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El Orgullo de ser Yucateco

Fernando Espejo


Entrevista
Primera conferencia
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"El orgullo de ser yucateco"


No sólo estamos unidos por cosas subjetivas, sino por "ese algo más" que no se puede explicar y que nos hace sentirnos diferentes al resto de las personas -manifiesta el reconocido poeta.- Conferencia magistral dentro del programa de festejos con motivo del 75o. aniversario de la Uady.- "Personalidad llamativa"

El hipil, la forma y el acento al hablar, las tradiciones y costumbres son, entre otras, algunas de las características que nos identifican como yucatecos; sin embargo, los yucatecos estamos unidos por mucho más que esas cosas subjetivas, estamos unidos por "ese algo más que no se puede explicar y que nos hace sentirnos diferentes al resto de las personas", afirma Fernando Espejo Méndez.

Para el poeta, "el orgullo de ser yucateco se impregna en la sangre con facilidad, sobre todo para cualquiera que tenga la capacidad de enamorarse de las cosas propias, de las cosas que nos hacen sentir que pertenecemos a esta tierra y que poseemos características que nos dan personalidad propia en cualquier parte del mundo".

Espejo Méndez, recipiendario de la medalla Eligio Ancona 1993, ofreció anoche la conferencia magistral. El orgullo de ser yucateco, en el auditorio Manuel Cepeda Peraza de la Uady, como parte de los festejos por el 75o. aniversario de la fundación de la casa de estudios.

En charla con el Diario, el reconocido escritor recuerda con cariño sus días en esta ciudad y señala convencido: "Mérida es la calle por la que me gusta caminar, platicar en el café, ver a los amigos".

-Cuando uno cae en esa trampa que es el amor, lo mismo da que sea la mujer o el paisaje... -agrega.

Fernando Espejo no tiene que manifestar con palabras que está enamorado de la tierra en que nació; se le nota, lo transpira, lo revela a cada instante, como en la pausa cuando recuerda, divertido, que peleaba con sus amigos porque no admitían que "ser yucateco era, ¡es!, lo mejor".

También considera que no hay ser humano que no sienta orgullo de lo propio, pero no se refiere a aquellas cosas como una casa o un automóvil, sino a las cosas especiales, "aquellas que son de uno a través del camino".

-Por ejemplo, la chispa de ingenio en un niño o los crepúsculos que podemos contemplar en la playa durante el verano, así como la gente que saca sus sillas para ver este espectáculo gratuito, esto es verdadero motivo de orgullo, no las cosas que uno adquiere.

Aunque estos son motivos de satisfacción, el entrevistado recuerda también que hay otras características que nos enorgullecen, "pero estas son heredadas, como nuestro pasado histórico; están perdidas en el tiempo e incluso van mucho más allá de él; sin embargo, a pesar de que se desvanecen en la interminable rueda de la memoria, están presentes y tenemos pruebas que no tiene cualquiera, por ejemplo, el Palacio del Gobernador en Uxmal o la Catedral de Mérida.

-La Catedral es la primera iglesia edificada en tierra firme en el continente americano, se levantó en el siglo XVI, y estas son razones históricas, indiscutibles, que todos saben -añade.

-Ser yucateco es diferente, decir "soy yucateco" irradia orgullo por el solo hecho de serlo.

"COSA EXTRAÑA"

Además de todas estas razones, Espejo Méndez expresa otras "mucho más válidas" para todos aquellos cuyos cinco sentidos están involucrados "en esta cosa extraña que es la que me hace sentir diferente, porque soy yucateco".

Señala que hay estados con "personalidad llamativa", y "éste es el caso de Yucatán"; incluso considera que, en ocasiones, la gente que nos ve desde fuera lo hace con una "incredulidad admirada".

-Cuando los foráneos escuchan nuestra música y canciones tan bellas, vienen y se dan cuenta de que en realidad no hay montañas, ni nieve y que todo esto sólo está en la letra de "Peregrina". Entonces se preguntan: ¿de qué presumen? ¿Qué es lo que los hace tan unidos? ¿Qué es lo que hace que cuando se encuentren en algún lugar del mundo se saluden inmediatamente y se identifiquen?

Más aún, el poeta afirma que somos el producto de un mundo de carencias.

-Yucatán es una península pobre, geológicamente hablando; no tenemos minas, ni petróleo, pero a pesar de eso, salimos y nos plantamos con esa especie de postura de figurilla maya de Jaina diciendo "aquí estoy, soy yucateco".

Los personajes que ha dado Yucatán son, de acuerdo con Espejo Méndez, "nuestros héroes", ya sean boxeadores, compositores o cantantes; por ellos, dice, no necesitamos estímulos, "son innecesarios".

-Todos ellos son como nuestras firmas de aval. Y son muchos los que andan por aquí y por allá firmando por nosotros.

-Oye, ésa es yucateca, ¿verdad? -¡Ajá, claro!...

-Oye, pero ese nació en Tampico...

-Ah, no importa, su papá y su mamá eran yucatecos... y con eso es más que suficiente.

Respecto a las nuevas generaciones de yucatecos, el entrevistado indica que también tienen una identidad marcada, aunque no duda que los medios de comunicación propicien la "universalización".

-Sin embargo, no creo que esto sea suficiente para borrar la huella que llevamos en la sangre como yucatecos, pues estamos recalcitrantemente orgullosos de ser lo que somos. Con esa capacidad de jugar con la vida, que no con la muerte, que es costumbre azteca; de divertirnos, como cuando jugamos con un papagayo.

Para Fernando Espejo, Mérida, Yucatán, tienen todas esas cosas que "nos reconstruyen cuando estamos mal": un olor a miel por las calles, las flores de colores, el flamboyán, la "lluvia de oro"..., en fin, "todos esos detalles que dan personalidad y que nos hacen sentir nuestra esta tierra".

Mas adelante, evoca una anécdota que ocurrió en Veracruz: la conversación entre un joven y su padre -ambos yucatecos-, diálogo espontáneo que podría considerarse "cotidiano entre yucatecos".

-Oye, papá: Agustín Lara era yucateco, ¿verdad?

El padre le dedica una sonrisa comprensiva dada su ignorancia y le contesta:

-No hijo, desgraciadamente...

-¿No era? -agrega el vástago-, pues merecería serlo. O sea, es un poeta, es un músico, es famoso, es grande... ~¡cómo puede ser que no sea yucateco!

Entre anécdota y anécdota, el entrevistado recuerda también a su familia, y dice que "cualquier pretexto es bueno para regresar", pues siempre está añorando -con los suyos- esta tierra.

En otro momento de la amena charla, el poeta afirma haber estado en la orilla del mar en otras partes, "lo he olido y lo he tocado"; sin embargo, señala que "ningún mar huele como el nuestro, cuyo olor se siente desde mucho antes de llegar a él".

Y respecto a la brisa, indica que "aquí, ésta entra, no llega, sino que entra y se vuelve parte de esas cosas que forman parte de nosotros, tanto que cuando no está se le extraña".

-La brisa que nos envuelve es especial, porque es parte de los vientos que trajeron a Cristóbal Colón hasta América, de modo que viene desde las Canarias y aquí se acaba.

-Como consecuencia de esto, en ningún lugar del mundo el sentido del viento y el clima son tan fáciles de predecir. En otras partes, el viento sopla cuando le da la gana, de donde le da la gana y no a sus horas, como debe ser, ni en el sentido correcto, como sucede en Yucatán.

-Ya no sé si vivo aquí o en la ciudad de México. Como manifiesto en uno de mis poemas, "estoy en Mérida a la primera cuerda de guitarra", esas guitarras que arrancan la música que tanto llena el corazón de recuerdos.

Al final de la charla, el poeta llega a una conclusión: "ser yucateco es un estado de ánimo".


El orgullo de ser yucateco

Conferencia en la UADY
Por Fernando ESPEJO

Es cosa común: No creo que exista en el mundo alguien que no esté orgulloso de "ser" nativo del país que lo vio nacer. El ser nativo, por ejemplo, de este país de maravilla.

País en su significado más amplio es el equivalente de región, de aldea, de patria... mejor que equivalente de nación o república que son términos políticos... y el espectáculo maravilloso de un país se llama simplemente paisaje... País y paisaje Cuest ión de sutilezas y de finuras de la lengua. En mi caso, y seguramente en el de ustedes: Yucatán, es mi país... y mi paisaje.

Es condición humana amar el origen, el punto de partida... el arrancadero, la patria... y la patria tiene un sitio preciso, como un obligo colocado en el centro preciso de uno mismo...

Dicen que la tierra es ancha y ajena. La mía no, no sólo no es ajena sino que es mía, propia, y festejada... como una casa recién terminada de pagar.

País y paisaje se vuelven una sola cosa y lo mismo, si el país se mira con ojos enamorados. ¿No es cierto?... y es que cuando uno se encuentra en esa trampa deliciosa del amor, todo se convierte en espectáculo. La mujer, el mar, las montañas, los árboles... la tierra... Todo puede ser paisaje dependiendo de los ojos que lo miran.

Amor omnia vincit, se ha dicho... Nada más que en las cuestiones de la tierra, de nuestra tierra, hay paisajes interiores y exteriores. Igual deberían dividirse los paisajes del amor, porque el espectáculo -el espectáculo del paisaje que aludo- no es territorio exclusivo de los ojos... Por ahí, también se pierde en los vericuetos del oído, en las papilas caliciformes del sabor, en el siempre hiperestesiado reino de los olores y los perfumes, y en los espamos de la suprema sensualidad de la piel...

Porque aunque suene inverosímil -dado que la raíz spécere se traduce por mirar- ...éste, digamos, metafórico espectáculo atañe indefectiblemente a los cinco sentidos. Ellos serán -a fin de cuentas- nuestros únicos informantes y a través de sus comunicaciones sabremos hacer la síntesis de nuestra opinión... eventualmente, ellos serán los formadores de nuestras emociones... y ulteriormente, en una extrema reducción, de nuestra indiferencia o nuestro orgullo. Mérida, por la rosa de los vientos y por los cuatro puntos cardinales, por mis cinco sentidos, los cabales... y por los cuatro antiguos elementos...

Lo que gusta, lo que se ama, lo que se admira... y resulta que es de uno... produce orgullo. Así de sencillo. Pero les digo, todo depende de la percepción... de esa traducción de la palabra país... en la palabra paisaje.

Así, este gusto por lo propio, por lo nuestro, será siempre subjetivo... altamente subjetivo. Si fuera cosa de la objetividad pertenecería al reino de la estética. Punto.

Aquí hablamos de emoción. Yucatán no tiene montañas, no tiene ríos, no tiene bosques y los abetos y las nieves solamente existen en la letra de Peregrina... Y sin embargo, nuestra sujetividad encuentra motivos de enamoramiento en el paisaje sin fin de la llanura, en donde nada nos detiene el vuelo de la imaginación. Cielo, mar y tierra se unen en una línea circular en donde no sabríamos percibir si ahí es, en verdad, el horizonte o si nuestra visión se hace présbita en la imposibilidad de trascender el más allá.

Alguien decía, a contrario censo, algo muy bien dicho: "No me gustan los paisajes donde hay montañas, porque topa mi vista". Cuanta razón en eso, porque el ojo también se acostumbra a la libertad.

Todo es verdad y se hace cierto en el vivo terreno de la sujetividad. Una sujetividad que, como tal, es propiedad total del individuo, en la capacidad de admirar su entorno... que no todos podemos contemplarlo desde el mismo mirador, ni medir con el rasero de una intensidad común. Es como el umbral de la pasión o del dolor, que es diferente para cada, digamos, doliente apasionado.

Los poetas le cantan a su tierra con admiración y orgullo y luego, los lectores sensibles de sus poemas sentirán lo que el poeta siente. Si Rafael Alberti habla de sus playas de Cádiz, o Antonio Machado de los campos de Castilla, ellos traducen para los demás lo que ese paisaje es para ellos... En sus poemas lo expresan con prístina limpieza, dentro de su subjetividad privilegiada, y con esos mismos poemas, harán sentir a sus lectores el amor a Cádiz y a Castilla, aunque siempre, quiéranlo o no los poetas, sus lectores lo harán, transitando por la vereda de la propia aldea y pasando por ella siempre y acariciándola antes que por ningún camino diferente.

Hablando de cualquier tierra, siempre he de pasar por la mía... Sería el axioma.

Si Juan Duch nos describe en México, en un artículo publicado en "Siempre" su regreso a Barcelona, yo puedo llorar pañuelos enteros, mientras mi imaginación transita por la calle sesenta, la que más tarde o más temprano dará acceso a las famosas Ramblas Catalanas, saliendito nada más por el Paseo Montejo a la derecha...

Eso es lo que sucede.

Siempre la sujetividad y siempre en cualquier poema, estará asomando lo de uno... de ese uno que es uno.

Desde luego, uno puede hablar de temas específicos admirables. Placer intrínseco que está inmerso en la cosa misma de que uno habla y no sólo en los ojos capaces de sentirlo o idealizarlo... ¿Se acuerdan de aquel poema que decía: "Dale limosna, mujer, que no hay cosa peor que ser ciego en Granada" aludiendo a la inefable belleza de la Alhambra?

La Alhambra es la belleza arquitectónica, como puede serlo el Tahmahal, la plaza de San Marcos en Venecia o el cuadrángulo de las Monjas en Uxmal... Eso es objetivo. No es cosa, pues, de uno.

Y claro. Hay en Yucatán bellezas, y tantas, de este tipo objetivo, que no son ni siquiera discutibles: La primera Catedral de tierra firme del continente... El Palacio del Gobernador en Uxmal, considerado como el edificio más importante y bello del mundo prehispánico... La fachada de la casa de Montejo, quizá el ejemplo más importante del estilo plateresco en América... Todos estos ejemplos de elementos objetivos, si, es cierto, forman parte de ese orgullo, indudablemente... pero en la medida en que so n nuestros y que están aquí, como los cenotes y como el Henequén. Son nuestros, son yucatecos... entonces son nuestro orgullo.

¿Cuántos y cuántos motivos de este tipo de orgullo, objetivo no tendremos los yucatecos?

Pero el orgullo de ser visto desde adentro es otra cosa. No tiene mucho que ver con esto.

Un veracruzano dirá, en medio de un son jarocho, el elogio a su tierra a su modo -valga el pleonasmo- tan sui generis: "Ya lo dijo el santo Papa y lo dijo a voz en cuello: Sólo Veracruz es bello", etcétera, etcétera, etcétera, sin dar razones válidas del porqué, ni aclarando lo que él supone obvio... sin tener que recurrir al mínimo e innecesario análisis.

Pero, aunque uno tal vez no siendo veracruzano, sienta que es una forma un tanto cuanto agresiva y discriminatoria, para Jalapa y, desde luego, para todos los lugares que no son Veracruz... Uno comprende ese orgullo de ser "ellos". Gritan el versito, como dicen: a voz en cuello, en la conciencia absoluta de su veracidad total, definitiva e irrefutable... y, además, quiero decirles, que estando allá, y junto al arpa y el charango y mirando y oyendo el taconeo del zapateado, y con la debida salvedad de Yucatán -que es desde luego, otra cosa-, uno estaría dispuesto a comprarles ese orgullo, estaría dispuesto a la coincidencia, a la concordancia con ellos, siempre y cuando, y desde luego, ellos acatarán el respeto y sumisión debidos a sus naturales superiores. Lógico, ¿no?

Ese orgullo de ser, ha de ser, pues cosa de emoción, cosa de uno...

A propósito de esta pura emoción y a propósito de Veracruz, hace poco oí una conversación entre un jovencito y su padre -ambos yucatecos-, diálogo espontáneo que podría considerarse como paradigma de lo cotidiano entre nosotros...

-Oye Papá, Agustín Lara era yucateco, ¿verdad? Y el padre, con una sonrisa comprensiva a la ignorancia del niño le dice: "No, hijo, desgraciadamente". Y el niño, sin mayor trámite, agrega: "¿No era? Pues merecería serlo". O sea es un poeta, es un músico, es famoso, es grande... ¡Cómo puede ser que no sea yucateco!

Esto resulta ser, además, un pedazo de nuestro más bello paisaje... Un importante y destacado motivo de orgullo, brillante de luminosidad y color, que está en aquellos, nuestros héroes vivos, nuestros ídolos y paladines, aquí y allá.

Podrían, en un momento dado, equipararse, a aquellos caballeros de reluciente armadura penacho de plumas flotando, al viento y blanca cabalgadura, iluminados por un vivo resplandor y a contraluz en una alta colina...

Uno casi escucha los heraldos que los proclaman como tales. Lo mismo da que sean campeones mundiales de box, que trovadores o compositores, que Mises México... o que sean científicos, matemáticos o astrónomos, que médicos o abogados, que historiadores , que políticos -hablo de los buenos y no de los malos-, que dramaturgos, escritores o actores o actrices de cine o de teatro, que locutores o cantantes, o que escultores o pintores.

Todos se escriben en nuestro orgullo con mayúscula... Son fabricantes todos ellos, todas ellas, del gran orgullo de ser yucatecos. Son como nuestras firmas de aval. Y son muchos los que andan por aquí y por allá firmando por nosotros.

-Oye ésa es yucateca ¿verdad?

-Ajá, ¡claro!...

-Oye, pero ese nació en Tampico...

-Ah no importa, su papá y su mamá eran yucatecos... y con eso es más que suficiente.

-Oye ese Manuel M. Ponce ¿no sería pariente de don Arturo?

Todos los aquí presentes tienen su lista, más grande o más pequeña, de estos héroes epónimos e invencibles y muy más valiosos que el mismísimo Supermán.

Si un yucateco es capaz de conseguir, digamos, el premio Príncipe de Asturias, nos llenará tanto de orgullo, que en nuestro fuero interno adquiriremos posturas de figura de Jaina, con los brazos cruzados y la nariz en alto, tal como dicen los libros de leyes: "y por ese sólo hecho" y nada más "en ganándolo", don Silvio Zavala...

Y cuando, en el mismo sitio donde se hace la entrega de ese premio cada año, en el teatro Campoamor de Oviedo, en Asturias, un niño concursa para el gran premio de artes escénicas de España y se presenta cantando estupendamente "Esta tarde vi llover", como que algo le crece a uno por dentro. Digo por dentro, que si fuera por fuera, Manzanero ya sería un gigante... Igual que cuando uno se entera de que Abreu Gómez ha sido traducido a cerca de treinta idiomas en su Canek... O que el cráter de Chicxulub es el más grande impacto de un meteorito en la tierra y que se echó, nada menos, que a todos los dinosaurios del mundo -según nos ha explicado nuestro laureado astrónomo de cabecera Don Arcadio Poveda- o que la región Puuc ha sido declarada patrimonio de la Humanidad... O que el chile habanero es el más picante de todos los chiles... y que le echen al que quieran...

Uno pasa la lista y compara... A ver, ¿Quiénes son mejores? O ¿en dónde los hay mejores? Que alguien se pare y lo diga. ¿En dónde?

Se me da, en este momento, el recuerdo del Profesor Rodolfo Concha Campos, aquel gran bibliómano, que poseído en ocasiones por los vapores de la euforia etílica, nos detenía en la calle para espetarnos aquello de que: "Yucateco es categoría, maestro, y las torrejas se hacen con huevos". "El inolvidable maestro Concha Campos." Inolvidable y querido.

Ese es, el orgullo al que me refiero, el que se siente adentro... Cosa de uno y de la capacidad de sentirlo. Sólo un pequeño estímulo para un acto de puro amor, que por otra parte tampoco fuera indispensable.

Yo he dicho que esta información nos llega -fíjense que dije información y no creencia- a través de los cinco sentidos: "Por mis cinco sentidos, los cabales...".

... Y en las síntesis de esta información, viene el ensueño, el ensueño que es el único camino por donde se va desde el país, y por el país, hacia el paisaje... Como decía Nacho Magaloni: ¿Desde qué ruina me dijo tu voz aquella palabra que me dejó pensativo...?- (Continuará)


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