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CHICHEN, MAYAPAN Y UXMAL

El posible origen del pueblo maya del norte de la península de Yucatán, en lo que hoy es nuestro estado, se remonta -como hemos visto- a la época del hombre de Loltún (8000 aNE aproximadamente). Y es en el siglo V, en el año 435, cuando se tiene la primera noticia de los itzáes, "los que hablan la lengua entrecortada". Según se relata en el Chilam Balam de Chumayel, los itzáes llegaron a Bakhalal (hoy Bacalar) procedentes de Chacnovitan y entre el 435 y el 455 fundaron Uc Y abnal, "los siete del linaje Abnal"; siglos después ésta fue llamada Chichén-Itzá, "cerca de la boca del pozo de los itzáes".

Del 555 al 692, durante el período teocrático, se dió un primer momento de desarrollo cultural propio de la zona de los Chenes y Chichén-Itzá, por el centro principal de esta zona. Pero por distintas circunstancias económicas, políticas y culturales, los itzáes abandonaron su ciudad y peregrinaron a Chakanputún o Champotón, en el actual estado de Campeche, permaneciendo en este lugar hasta el 928.

Mientras tanto, en el año 869 Ah Mekat Tutul Xiu, jefe del pueblo xiu, llegó a Chakanputún procedente de Potonchán (en el actual estado de Tabasco) y obligó a los itzáes a abandonar Chakanputún en el año 948. Algunos regresaron a Chichén-Itzá en el año 987, otros se separaron y fundaron Mayapán  en el año 948; desde entonces a estos últimos se les llamó cocomes. Tanto los itzáes como los cocomes presentaban entonces claras influencias de la cultura tolteca originaria de la zona del Altiplano Central. Los toltecas habían llegado a la península conducidos por Quetzalcóatl (así llamado por los toltecas) o Kukulcán para los mayas, quien arribó a Chichén-Itzá por el año 987, cuando los itzáes habían logrado extender su poderío militar hasta Bakhalal y Chactemal.

Entre los años 987 al 1007 aproximadamente, Ah Suytok Tutul Xiu llegó a la ciudad de Uxmal fundada en el siglo VII.

Poco tiempo después, las tres ciudades importantes del período o etapa militarista en la zona del norte de la península de Yucatán, se unieron en una Triple Alianza: Mayapán, Chichén-Itzá y Uxmal, logrando extender su influencia política, cultural, comercial y militar al sur, hasta Centroamérica, y al oeste, hasta el Altiplano Central.

En esta etapa, de 987 a 1461, junto al desarrollo militarista de las sociedades mayas, se dió un nuevo carácter a la producción artística y cultural. Los cocomes, los tutul xiu y los itzáes reunían, tanto su propia cultura, como muchos elementos de otras culturas mesoamericanas, principalmente -como ya señalamos- la influencia tolteca y más tarde mexica. En un principio, estos dos últimos grupos utilizaron el comercio como medio de penetración cultural en otros pueblos del  rea; aunque también los mayas recibieron y dieron en intercambio, no sólo mercancías materiales sino, sobre todo, elementos culturales en la religión, en el arte y en la organización política.

El gran poder desarrollado por la Triple Alianza duró poco tiempo, puesto que Hunac Ceel Cauich, señor de Mayapán, derrotó a Chac Xib Chac, jefe de los itzáes de Chichén-Itzá, quienes se vieron obligados a abandonar su ciudad y dirigirse a la isla de Tayasal (en el lago Petén-Itzá, al norte de Guatemala), según el relato del Chilam Balam de Chumayel.

Existe una leyenda sobre las causas y la forma en que se dió este acontecimiento. La misma señala la importancia que en ese momento tenían los matrimonios para las alianzas entre los pueblos mayas, y se refiere al matrimonio fallido de la princesa Sac-Nicté originaria de Mayapán, con Ulill, señor de Uxmal, por la intervención de Canek, señor de Chichén-Itzá. Esto originó, según cuenta la leyenda, la lucha entre los pueblos, retirándose los itzáes del norte de la península de Yucatán.

Posteriormente, las contradicciones políticas y económicas de dominio y poder, hicieron que las relaciones entre Mayapán y Uxmal se deterioraran y que el pueblo se rebelara. Ah Xupan Xiu, al frente de los inconformes, entró en guerra contra Maya pán entre los años 1441 y 1461, siendo destruida la ciudad de los cocomes, quienes emigraron a Sotuta, al centro del estado de Yucatán; mientras que poco después los Tutul xiu de Uxmal se dirigieron a Maní.

A partir de ese momento, la zona maya del norte de la península se dividió en varios cacicazgos pequeños hasta la primera llegada de los españoles a las costas de la península de Yucatán en 1517. Para entonces formaron dos grupos: los cocomes de Sotuta al mando de Nachi Cocom, y los tutul xiu de Maní al mando de Ah Dzum. En 1536 los primeros derrotaron a los segundos, tratando de reconstruir el poder perdido. Diez años después la zona sería conquistada por los españoles.


LEYENDA DE LA PRINCESA SAC-NICTÉ

En el Mayab, cuando Chichén-Itzá, Uxmal y Mayapán se encontraban en su plenitud, nacieron en estas ciudades: Sac-Nicté o Blanca Flor, princesa de Mayapán e hija del rey Hunac-Ceel; Ulil, príncipe de Uxmal; y Canek, o Serpiente Negra, príncipe de Chichén-Itzá.

Cuando Sac-Nicté tenía cinco años (según cuenta la leyenda) dió de beber a un caminante y de pronto brotó de la jícara una flor. Luego, cuando cumplió dos veces cinco iba caminando por un maizal y una paloma se posó en su hombro, le dió unos granos de maíz, la besó en el pico y luego la soltó para que volara libre. Cuando cumplió tres veces cinco años conoció a Canek y se enamoró de él.

Por su parte, cuando Canek cumplió siete años, atrapó a una mariposa y la deshizo con sus manos y esa noche soñó que se convertía en gusano.

Cuando cumplió dos veces siete, encontró un venado en una trampa de cazador y con su cuchillo sacrificó al animal, le extrajo el corazón y lo ofreció a los dioses negros que ayudaban a los brujos. Esa noche soñó que era un tigre sediento. Pero cuando cumplió tres veces siete años, lo nombraron señor de los itzáes, y ese mismo día conoció a Sac-Nicté. Esta noche no durmió, sino que lloró de tristeza hasta el amanecer, porque se había enamorado de la princesa de Mayapán.

Ese fue el momento de la desilusión de Canek, pues sabía que Sac-Nicté estaba comprometida con Ulil, príncipe de Uxmal; y 37 días a partir de la fecha en que Canek tomara posesión del mando se llevaría a cabo la boda. Y así empezaron a llegar los mensajeros de Mayapán y Uxmal, para invitar al señor de los itzáes a la ciudad de Uxmal a festejar la boda y consolidar la alianza.

Una noche, cuando Canek pensaba en su problema, apareció de pronto un viejecillo y le dijo en voz baja: "La Flor Blanca está esperando entre las hojas frescas ¿has de dejar que otro la arranque para él?". Y terminando de decir esto, desapareció sin que nadie supiera lo ocurrido. Pronto, las piedras esculpidas que conmemorarían la boda se hicieron, poniendo las figuras de los futuros esposos, y en la parte de abajo escribieron: "De éstos vendrá la grandeza del Mayab, y en ellos se asentará la paz y la abundancia de la tierra.

En Uxmal se preparó todo para la fiesta. De Mayapán salió la comitiva guiada por Hunac-Ceel, señor de los cocomes, y su hija Sac-Nicté, quienes fueron recibidos desde el camino de Uxmal a Mayapán por el mismo señor de Uxmal. La fiesta se inició y por tres días llegaron convidados de muchas partes, portadores de bellos regalos, arribaron de Kibilbá, Chacnohuathlán, Copán, Nachancaán, Yaax-Chilan, Zac-quí y otros muchos pueblos cercanos y distantes; pero Canek, el señor de los itzáes, no llegó.

El tercer día, después de seguir esperando a Canek, decidieron dar comienzo a la ceremonia. Más de pronto, el señor de los itzáes al frente de 60 guerreros principales, irrumpió como un relámpago en el altar del templo mayor donde se efectuaba la boda arrebatando a Sac-Nicté de su padre y Ulil, y sin que nadie pudiera hacer nada, huyeron. En la ciudad de Uxmal había confusión, tanto por la fiesta como por el rapto, y para cuando Ulil reunió un grupo de guerreros para perseguir a Canek, ya no se pudo hacer nada.

Ulil y Hunaac-Ceel se aliaron contra Canek; pero cuando llegaron a Chichén-Itzá, descubrieron que la ciudad estaba abandonada. Entonces, con furia, la incendiaron, saquearon y destruyeron; mientras, por la selva del sur de la península, Canek en compañía de Sac-Nicté guiaban a los itzáes rumbo a un nuevo destino: la isla de Tayasal, salvándose así los itzáes de la furia de sus antiguos aliados, y desde entonces quedó la ciudad de Chichén-Itzá abandonada, así como ahora la encontramos.



LA SOCIEDAD

La sociedad maya de la etapa teocrática y militarista estaba organizada sobre la base de una marcada estratificación social. La nobleza, formada por almenehoobs ("los que tiene padres y madres") monopolizaban el poder y la autoridad, y detentaban los puestos políticos y religiosos.

El cargo de halach uinic era hereditario dentro de una sola familia y pasaba del padre al hijo mayor. El halach uinic era, al mismo tiempo, el batab o jefe local de la ciudad donde vivía, tenía bajo su mando al resto de los bataboob, o jefes locales de las poblaciones que conformaban la provincia.

Como jefe supremo, recibía tributo, convocaba a los guerreros, formulaba la política exterior del Estado, y poseía los conocimientos mecesarios para ser el sacerdote supremo. En la toma de decisiones políticas se ayudaba de una especie de consejo de Estado constituído por jefes o bataboob, sacerdotes y consejeros, todos miembros de la nobleza. En la guerra cada batab comandaba a sus soldados, pero existía un comandante militar supremo llamado nacom, que desempeñaba el cargo durante tres años y respondía directamente ante el halach uinic.

Después de los bataboob se hallaban los ah cuch caboob, quienes administraban los barrios en los que se encontraba dividida la ciudad. Un cargo similar era el de los ahkuleloob, delegados que acompañaban al batab, sirviéndole de ayudantes, portavoces y mensajeros.

Existían también los funcionarios encargados de las cuestiones sociales y ceremoniales, llamados ah holpop. Finalmente, la categoría más baja de funcionarios era la de los tupiles, que hacian las veces de alguaciles o policías, manteniendo el orden y vigilando el cumplimiento de la ley.

El grupo de los sacerdotes, llamados genéricamente ah kinoob (singular: ah kin), tenía la misma categoría que los jefes o bataboob. El sacerdocio también era hereditario y privativo de unas cuantas familias de la nobleza. el supremo sacerdote recibía el nombre de ahau can, que significa "señor serpiente". Sus actividades se relacionaban con el ritual, los sacrificios, la adivinación, la astronomía, los cálculos cronológicos, la escritura jeroglífica, la educación religiosa y la administración de los templos.

Seguían el ahau can, los sacerdotes llamados chilames o adivinos, quienes interpretaban los designios que los dioses enviaban a los hombres a través de los oráculos. El encargado de llevar a cabo los sacrificios rituales era el nacom, que no debe confundirse con el jefe militar a quien también se le nombraba así. Le ayudaban cuatro asistentes llamados chacoob, quienes tenían además otras funciones, como la de encender el fuego nuevo en el mes de pop, ayunar y untar de sangre a los dioses que se habían esculpido en el mes de mol.

No hay duda sobre el lugar que ocupaban los mercaderes profesionales (ppolom) en la escala social. Eran miembros de la nobleza, no sólo por descender de los navegantes putunes conquistadores de esa tierra, sino por tener en sus manos esa importante actividad económica que es el comercio. Por su condición de nobles, los mercaderes fueron aliados poderosos de los jefes militares, ya que les informaban sobre las rutas y las posibilidades económicas y defensivas de otros pueblos.

Aunque, en general, toda la tierra era propiedad comunal y pertenecía a los pueblos, la nobleza tenía un mayor acceso a ella. Los frutales, las plantaciones de cacao y las salinas eran de propiedad privada y exclusiva del grupo dirigente. Este recibía también el pago de tributos, consistentes generalmente en productos de la caza y la pesca, cultivos de la milpa, miel, mantas de algodón y servicio personal.

Debajo de este complejo estrato que era la nobleza, estaba el pueblo, la gente común llamada yalba uinicoob ("hombre pequeños"), chambel uinicoob, memba uinicoob o pisilcah, a quienes se consideraba plebeyos. Estos nombres significan lo mismo que el término náhuatl macehual, frecuentemente utilizado en la época colonial.

La gente común era la más numerosa y comprendía a los campesinos, pescadores, leñadores, aguadores, albañiles, artesanos, canteros, carpinteros, tejedores y cargadores, entre muchos otros. El pueblo era el que cultivaba el maíz y producía los alimentos para su propio consumo y el de la nobleza. Era el que cortaba, cargaba, labraba y esculpía las piedras que conformarían los grandes edificios; construía las calzadas y los templos; decoraba fachadas con pinturas y mosaicos, y con su tributo en especie y en trabajo sostenía a los grupos privilegiados.

En el último peldaño de la escala social se hallaban los esclavos, ppentacoob (ppentac, masculino y munach, femenino). Eran, en su mayor parte, individuos capturados en la guerra o esclavizados por algún delito. También se podía nacer esclavo, o convertirse en tal al ser vendido en el comercio.



EL COMERCIO

En el período agrícola, el comercio era una actividad mediadora entre grupos vecinos dentro de una misma región, los que intercambiaban por medio del trueque los productos agrícolas y las materias primas que obtenían directamente de sus comunidades.

Conforme se desarrollaron los centros urbanos del período teocrático, se produjo un excedente de alimentos suficiente no sólo para intercambiarse por productos suntuarios, sino también para sotener a dos nuevos grupos sociales: los artesanos especializados y la clase dirigente.

Los comerciantes empezaron entonces a adquirir mayor importancia dentro de la sociedad, por la riqueza que acumulaban y por su papel dentro de la economía. El comercio ganó importancia sobre la agricultura; nuevas rutas comerciales fueron exploradas y se adoptaron las primeras unidades de cambio o monedas.

El comercio entre los mayas llegó a su verdadero apogeo a través del establecimiento de puertos de irtercambio y grandes mercados, de transacciones a gran escala, compra de esclavos, préstamos y también por la consolidación de las grandes rutas marítimas alrededor de la península de Yucatán. Fue en esta época cuando los mercaderes se convirtieron en miembros de la nobleza al contribuir a la acumulación de grandes riquezas destinadas al pago de tributos, al sostenimiento del Estado y al cumplimiento del ritual religioso y mortuorio. Los comerciantes se asociaron a la guerra para penetrar, junto con los ejércitos, en nuevos territorios susceptibles de ser integrados a las redes comerciales.

Los mercaderes se sirvieron del ejército para resolver éstas y otras situaciones parecidas, y fueron utilizados a su vez, por los jefes militares como embajadores y espías en regiones lejanas y desconocidas. Gracias a los informes de los comerciantes, se enteraban de las mejores rutas, de los recursos económicos y de las defensas de otros pueblos.

Cabe aclarar aquí que el comercio entre los pueblos prehispánicos estaba basado, en gran parte, en el intercambio de mercancías de lujo y artículos suntuarios, más que en productos agrícolas de primera necesidad. Abundaban el jade, las conchas, las plumas, el oro y el cacao más que el máiz y otros alimentos básicos. También es importante destacar que este intercambio de tipo material propició un intercambio intelectual que contribuyó al conocimiento de nuevas ideas y a la aceptación de otras culturas.

Los comerciantes de la península de Yucatán llevaban mantas, plumas y otras mercancías a Honduras y volvían con cacao, mientras que a México-Tenochtitlán exportaban algodón, cera, miel y sal (extraída del litoral norte de Yucatán y de la isla Mujeres), además del cacao obtenido en Honduras y en Tabasco. Según la relación de Motul, informe presentado por el encomendero de ese lugar al monarca español Felipe II, se dice que este comercio era tan activo que los mercaderes de Yucatán tenían representantes en Honduras para que cuidaran de sus intereses. Hubo relaciones similares con lugares tan remotos como Colombia y Panamá.

La mayor parte de las mercancías se transportaba por mar, en canoas largas como galeras ( de más de dos metros de ancho y con una cabina en el centro). Llegaban a caber en ellas hasta 25 personas: hombres, mujeres y niños, además de las mercancías. Una canoa así fue la que encontró Cistóbal Colón en su cuarto viaje al Nuevo Mundo, cerca de las islas Bay, frente a la costa de Honduras. El comercio marítimo contaba con servicios de fogatas que hacían las veces de faros.

En las rutas terrestres, los mercaderes se guiaban por señales ubicadas en los árboles y por mapas hechos en tela de algodón, así como por los sacbeoob (sac: blanco, be: camino), o calzadas construídas con piedra caliza que comunicaban a las principales poblaciones entre sí. En su parte superior, estos caminos estaban cubiertos de grava y un material blanco llamado sahcab que se endurecía con la humedad y la presión. Su ancho aproximado era de cuatro metros y medio y su longitud variaba de un kilómetro hasta cien.

En las ciudades y poblados principales había mercados, donde se llevaba a cabo el trueque de mercancías. Probablemente no diferían mucho de los grandes mercados prehispánicos del México central, como el de Tlatelolco, o bien de los que aún en la actualidad se encuentran en los Altos de Guatemala. Se sabe que en ellos se vendía toda suerte de productos y que había inspectores, así como una especie de juzgado donde se arreglaban las disputas.

Cuando las relaciones comerciales se hicieron más complejas, ciertos productos adquirieron importancia por su demanda, conviertiéndose en medios de intercambio. Entre los mayas, la moneda principal era la semilla del cacao, aunque a veces utilizaban las hachuelas de cobre, las conchas rojas, las hachas de piedra, las plumas y las cuentas de piedra. Por ser el cacao la moneda principal, el comercio con Honduras adquirió gran importancia, así como el control de los plantíos de cacao que había en Chetumal y a lo largo del río Hondo, ya que, aunque la propiedad de la tierra fuera comunal, los árboles frutales, las salinas y las plantaciones de cacao eran de propiedad privada.

Al ser el cacao un producto tan decisivo dentro del comercio prehispánico, no es de extrañar que los mercaderes mayas adoptaron a Ek Chuah, deidad del cacao como su dios tutelar, y a Xaman Ek, la estrella del norte, como guía a la que se encomendaban para volver a salvo hasta sus casas después de los largos recorridos que emprendían por tierras lejanas. Ek Chuah es el dios negro de los labios rojos y su jeroglifo es un bordeado de negro. Frecuentemente se le presentaban en actitud belicosa y armado con una lanza, por lo cual, además de ser el espíritu del cacao y el protector de los mercaderes y viajeros, era una deidad guerrera: intervenía en la conquista y sumisión de los pueblos que se negaban a formar parte de las rutas y los intercambios comerciales.






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