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IV. LOS ESPAÑOLES EN EL NOROESTE, 1550-1700

 

Desde los primeros años de la colonia, los conquistadores se dieron a la tarea de desarrollar sus primeras actividades agrícolas y ganaderas. El Adelantado introdujo la caña de azúcar, y en Champotón, pueblo de su encomienda, fomentó un ingenio azucarero en las mejores tierras y sus encomendados cultivaron la caña y realizaron las demás fases del proceso productivo. Sin embargo, en 1549 le incautaron sus encomiendas y confiscaron su plantación por forzar a los indios a trabajar en ella. A partir de esa fecha y durante las centurias siguientes el cultivo de la caña de azúcar en Yucatán fue una actividad marginal e insignificante.

 

Agricultura y ganadería españolas

A principios de la sexta década del siglo XVI, los españoles intentaron nuevamente fomentar las actividades agrícolas. En esta ocasión sembraron trigo, pero los calores, el suelo pedregoso que hacía inútil el uso del arado y el régimen de lluvias, tan diferente al de España, fueron las causas que imposibilitaron el cultivo del cereal. Realizaron intentos con riego, pero los resultados fueron pobres. Así pues, tuvieron que consumir maíz. Para esos años incursionaron en el cultivo y beneficio del añil con indudable éxito, pues su producción se destinó al mercado colonial de los tintes. Conforme el cultivo del arbusto se desarrolló las tierras indígenas comenzaron a ser apropiadas y los requerimientos de fuerza de trabajo se hicieron mayores. A fines de 1573 la Corona, quizá ante la resistencia o la incapacidad de los empresarios para comprar negros, los apoyó para utilizar a los indígenas. A la par los ingenios añileros fueron apareciendo y hacia 1577 existían aproximadamente medio centenar.

    Los añileros utilizaron de manera indiscriminada la fuerza de trabajo indígena, particularmente en la fase de extracción del tinte que se realizaba “a pura fuerza de brazos, y estaban de la cintura abajo en agua lo más del día, de que les resultaba quemárseles los pies y otras enfermedades”. Estos abusos y el descenso de la población indígena del último tercio del siglo XVI motivaron a las autoridades religiosas, al defensor de los naturales y a los encomenderos que no se dedicaban al añil, afectados por la utilización de los indígenas de sus pueblos, para denunciar a los empresarios. Las quejas llegaron a la Corona, y en 1581 ordenó al gobernador de la provincia no permitiese a los mayas bajo ninguna circunstancia dedicarse a dicha actividad. Ante estos embates y el descenso del precio de la tintórea en el mercado colonial, a partir de las dos últimas décadas del siglo XVI la producción del añil principió a declinar y con ella a desaparecer los ingenios.

    Los franciscanos, por su parte, se dedicaron a la horticultura y fruticultura en los huertos de sus conventos. Los árboles frutales que trajeron pronto se propagaron en el mundo de los pueblos, y para fines del siglo XVI, probablemente, no existía tancabal o patio de casa indígena que no tuviera las matas importadas por los españoles. No aconteció lo mismo con las hortalizas, pues dada la composición del suelo, las semillas sufrían un proceso degenerativo y tenían que ser traídas desde el centro de México en cada ciclo productivo. También influyó la disposición permanente de agua, pues su cultivo no depende de las lluvias, máxime en Yucatán en donde las precipitaciones son erráticas. Así, sólo en los conventos en donde los religiosos tenían el control del agua de los pozos o de sus cenotes a través de las norias pudieron dedicarse a esta actividad.

    Los encomenderos también dedicaron parte de sus esfuerzos al fomento de la ganadería. Para ello desarrollaron las estancias, institución agraria que importaron de Extremadura. En un principio se dedicaron, por la escasez de capital, a la cría del ganado menor, pues la compra de ganado mayor se realizaba en la Habana o la Nueva España, y a precios altos. Conforme acumularon dinero por la venta del tributo y de las cabras y ovejas, comenzaron a importar ganado vacuno y a incorporarlo como parte de sus hatos. A partir de 1570, aproximadamente, en casi todas las estancias que para ese entonces existían contaban con este tipo de animales. Durante el transcurso de las últimas décadas del siglo XVI las estancias comenzaron de manera paulatina a dedicarse a la apicultura, y a principios del siglo XVII las colmenas eran parte de sus activos. Por ejemplo, en 1640 la estancia Chichí contaba con 600 colmenas cuya producción de miel y cera se destinaba al consumo local. También incursionaron en la agricultura, pero el producto de sus milpas era de autoconsumo y, desde luego, para el propietario.

    Las primeras estancias aparecieron en los alrededores de la ciudad de Mérida, y de las villas de Valladolid y Campeche, es decir cerca de los mercados urbanos. Asimismo surgieron a la vera de los caminos reales, o sea las vías que comunicaban las poblaciones españolas e indígenas más importantes. También se fundaron en lugares donde los colonizadores podían conseguir tierras de manera fácil, especialmente terrenos baldíos. Durante el siglo XVII existían, al menos, las siguientes pequeñas regiones en donde se ubicaban las estancias ganaderas. Una se encontraba al sur de Mérida, limitada por los pueblos Umán, Chocholá, Sacalum, Tecoh, Acanceh y Kanasín. Otras estaba al norte de Mérida, al sur de la ciénaga de Progreso y entre los pueblos de Ucú, Caucel, Chuburná y Chablekal; y una tercera se ubicaba al oeste y la circundaban los pueblos de Caucel, Ucú, Hunucmá, Tetiz, Kinchil y Samahil.

    El auge y la expansión de la ganadería del norte novohispano y la lejanía de los mercados durante este siglo y medio frenaron la proliferación y desarrollo de las estancias yucatecas. Eran modestas, pues tenían unas cuantas cabezas de ganado vacuno y una docena de caballos y mulas. El casco lo constituían los corrales, aguadas y una noria para extraer agua. La casa principal era pequeña con algunos cuartos construidos de madera y paja, y pocos muebles para uso del mayordomo. Los propietarios eran prácticamente absentistas, pues las visitaban poco. Su producción no se comerciaba al exterior, se destinaba al consumo de los españoles radicados en Mérida, la capital provincial, o en las villas de Campeche o Valladolid, y el maíz de sus milpas al sustento de sus trabajadores y a la casa del propietario.

 

El comercio exterior

En los hechos las condiciones geográficas influyeron de manera particular para que los españoles radicados en Yucatán no pudieran desarrollar sus empresas económicas. Hacia 1725 Joseph de Paredes escribía al respecto lo siguiente:

    Porque aquí no es tanto tierra lo que hay, sino peñasco... Por causa de estas piedras es también porque los naturales de este país, no pueden decir que ésta es mi tierra, cuando dirán con más realidad, que ésta es su piedra... Porque aquí en Yucatán no hay tierras que arar, sino piedras que quebrar. Y en vez de las rejas del arado, entran aquí los picos, las barretas, los martillos.

    Esta descripción tenía antecedentes lejanos. En 1534, cuando la conquista del noroeste peninsular aún no finalizaba, el Adelantado ya se había percatado no solo de estas características geográficas sino también de que la península carecía de metales preciosos. En una carta dirigida a la Corona señalaba: “toda la tierra es un monte espeso que nunca se ha visto, y toda tan pedregosa que... [no] hay un palmo de tierra sin piedra, y nunca en ella se ha hallado oro ninguno, ni de donde se puede sacar... ni cosa de que se pueda sacar el menor provecho del mundo”.

    Concluida la conquista, los españoles se percataron que la riqueza en Yucatán radicaba en dos productos indígenas: las mantas de algodón y la cera. En 1548 fray Lorenzo de Bienvenida escribía lo siguiente: “no hay oro ni plata en esta tierra sino solo mantas y cera.” Todavía a principios de la segunda mitad del siglo XVIII, la importancia de estos productos era tal para la economía de los españoles que ellos mismos reconocían que “los algodones y la cera eran los principales ramos de la provincia”.

    La sociedad maya yucateca tenía una larga tradición en la confección de los tejidos de algodón, y para ello las mujeres habían desarrollado una organización del trabajo sustentada en la cooperación y la ayuda mutua. Además, la región ubicada a partir del Puuc hasta el Petén guatemalteco, es decir la montaña, era el hábitat de las abejas silvestres productoras de grandes cantidades de cera, y a ella acudían los hombres a recolectarla. Así pues, los conquistadores contaron con una estructura productiva textil y recolectora de cera susceptible de ser explotada.

    Ambos productos se exportaban al centro del virreinato, y partir del descubrimiento de los yacimientos metalíferos del norte novohispano del segundo tercio del siglo XVI su demanda se expandió hasta convertir al noroeste yucateco en una región especializada en la confección de tejidos de algodón y en recolección de cera. La incorporación de Yucatán al mercado de la plata cobró aliento a partir de 1563 cuando se comenzaran a ensanchar las antiguas veredas indígenas para hacerlas accesibles al tráfico de arrias y carretas. Dos años más tarde ya estaban concluidos los caminos que comunicaban a Mérida con la villa de Valladolid, al oriente; con Maní, al sur; con Motul, al norte y los vecinales de los pueblos cercanos a estas rutas. También se habían terminado el de Mérida hacia los puertos de Sisal y Campeche, al noroeste y suroeste respectivamente. Conforme las carreteras avanzaron se construyeron ventas y perforaron pozos para proveer de agua a los viajeros, comerciantes y a las bestias de carga. Esta red vial alentó el surgimiento de las recuas y carretas que circulaban, al decir de un español de la época, “por toda la tierra y la abastecen de lo necesario, y llevan los frutos de ella a los puertos de donde se embarcan por la mar a la Nueva España.”

    Los tejidos yucatecos exportados eran de dos clases. Una era la manta del tributo, tela delgada de algodón semejante a un lienzo fino. El otro era el patí, confeccionado con algodón tosco y de inferior calidad. Estos paños y la cera recorrían largas distancias. Iniciaban su travesía cuando las caravanas de indios salían de sus pueblos, y según su jurisdicción, hacían escala en Salamanca de Bacalar, Valladolid, Mérida y Campeche. Una vez concentrados los textiles y la cera en las dos primeras villas, reemprendían el viaje a Mérida de donde más tarde, con los de los pueblos del distrito de la ciudad, salían con destino al puerto de Sisal. Allá eran embarcados para Campeche, y con las de los pueblos de la comprensión de este puerto, salían para Veracruz. En Tabasco los barcos dejaban una parte de tejidos, región abastecida de manera continua por Yucatán. Los desembarcados en el puerto de Veracruz eran rebautizadas con el nombre de “géneros de Campeche” e iniciaban nuevamente su viaje terrestre hacia los centros mineros. A lo largo del recorrido cientos eran adquiridos por los indios de Cholula y los miles restantes continuaban con destino a Guanajuato y Zacatecas. Ya en estos mercados, los textiles eran consumidos por los peones, pero en el siglo XVIII los patíes, a diferencia de las mantas, habían “bajado a la vil suerte de emplearse mucha parte en torcidos para mechas de los barreteros de minas.”

    Una vez realizados los tejidos y la cera en el mercado novohispano recalaban a Campeche y Sisal barcos cargados con aguardiente, cacao, tabaco, aceituna, queso, vino, arroz, dulce, plomo, aceite, jabón, telas, paños, cuchillos; en fin productos de consumo inmediato e mediato destinado al mercado regional. Así pues, desde los primeros años coloniales, con los tejidos de algodón y la cera, el oro y la plata de los conquistadores, éstos adquirieron del mercado colonial los productos necesarios para su abasto, acumularon y generaron capital y concentraron poder.

 

Producción indígena y presiones españolas

Durante el transcurso de los dos primeros siglos de dominación colonial la producción de los tejidos y la recolección de la cera declinó por varias circunstancias. La serie de epidemias desencadenadas en el noroeste yucateco a partir de 1566 diezmaron las filas de las tejedoras y de los recolectores de cera. El impacto de esos desastres se prolongó hasta principios del siglo XVII, cuando la curva de la población indígena llegó por primera vez al punto más bajo de su historia bajo la dominación colonial, y la población principió a recuperarse. Pero entre 1648 y 1654 la sequía, peste y hambre nuevamente trajeron consecuencias desoladoras en la sociedad indígena. Al decir de López Cogolludo, testigo presencial de esta crisis, la población maya descendió en un 50%. Un estudio moderno señala que a raíz de este desastre la curva de la población descendió al punto más bajo de toda su historia. En estas circunstancias, durante estos años aciagos la producción de mantas y la recolección de cera se colapsaron.

    También existieron otros factores que afectaron la producción de las mantas y la recolección de la cera de los tributos. Con las reformas de 1583 del oidor Diego García de Palacio al sistema tributario oidor los encomenderos dejaron de recibir aproximadamente un 50% de los tejidos, aparte de que la cera, el segundo producto más importante, lo suprimió como parte del tributo. De manera simultánea al efecto de las crisis demográficas y la reforma tributaria de 1583, la Corona comenzó a apropiarse de parte del tributo mediante disposiciones de carácter fiscal. Desde mediados del siglo XVI los encomenderos le pagaban la alcabala; y como a partir del siglo XVII su Real Hacienda estaba en permanente déficit convirtió a la encomienda en una de sus fuentes de recursos, las gravó con la mesada, la media anata, el real de manta, el año vacante, el montado, entre otros gravámenes, que todo español debía de pagar cuando se le concedía una encomienda. Asimismo aparecieron otras cargas de carácter temporal, como la de 1687 cuando la Corona ante la necesidad de salvaguardar sus posesiones ultramarinas, impuso a todos los encomenderos americanos contribuir con la mitad de sus tributos. Los radicados en Yucatán, a pesar de sus protestas airadas, pagaron y lo hicieron de manera casi ininterrumpida hasta 1703.

    Además, la Corona comenzó a otorgar a costa de los tributos, las llamadas pensiones. Para el siglo XVII estos premios ya pesaban tanto sobre las encomiendas que cuando algunas se concedían el tributo se encontraba comprometido en el pago de estas dádivas, y los nuevos encomenderos únicamente lo eran de palabra. Asimismo repartió encomiendas, pensiones y ayudas de costa, o sea las rentas destinadas a socorrer a conquistadores, sus hijos y a los pobladores sin encomienda, a personajes que no residían en Yucatán. A principios de la segunda mitad del siglo XVII, esta política ya afectaba a los españoles; quienes en 1655 le pedían que las encomiendas, ayudas de costa y pensiones se otorgaran “a personas beneméritas avecindadas y descendientes de conquistadores y pobladores de... [las]... provincias, y no a forasteros y extraños... que carecen de las dichas cualidades y que están fuera de la provincia, de que resulta desconsuelo a los que son vecinos, legítimos hijos y descendientes de conquistadores y pobladores”.

    Los encomenderos desarrollaron varias medidas y estrategias con el fin de resarcir de algún modo la disminución del monto de sus tributos. Por ejemplo, encarcelaban a los caciques por no entregar a tiempo y completa la cuota tributaria y los presionaban para juntar a las mujeres alkamulná, o sea la casa construida ex profeso en donde bajo un horario de trabajo las reunían a confeccionar las mantas. Durante el transcurso de la sexta y séptima décadas del siglo XVI esta especie de talleres se generalizaron por todos los pueblos de Yucatán, y aún funcionaban a mediados del siglo XVIII. Allá las mujeres tejían las mantas del tributo, de los repartimientos de los gobernadores, comerciantes y encomenderos, las de la Santa Cruzada y las de las limosnas. También los españoles las mantuvieron virtualmente secuestradas cuando concurrían a sus casas como servicio doméstico para confeccionar mantas o exigían a los indígenas la entrega de cera o una cantidad mayor de mantas a cambio de las gallinas o el maíz del tributo, a pesar de una abundante legislación prohibitiva que se remontaba al siglo XVI. Igualmente acapararon la mayor cantidad encomiendas posible. Por ejemplo, entre 1722 y 1735 la familia Solís logró poseer 11 pueblos.

    Otra estrategia fue establecer la mayor cantidad de vínculos nupciales. García Bernal apunta que “fueron muchas las familias que de forma directa o por medio de alianzas matrimoniales llegaron a reunir en su seno gran número de encomiendas”. Al mediar el siglo XVII, 18 miembros directos de la familia Magaña eran beneficiarios de alguna encomienda cuyos tributos en 1645 se valoraban en cerca de 27 000 pesos y en poco más de 605 000 “percibidos desde el momento de... concesión [de las encomiendas]”. Este monopolio fue denunciado, y aunque la Corona prohibió se les continuara otorgando encomiendas, para 1688 ya eran 31 miembros los que disfrutaban alguna, sin contar los beneficiarios de otras familias con las cuales estaban íntimamente vinculados.

    Durante los dos primeros siglos de dominación la presencia del clero secular y el regular se hizo numerosa, y como de manera insistente religiosos y curas demandaban la asignación de una guardianía o un beneficio, los provinciales franciscanos y los obispos con el gobernador en turno fueron dividiendo estas jurisdicciones eclesiásticas con el fin satisfacer tales exigencias. El resultado de estas particiones fue la aparición de medio centenar de nuevas circunscripciones, pero con un número menor de pueblos de visita. Esta situación y el descenso demográfico redujeron el monto de limosnas en tejidos y cera destinados a guardianes y curas beneficiados. Los religiosos y clérigos, entonces, impusieron a los pueblos como nuevas festividades el Corpus Christi, La Purificación, Todos los Santos, el Adviento, el Espíritu Santo con el fin de compensar la pérdida de tejidos y cera como limosnas, independientemente de los venados, huevos, miel, maíz, iguanas, gallinas, frijol, que recibían para su consumo.

    Los repartimientos de mercancías realizados por los funcionarios reales de América colonial estaban prohibidos, y aunque la Corona expidió un conjunto de disposiciones imponiendo castigos severos (pérdida del oficio, cuantiosas penas pecuniarias y destierro de la Indias) para el que los realizara, fue incapaz de erradicarlos, y con el transcurso de los años ese sistema adquirió carta de naturaleza en las posesiones ultramarinas. En este contexto, sus disposiciones de 1580, 1588, 1598, 1627, 1629, 1654 y 1660 que vedaban o bien ordenaban la desaparición de los repartidores en Yucatán resultaron infructuosas, pues los gobernadores no se distinguieron por ser fieles observantes de esas decisiones reales. También, los repartimientos de los gobernadores enfrentaron una fuerte oposición de encomenderos y religiosos, pero tampoco fueron capaces nulificarlos, a pesar de su ilegalidad.

    Los encomenderos, la Iglesia y la burocracia gubernamental siempre mantuvieron continuas pugnas respecto a lo gravoso que resultaban para los mayas los mecanismos utilizados para extraer una mayor cantidad de tejidos y cera. En unos casos los gobernadores resultaban denunciados por sus negocios, en otros los encomenderos por sus elevados tributos o bien el clero regular y secular por lo cuantioso de las limosnas y su carácter obligatorio. Pero detrás de sus mutuas denuncias, que nunca fueron desinteresadas, la mujer maya era el motivo de sus discordias pues era la productora de los tejidos, el principal producto de exportación, y el hombre como recolector de cera.

Material tomado de: Breve historia de Yucatán. Quezada, Sergio. Fideicomiso Historia de las Américas
Serie Breves Historias de los Estados de la República Mexicana. EFE, Colegio de México, México, 2001. 288 págs.




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