada por el gobierno de Porfirio Díaz. En esa ocasión no opusieron mucha resistencia y hasta recibieron grandes honores al dictador cuando visitó la península en 1906.

    En los linderos entre los actuales estados de Quintana Roo y Campeche se consolidaron, a partir de 1853, otros dos cacicazgos indígenas, el de Ixkanhá y el de Chichanhá, que luego fue conocido como de Ikaiché. Fueron establecidos por una alianza de indígenas rebeldes que eligieron como gobernador indígena de la zona a don José María Tzuc por ser “inteligente y que piensa y razona las cosas antes de ejecutarlas” y llegaron a un acuerdo de paz con el gobierno, pero manteniendo su independencia. El acuerdo de paz se firmó en Belice en el mes de septiembre de 1853, entre los indígenas sublevados del sur jefaturados por don José María Tzuc y dos representantes del gobierno yucateco. Los indígenas ofrecieron obediencia y un contingente de 400 hombres armados para ayudar en la represión de los cruzo’ob. A cambio, podían conservar sus armas, recuperar los solares y tierras que poseían antes de la guerra, se reconocían sus nuevas poblaciones y quedaban exentos de servicios personales y deudas.

    El cacicazgo de Ixcanhá se situó al sudoeste de la laguna de Chichan kanab y mantuvo una estructura militar para defenderse de los cruzo’ob, quienes los consideraban traidores. A principios del presente siglo este cacicazgo tenía una población de ocho mil personas dividida en compañías que se turnaban para hacer guardia en el centro de la cabecera, un pueblo también denominado Ixcanhá. El cacique recibía del gobierno del estado de Campeche el nombramiento de jefe político y actuaba a la vez como juez y jefe militar supremo. Desde el punto de vista religioso, los de Ixcanhá adoptaron una forma similar a la implantada por los clérigos españoles, en torno a misas, rosarios y otras ceremonias, pero realizadas por sacerdotes indígenas.

    La historia del cacicazgo de Chichanhá es más conocida. En el año de 1695, los españoles que vivían en ese pueblo descubrieron una conspiración indígena para darles muerte; el líder de la revuelta fue ejecutado y los mayas se dispersaron en los montes. Pero en 1733, el sitio fue poblado nuevamente y pronto adquirió gran importancia, según un informe británico de 1826 que lo denominaba “un pueblo considerable”. Por una matrícula de tributarios de 1816 se sabe que en el asentamiento vivían unos 133 indígenas con sus familias y otros 38 de sus pobladores originales radicaban en varios partidos del sur de la provincia. Los mayas de Chichanha se unieron a la gran rebelión maya de 1847, pero por alguna causa se distanciaron de los mayas cruzo’ob y firmaron el acuerdo de paz con el gobierno yucateco.

    No se conoce cómo surgió la discordia entre los mayas de Chichanhá y de Chan Santa Cruz. En 1851, el líder cruzo’ob José María Barrera atacó el pueblo de Chichanhá al mando de 500 soldados e hizo prisionero al cacique Angelino Itzá. Desde entonces, los mayas de Chichanhá buscaron una alianza con el gobierno mexicano. Es muy probable que el origen de la discordia fuera el campo de operaciones militares de los mayas de Chihanhá, que pretendían extender la guerra en contra de los asentamientos ingleses de Belice, en donde los cruzo’ob se abastecían de pertrechos de guerra.

    En realidad, Chichanhá estaba más cercana a los mayas de la región central de Belice que a los mayas de los pueblos orientales de Yucatán. Los mayas cruzo’ob encontraron en los colonizadores ingleses un apoyo para su guerra en contra de los blancos yucatecos; de igual manera, los indígenas de Chichanhá encontraron en el acuerdo de paz con el gobierno yucateco un apoyo para sus incursiones en el territorio beliceño.

    La actividad anticolonialista de los mayas del centro de Belice surgió al mismo tiempo que la guerra de castas de Yucatán. En 1847 y 1848, los indígenas de esta área realizaron algunas correrías en contra de los campamentos de extracción de caoba en los alrededores de los ríos Bravo y Belice. Por su parte, los de Chichanhá atacaron en septiembre de 1856 los campamentos madereros de caoba en Blue Creek e hicieron una nueva incursión al año siguiente.

    Es interesante señalar que hacia 1855 el gobierno yucateco preparó un plan para expandir la obediencia entre los indígenas pacíficos del sur. El plan tuvo como principio la evangelización y trataba de aprovechar el buen nombre que todavía conservan los franciscanos entre los mayas. Se solicitaron algunos religiosos a México, para que en unión de franciscanos yucatecos conocedores de la lengua maya se adentraran entre los indios a cumplir su misión. En mayo de ese año salió un primer contingente. En la zona intermedia, que se localizaba entre Ixcanhá y Chan Santa Cruz, se situó un tercer grupo de rebeldes, con cabecera en Lochá. Se conoce muy poco de estas comunidades, pero al parecer también eran seguidores de la cruz parlante y participaban conjuntamente en las correrías de los cruzo’ob; sin embargo, al mismo tiempo mantenían tratos con el gobierno de Campeche.

Material tomado de: La memoria enclaustrada. Historia de los pueblos indígena de Yucatán, 1750-1915. Bracamonte Pedro, México 1994 ISBN 968-496-262-2 (Volumen) 968-496-259-2 (obra completa)

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