Introducción
Las exploraciones en cuevas permiten vivir experiencias un tanto fuera de lo común de la vida cotidiana. Una travesía en las cavernas suele tener momentos muy agradables y otros de suspenso o francamente de desesperación. Como casi todos los espeleólogos, escribo una bitácora por cada gruta que visito y al repasarla, los recuerdos traen las emociones de aquellos momentos vividos en la aventura de conocer el mundo subterráneo. Este es el caso de una expedición realizada el sábado 8 de septiembre de 1990.
Organizamos la exploración un conjunto de diez personas con el objetivo de conocer la cavidad llamada Aktun Cacao, ubicada a 8 kilómetros al Noroeste del poblado de Akil, en el municipio del mismo nombre (Del Castillo; 1996: 14), sobre la serranía del Puuc. Los integrantes de esta expedición fueron Elena Canché Manzanero, Virginia Ochoa Rodríguez, Luis Pantoja Díaz, Oana del Castillo Chávez, José Luis Vera Poot, Álvaro Martínez López, Jaime Zaldívar Rae, Lorenzo Navarrete Gómez, José Antonio (Tono) Carballo Navarrete y el autor de estas líneas.
Dado que en esos tiempos no teníamos los recursos y las capacidades para un registro efectivo de lo que hacíamos, no obtuve imágenes de este periplo. Por eso he dispuesto de algunas fotografías que ambienten la narración. El plano que se adjunta si corresponde a Aktun Cacao y es producto de una investigación posterior (Del Castillo; 1996:99).
La naturaleza del camino
Un vehículo de carga nos transportó sobre un camino no pavimentado pero en buenas condiciones desde Akil hasta el principio de una brecha en el monte, donde sólo se podía entrar a pie. Tono y Lorenzo iban al frente abriendo el paso a los demás que veníamos en una fila. La primera parte de esta caminata fue entre los naranjales tan característicos de la región sur del estado de Yucatán.
Durante un rato marchamos cuesta arriba y aun con mucha energía llegamos a una parte del monte saturada del floreciente tajonal, su color amarillo se volvía brillante por la luz sol, y contrastaba con el verde mate de los árboles que rodeaban el área. Todavía más arriba, alcanzamos una planicie pequeña en donde el zacate muy crecido nos cerraba la brecha. Dese nuestro sendero avistamos una milpa con grandes elotes que parecía atrapada por el tono esmeralda del zacate. Por último llegamos a una zona donde la vegetación era del tipo sabana, con el suelo escaso en hierbas. Los que venían detrás de mí, comentaban el hallazgo de dos sartenejas rebosantes de agua que servían de lecho a unas diminutas plantas con hojas redondas.
Con la respiración un tanto agitada, recibimos el aviso de Tono diciendo que ya habíamos alcanzado la cima después de caminar cuatro kilómetros sobre el Puuc. Se abría ante nuestros ojos una hondonada rocosa de 40 metros de diámetro y 15 de profundidad. Desde abajo surgían árboles de mamey, ramón, guayaba y otros. Todos eran tan altos, que sus ramas llegaban a unirse con la copa de los árboles que estaban en el borde de la gruta.
La gruta
Aktun Cacao empieza con esta depresión natural delimitada por bordes irregulares producto del colapso del techo de la bóveda que debió existir anteriormente. En una parte de la orilla de la hondonada se abrió otra cavidad de aproximadamente metro y medio de diámetro y en este punto había unas raíces gruesas de un álamo. Aquí fijamos el anclaje de la cuerda y se estableció el lugar de descenso. De inmediato nos dispusimos a bajar y lo hicimos de uno en uno con el arnés de asiento y un artefacto que se instala en la cuerda y que permitió un descenso suave hasta el fondo de la hondonada. Tardamos un poco más de una hora en descender todos los 15 metros del abismo.
Cuando ya estábamos todos abajo hicimos una inspección de la profundidad que nos recibía. Se observó que el suelo no es parejo, sino describe una pendiente cuya parte más honda se calculó en 20 metros en referencia a la superficie de arriba. Además, sobre el terreno que pisábamos había una gruesa capa de hojas y tierra acarreada por la lluvia cuya fertilidad es tal que los habitantes de Akil van por ella cuando la necesitan para sus macetas, nos informó Lorenzo.
Siempre en esta área inicial, se detectaron depósitos naturales de agua, también metates o piedras para moler maíz y que, al mismo tiempo, sirven como receptáculos de agua. Vimos un tronco tumbado de árbol en proceso de petrificación y un petrograbado cuyas líneas nos evocó la imagen de la cabeza de un pájaro cardenal. Había muchas vasijas de barro de hechura prehispánica. Por donde pasáramos la vista había algo interesante que mirar ya sea natural o cultural
Después de superar el asombro, tomamos la decisión de dividirnos en dos grupos. El primero, constituido por Tono, Lorenzo, Álvaro, Virginia y yo, seríamos los primeros en explorar al interior de la caverna; en tanto que los demás se quedaron en el área inicial, anteriormente descrita, para elaborar un registro de todo lo que fuera relevante tanto desde el punto de vista arqueológico, biológico o geológico.

Empieza la obscuridad
Cuando empezamos a entrar a la zona oscura, Tono nos advirtió que iba a llevarnos por donde él conoce y hasta donde él ha llegado, considerando que este itinerario podría ser el mayor. Desde el principio de este recorrido nos percatamos de la abundancia de elementos culturales. Encontramos otros tres metates, pero éstos con orillas muy delgadas y rectas. Observamos que el fondo de estos recipientes era muy hondo, como que si se hubiesen usado por mucho tiempo.
Luego entramos a unas bóvedas como de 5 metros de alto en promedio, sumamente húmedas, incluso con agua depositada en el piso. En una de estas cámaras vimos una columna, producto del proceso formativo de la caverna, la cual tenía sobre su superficie, pictografías en formas de cráneos humanos. Por su ubicación a casi 2 metros altura y por los detalles incluidos pensamos que podría tratarse de un vestigio de ocupación humana en el período prehispánico. Caminando un poco más, encontramos las conocidas y a la vez misteriosas impresiones de manos en negativo en la pared.

El túnel del tiempo
Proseguimos la ruta que nos indicaban nuestros guías. De pronto empezamos a sentir una fuerte corriente la cual provenía de un conducto angosto. A medida que avanzábamos sobre esta vía, entre partes curvas y rectas, se fue haciendo más pequeña, hasta que se convirtió en una gatera de unos 40 centímetros en su punto más constreñido. Además, la piedra de las paredes era traslúcida; pero otro fenómeno llamó todavía más nuestra atención fue la corriente aire. Tan fuerte era el viento que se podía escuchar y fue entonces que nuestro amigo Tono recordó que en su visita anterior las velas se les apagaron en este punto.
Tuvimos que recorrer a gatas quizá 30 metros para librar este sinuoso tubo de viento y al llegar a un pequeño abismo de 4 metros de altura. Descendimos sobre su pendiente mínima y al llegar al fondo del mismo, observamos que era esta cavidad, junto con su contraparte cenital, conformaba una bóveda de aproximadamente 8 metros de diámetro y otro tanto de altura. Seguidamente continuaba el recorrido pero con multitud de bloques pétreos desperdigados en el suelo. También notamos una gran cantidad de áreas sobre la pared con formaciones de travertino, es decir, cientos de pequeñas represas y juntas producto del paso del agua.
Fue al final de esta bóveda cuando el camino se hizo descendente y estrecho, pero menos húmedo. Nuestros guías, Lorenzo y Tono buscaban afanosamente una referencia que ellos habían hecho tiempo atrás. Se decían entre ellos “hay que encontrar el trono” y nosotros ni idea de lo que estaban hablando. Con mucho trabajo y un poco de suerte, hallaron la citada referencia. Se trataba de una especie de sillón pequeño con pasamanos a la que llamaron "Trono". Lo construyeron con placas delgadas y planas de piedra blanca, elementos abundantes en esta sección de la cueva.

La boveda final
Un poco más adelante llegamos a una bóveda de casi 20 metros de diámetro. Lo primero que nos llamó la atención fue una gran colonia de murciélagos de los techos y las grandes cantidades de excremento del quiróptero (ta’soots) acumuladas en el suelo; en unas partes el ta’soots estaba seco y en otras, era como un lodazal espeso en donde se hundían nuestras botas al pasar. De estas sustancias se desprendía un fuerte olor a amoníaco, no tan desagradable como penetrante. Sin embargo, nadie se quejó.
Avanzamos precavidamente pues nos asaltó la idea de que esta cubierta de excremento pudiera ocultar algún hueco del piso. Una caída ahí podría ser de pronóstico reservado o por lo menos asquerosa. Por fortuna no se cumplieron nuestros temores. Logramos cruzar diametralmente la sala y finalmente vimos depósitos de huesos aparentemente humanos en varias partes del área ¿Serían rituales funerarios? Años más tarde, Oana dio respuesta a esta pregunta a partir de una exhaustiva investigación que constituyó su tesis de licenciatura en arqueología (Del Castillo 1996).
Nos entretuvimos mirando los restos óseos y pasado un tiempo retornamos por la misma vía de acceso. Ya sin detenernos a mirar nada, tardamos 45 minutos en recorrer lo que de ida hicimos en dos horas.
El descanso y el accidente
Cuando llegamos, le tocó el turno de entrar al grupo de compañeros que se había quedado en la bóveda inicial, por supuesto, guiados por los incansables Tono y Lorenzo. Mis compañeros y yo, después de recorrer de nuevo la hondonada, nos tendimos a descansar sobre la dura roca. A pesar del cansancio y el hambre, o quizá por ambos, caí en un sueño reparador mientras esperábamos a nuestros compañeros.
Cuando el segundo grupo retornó al campamento, eran ya las 5 de la tarde con 10 minutos. Se organizó el regreso a la superficie de la tierra, pero no iba a ser muy fácil como habíamos supuesto. En primer término subieron los dos compañeros más aptos en el manejo de equipo de ascenso; Pantoja era uno de ellos.
Empezamos a subir de uno en uno. Estábamos con el tercero cuando sucedió algo aterrador. El compañero que estaba ascendiendo tuvo un contratiempo con el aparato que sujetaba la cuerda y empezó a gritar que estaba atorado y necesitaba ayuda. En medio de su desesperación, hizo algo, no sabemos qué fue, pero de pronto se deslizó hacia abajo sin obstáculo por un tramo de 4 metros. Los que estábamos abajo nos quedamos atónitos, con la boca abierta y sin respirar. Gracias a la fortuna, cayó casi de pie y sin lesiones de importancia. Para frenar un poco su caída, intentó aferrarse de la cuerda. Quizá esto fue lo que lo salvó, pero el resultado de esta acción fue la total quemadura de la superficie interna de sus manos por la fricción generada. Gracias a la experiencia de Luis Pantoja en estos menesteres y a la colaboración de todos, el accidentado fue arriado desde arriba con las técnicas adecuadas sin mayor riesgo. Yo si me asusté.
La polilla arcoiris
El incidente anteriormente narrado prolongó por más tiempo de lo previsto nuestro retorno al exterior de la cueva. Suavemente entró la noche y unos cuantos de nosotros todavía estábamos abajo, esperando que subieran los miembros restantes de la expedición. La alargada espera hizo que los nervios de algunos se empezaran a alterarse. Entonces, intensificamos la charla y tratábamos de olvidar el accidente acontecido para no entrar en estado de pánico.
Durante la espera allí abajo y como a las 7 de la noche se posó en el tronco de un árbol cercano, un animalillo volador con apariencia de una mariposa nocturna. Su cuerpo era de apenas unos 5 centímetros; la cabeza y tórax eran de color naranja intenso. Tonalidades que combinaban muy bien con el amarillo brillante del abdomen. Éste, a su vez, estaba rodeado por múltiples anillos de color negro. Expuestos a la luz de nuestras lámparas, sus ojos brillaban como dos pequeños zafiros. Jaime, que ese tiempo estudiaba biología, me dijo que esa era la Polilla Arcoíris. No sé si de verdad era una visión fascinante o mi mente estaba buscando un foco de atención para distraerme, pero me quedé mirando absorto por un buen rato a este bello ejemplar de la naturaleza, hasta que alguien me avisó que era mi turno subir por la cuerda los 15 metros de altura.
Cantando en la noche
A las 8.30 horas de la noche salimos todos de la hondonada e iniciamos el retorno hacia la comunidad de Akil, pero ahora cuesta abajo. La noche era muy oscura, así que fue un evento muy peculiar ver una fila de diez luces moviéndose en la negrura de la selva. No sé si porque estábamos muy felices de haber conocido una nueva caverna o para darnos fuerza y valor después de tantos incidentes experimentados, nos pusimos a cantar todas las canciones que se nos iban acordando. Ahora entiendo porque dicen los colegas cubanos que “para ser espeleólogo no se necesita estar loco, pero ayuda mucho”.
A su tiempo, llegamos al camino carretero donde nos había dejado el camión que nos trajo. Sólo que ahora no estaba y así que tuvimos que caminar otros cuatro kilómetros hasta Akil. En este último tramo, Tono me dijo que había oído comentar a sus padres y algunos vecinos sobre la existencia del agua sagrada en el interior de la gruta. También contó que todavía hay gente que entra a buscarla pero que él no sabe para que la usen. Además me platicó que, entre las grutas cercanas, hay una llamada Nentus de donde la gente se provee de barro para elaborar vasijas domésticas.
Epílogo
Aktun Cacao es una cuatrocientas o más grutas que hay en la serranía del Puuc y que contienen vestigios culturales de los mayas prehispánicos. También se encuentran en las cavernas, huellas de actividades humanas de los tiempos coloniales y del presente. No menos interesantes y valiosos son los espeleotemas que la Madre Naturaleza obsequia a la vista de los exploradores.
Sin embargo, ninguna cueva es igual a otra, cada una tiene un distintivo que causa sorpresa a quienes descubre tal o cual cosa. Pero, catalogar de única, mejor o más bella a una cueva con respecto a otra es simplemente una expresión injusta y ciertamente de criterio limitado. Cada caverna nos provee de una parte de la historia peninsular y nos acerca a la comprensión de la vida de nuestros antecesores.
Ya se han descrito muchas cuevas y sigue existiendo una pobreza interpretativa que es causada por la falta de hipótesis plausibles de trabajo ante la magnitud de las evidencias. Se han acumulado muchos datos y se han generado muy pocas ideas. Siguen en boga todavía los enunciados de Landa, los juicios de los viajeros del siglo XIX y las escasas explicaciones de algunos arqueólogos la primera mitad del XX.
El siguiente paso es vincular las múltiples funciones que tuvieron estas cavidades con el desarrollo económico y social de los habitantes antiguos. También se debe hacer del conocimiento público y explicar con amplitud, las nuevas funciones que están desempeñando ahora. Éstas, no son ni mejores ni peores, sino que están respondiendo a las nuevas formas de vida y de las necesidades actuales tal como sucedió en el pasado. Los estudios espeleológicos en general, y la antropología en particular, deben mostrar porqué las cuevas son importantes y porqué merecen la atención y protección de las instituciones gubernamentales. Hay que comprender que cada gruta es un tesoro y que su estudio científico es una veta de oro para toda la humanidad. Asombrarse ya no es suficiente. CAEC.
Bibliografía
Del Castillo, Oana.
1996 Procesos taxonómicos de los restos óseos encontrados en la Gruta Aktún Cacao, Akil, Yucatán. Tesis de licenciatura en Ciencias Antropológicas, en la especialidad de Arqueología. Mérida. Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán.
Publicado en el Suplemento Cultural y Científico Unicornio de Por Esto! Año 18 Nº 934, el 29 de marzo de 2009. Pp. 7-8.