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Un ejemplo de deconstruccin y reconstruccin genrica en el proceso de integracin de las mujeres campesinas al desarrollo


 

Los cambios generados por la integracin de las mujeres en los proyectos de desarrollo rural, ocasionan momentos de ruptura en los mecanismos de regulacin social preexistentes que nos permiten entender con ms precisin cmo funcionan las sociedades.

    En 1971, la Ley de Reforma Agraria reconoce a las mujeres campesinas mexicanas dos posibilidades de desempear un papel econmico en el agro. La primera posibilidad es que una mujer puede lograr el ttulo de ejidataria con los mismos derechos que los hombres, por lo menos tericamente. La segunda posibilidad es que las mujeres de un ejido pueden agruparse para trabajar en unidades productivas organizadas sobre el modelo del ejido. La creacin de estas Unidades Agrcolas e Industriales para la Mujer (UAIM) transforma la dinmica social de los pueblos, ya que el pasaje de la vida domstica a la economa formal, efectuado por un grupo de mujeres, cambia las representaciones que se hacen las sociedades de la distribucin familiar de las tareas domsticas, de las relaciones de pareja as como del funcionamiento del control masculino sobre las mujeres; adems de producir un grupo social diferente, el de las socias.

    La UAIM, en tanto que experiencia original de integracin de la mujer al desarrollo rural ha sido estudiada con frecuencia por los investigadores sociales. Destacaremos las conclusiones que resaltan de estos estudios segn que el enfoque haya privilegiado el nivel econmico o el nivel cultural.

    El anlisis socioeconmico demuestra que el hecho de otorgar a la mujer un trabajo remunerado no cambia su estado de subordinacin genrica, si las polticas agrarias no incluyen una problemtica feminista adems de la perspectiva econmica. Tambin varios estudios demuestran el estado de marginalizacin en que se han estancado estos proyectos (Botey y Arizpe), otros subrayan la imposibilidad en la que estn las unidades productivas femeninas para competir con la industria privada tanto a nivel de la produccin como al de la comercializacin de los productos (Arizpe y de Barbieri). Sobre esto, Labrecque aade que las UAIMes pensadas como proyectos generadores de ingresos se fueron cambiando en proyectos generadores de subsistencia por la falta de ayuda del Estado, impidiendo que las mujeres mejoren su condicin, la de su familia y desempeen un verdadero rol econmico.

    El anlisis cultural de las Unidades Agrcolas Industriales para la Mujer demuestra que si es cierto que los objetivos de la UAIM, establecidos por la Ley de Reforma Agraria son mltiples, slo las actividades econmicas han sido desarrolladas en tanto que las finalidades sociales o culturales previstas por la ley nunca se realizaron en trminos concretos (Mantilla y Pinto/ Villagmez). A pesar de esta falta de inters poltico hacia los aspectos extraeconmicos por parte del Estado, Labrecque y Nadal destacan que las unidades han generado un espacio social especficamente femenino beneficiando a las mujeres de los pueblos. Pinto y Villagmez analizan el papel integrador de la UAIM en la conservacin de la cultura tradicional maya yucateca, a pesar de los cambios sociales producidos por estos proyectos econmicos.

    En este artculo, y continuando una reflexin empezada en 1990, tenemos el propsito de analizar como la creacin de unidades productivas para las mujeres cambia la dinmica social, agudizando la complejidad de las relaciones que se establecen entre categoras sociales y categoras de sexo. En particular, queremos averiguar cmo el desarrollo econmico afecta las definiciones de gnero y las relaciones sociales en el campo. Incluimos en el concepto de relacin social las relaciones entre los grupos sociales, entre los sexos y dentro de cada sexo.

    Partiremos de la hiptesis que las mujeres campesinas entran a proyectos de desarrollo econmico de segunda clase (como lo demuestra el bajo nivel de ayuda que han tenido) a pesar del discurso oficial que les atribuye cualidades estereotipadas como la formalidad, la lealtad y el valor. Estas representaciones positivas del papel econmico de las campesinas no conducen sistemticamente a un aprecio social consecuente. Al contrario, en los casos que vamos a analizar, observaremos que el hecho de participar en las unidades productivas encabezadas por el Estado, aisla en algunos casos a las socias de estas unidades y ocasiona conflictos con el resto de la comunidad. Estos conflictos nos han permitido entender como funcionan las relaciones entre:

- los ejidatarios y las socias,
- el pueblo en su conjunto y las familias de las socias;
- las mujeres del pueblo y las socias;
- las socias de las diferentes unidades productivas (cuando hay varias en un pueblo);
- las socias de la misma unidad.

    Para entender estos conflictos entre los grupos sociales, los sexos y dentro de cada sexo es indispensable fundamentarse en el concepto de gnero. Sin desconocer las crticas formuladas por parte de las feministas contemporneas (Nadal 1993) partiremos de una definicin que nos permite entender este concepto como una categora social compleja que da cuenta de la bicategorizacin sexual elaborada por las sociedades.

    Cada sociedad se construye a partir de diferencias sociales. las ms antiguas de ellas son las que se fundan en las diferencias de edad (ancianos/jvenes) y en las diferencias de sexo (hombres/mujeres). La nocin de gnero permite conceptualizar esta ltima dicotoma tanto a nivel simblico de las representaciones como a nivel prctico de las relaciones sociales que manejan las sociedades. El gnero debe ser considerado al mismo tiempo que las dems categoras sociales que participan en la dinmica de las relaciones sociales tales como la raza, la etnia, la clase, la edad, la orientacin sexual, etc. De este modo, el gnero puede ser pensado como una categora compleja que se deconstruye y reconstruye continuamente. Permite entender como las sociedades construyen sus definiciones de lo femenino y de lo masculino, tambin como los hombres y las mujeres estn posicionados/relacionados social y sexualmente.

    Para observar este proceso de construccin/deconstruccin genrica es necesario tener una visin diacrnica del objeto de estudio. Por eso hemos recogido datos etnogrficos durante varias estancias en la zona henequenera de Yucatn, repartidas entre 1986 y 1994, en relacin con las diversas experiencias de desarrollo econmico de las mujeres en los ejidos henequeneros. Dos momentos destacan en nuestros estudios. El primero, de 1983 hasta 1989, donde se puede observar el proceso de deconstruccin del gnero tradicional a partir de los conflictos ocasionados por la emergencia de las UAIMes y de un nuevo grupo social diferenciado: el de las socias. El segundo se crea en ruptura con el perodo anterior, a partir de la desregulacin del Estado y culminando con la reforma del artculo 27 de la Constitucin y la liquidacin de la ayuda a la produccin henequenera. En esta fase, el ejidatario pierde su identidad social y el ejido pierde su homogeneidad comunitaria. Aparece lo que algunos autores llaman el proceso de personalizacin. Cada uno, tanto hombre como mujer, tiene que construir su propia identidad y posicionarse en la red compleja del tejido social.

    Es decir que vamos a problematizar la articulacin entre lo simblico y lo social a nivel de los cambios producidos por la emergencia de nuevas categoras sociales, la adquisicin de una nueva identidad social y la redefinicin de lo masculino y de lo femenino que resultan de la modernizacin del campo. Trataremos de demostrar que la participacin en los proyectos econmicos dirigidos por el Estado produce transgresiones a las definiciones tradicionales del gnero femenino por parte de las socias ocasionando conflictos personales, sociales y sexuales. Analizaremos estas transgresiones a partir de tres niveles diferentes: la simbologa del espacio, la definicin de la femineidad y la redefinicin de la divisin sexual del trabajo para entender como se establece el proceso de elaboracin de un nuevo sujeto social. Ilustraremos nuestros propsitos con los datos tomados principalmente en la UAIM de Santa Mara Ac, ya que es el pueblo que hemos visitado con ms frecuencia. Pero las observaciones que hemos conducido nos han llevado a conocer cmo se han llevado a cabo las dems experiencias de integracin de la mujer campesina como son la Sociedad de Solidaridad Social o los Comits de Mujeres en Solidaridad.

 

La simbologa del espacio

Llama la atencin el bajo porcentaje de mujeres campesinas involucradas en los proyectos de desarrollo agropecuario. En este artculo, no podemos estudiar todos los parmetros que entran en la explicacin de esta falta de participacin. Slo nos vamos a detener en la idea de que la integracin de las campesinas en las experiencias de desarrollo supone un cambio en la visin campesina del papel econmico de la mujer, ya que tradicionalmente este se desarrolla en el mbito domstico. Vamos a observar como la creacin de una unidad productiva para las mujeres tiene por consecuencia la formacin de un espacio pblico especficamente femenino y va en contra de la asignacin tradicional de lo pblico a los hombres. As, la participacin de las mujeres campesinas en el desarrollo puede ser considerada como una transgresin de las normas sociales relativas al uso del espacio y del tiempo, cuando est relacionada con una actividad econmica que se produce fuera de la casa.

    Todos los funcionarios que dirigen los proyectos para las mujeres campesinas en Yucatn nos han planteado la dificultad que han tenido para vencer la oposicin de ciertos esposos. Todava en el presente, estos ltimos piensan que el lugar de una mujer decente es estar en su casa, an cuando estn conscientes de la necesidad de un trabajo asalariado para su esposa. (Discursos de campesinas y coordinadora de Mujeres en Solidaridad llevados a cabo el 8 de marzo de 1993).

    Numerosas fueron las asambleas de ejidatarios que se opusieron, en un principio, a la fundacin de las UAIMes. En Santa Mara Ac, las seoras tuvieron que luchar muchos aos para que los ejidatarios aceptaran darles una parcela ejidal en la cual pudieron construir un taller de bordados. La presentacin de este caso nos parece interesante porque las socias tuvieron que vencer al mismo tiempo dos tabes, o sea, la tierra y el espacio.

    En 1983 los ejidatarios del pueblo reunidos en asamblea general aceptaron la creacin de una UAIM pero no quisieron otorgar una parcela ejidal. Para los hombres, las seoras no necesitaban colocar su taller en un lugar alejado del pueblo ya que la antigua escuela abandonada estaba desocupada, en el centro mismo. La voluntad masculina de poder seguir vigilando a estas seoras parece evidente en este caso. Salir de la casa para trabajar en un local especfico ya era considerado como algo novedoso y difcilmente aceptable. No se poda imaginar, adems, que el local estuviera en un lugar especficamente masculino o sea la tierra del ejido. La circulacin de las mujeres en las calles del pueblo compatible con la ideologa dominante, slo se poda imaginar si las socias salieran a costurar fuera de su casa siguiendo los trayectos habituales. As trabajaron estas seoras en un lugar inadecuado durante cuatro aos. Como una de ellas seal:

"Consideraban que las seoras no tenan derecho al terreno y hemos tenido que convencerlos". M.

   Por fin tuvieron un apoyo exterior de peso: de visita en el pueblo un da de lluvia y recibido por las socias en su local chorreando de agua (la refaccin del techo no se haba hecho por falta de dinero), el gobernador prometi un local nuevo. La asamblea de ejidatarios tuvo que someterse al deseo oficial, la construccin del taller se hara en una parcela situada en las afueras del pueblo, pero muchos hombres guardaron rencor contra las que haban debilitado su poder. "Son las mujeres que mandan ahora", nos dijo uno de ellos.

    Este espacio femenino instalado lejos del control de los habitantes del pueblo no conserv su autonoma ni su integridad durante mucho tiempo. Los maridos dividieron la parcela en terrenos familiares cultivados por ellos mismos aunque se supiese que en otros pueblos las mujeres asociaban el cultivo de la tierra con las artesanas.

    Dos conclusiones resaltan de esta ancdota. Por una parte, la apropiacin de la parcela por los maridos restituy simblicamente la tierra al conjunto de los hombres y por otra parte, restableci el equilibrio social amenazado por las mujeres. El control masculino sobre las mujeres se concretiz de nuevo ya que al cultivar la tierra dentro de la parcela de las mujeres, se reorganiz la vigilancia de los maridos sobre sus esposas y se devolvi el espacio exterior a la supremaca masculina.

    Esta intrusin de los hombres en un espacio femenino no fue juzgada negativamente por las mujeres, al contrario, al alabar la colaboracin dentro de las parejas las esposas parecan aliviadas de volver a la relacin entre los sexos que prevalece en el pueblo: los hombres trabajando las parcelas, las mujeres guardadas por sus maridos. Pese a estos esfuerzos por volver a la normalidad anterior, las dems familias dieron muestras de desaprobacin. Cuando volv al pueblo un ao despus de la inauguracin del nuevo taller, los chismes en contra de las socias de la UAIM eran reveladores de la reprobacin general

"desde que estamos instaladas en el antiguo taller, la gente dice mal de nosotras... tienen mucho dinero las costureras, dicen"... Qu ms da si dicen mal de nosotras... dicen mal de nosotras, sobre todo los hombres, que salimos... y todo eso...". T.

Dicen que las mujeres que las mujeres que trabajan aqu... no se lo que dicen... que no hacen nada, solo salen con los hombres.... dicen todo eso... que hay hombres que vienen aqu." R.

    R. tena 15 aos cuando me habl as y no tena la misma libertad para tratar de este tema conmigo que otras compaeras casadas y madres de varios hijos.

"Dicen que las mujeres que vienen aqu son unas prostitutas... dicen que no trabajamos y que tenemos dinero". C.

    La inmoralidad de estas bordadoras aparece tambin porque al no respetar la divisin sexual del espacio, ponen en peligro la dominacin masculina y sobre todo la de su marido. Esta traicin de la divisin sexual del espacio es generadora de anarqua porque revierte el orden anterior y desviriliza a los hombres.

"la gente piensa que somos nosotras que mandamos a nuestros esposos, peor no saben nada. No viven en nuestras casas y no pueden saber como nos llevamos. La gente dice que mandamos a los esposos porque ellos no dejan salir a sus esposas. Mientras que nosotras, nuestros maridos nos dejan venir al taller, desde la maana. Slo vamos a comer, nos baamos, y de nuevo al taller (se re) y slo regresamos por la noche. Ellos estn acostumbrados que todo el da, sus esposas, all en su casa... Dicen que no dejan que sus esposas los manden, que son ellos que mandan en su casa. Pero nuestros maridos no piensan que los mandamos, porque los ayudamos. No tienen que pensar as". B.

    Si salir de su casa e ir a un local especializado para un trabajo remunerado significa, en este caso, una transgresin, salir del pueblo para asistir a reuniones en las sedes de las dependencias del Estado representa todava ms una violacin del espacio restringido a las mujeres. Por lo tanto, trabajar en una unidad productiva financiada por el Estado significa tener que viajar hasta la capital, tanto para los trmites administrativos como para la capacitacin ideolgica y organizacional, por eso tambin muchas mujeres no han podido seguir como socias de las unidades o no han podido tomar cargos en los comits de administracin.

    Cuando en 1988 pregunt a las socias de esta misma UAIM si queran tener el cargo de presidenta, varias se sentan capaces de asumir esta responsabilidad pero cuando se daban cuenta que el cargo necesitaba viajes a Mrida muchas contestaron "no puedo", "no s".

"Ay! de eso si tengo miedo... Porque no conozco. No puedo ir sola... Ya fui varias veces en Mrida pero no puedo aprender. Me voy siempre detrs de mi marido. (Si voy sola, quien sabe dnde voy a llegar!... Eso si es lo que temo. Si me nombran presidenta voy a tener que ir a Mrida! Como voy a ir si no lo s! Si no aprendo, no voy a poder ir sola". E.

Es obvio que la simbologa del espacio vara segn la distancia que los pueblos tienen con Mrida. Es sobre todo en los ejidos alejados que los viajes a la ciudad parecen imposibles para la mayora de las mujeres. Sin embargo hemos observado que todava en 1993, en un pueblo vecino de la capital, donde los viajes son cosa comn, la movilidad de las mujeres se hace bajo el control de los hombres.

    Las seoras entrevistadas me decan que ya no era mal visto viajar con tal que las mujeres siguieran cumpliendo con las tareas domsticas y la educacin de los nios. Y es este requisito justamente el que una mujer no puede asegurar cuando tiene que esperar horas en las oficinas gubernamentales o cuando tiene que ir a reuniones que no se terminan a la hora que los hijos salen de la escuela.

    Dos cosas parecen mal aceptadas por los hombres: el acercamiento con los smbolos del poder poltico y la posibilidad que este acercamiento con los asuntos masculinos contamine a las mujeres y las aleje de las tareas domsticas. Hemos podido constatar esta resistencia masculina en todos los tipos de proyectos observados sean las UAIMes, las Sociedades de Solidaridad Social o Mujeres en Solidaridad.

    Aadiremos que los cambios polticos y econmicos ocurridos en los ltimos aos han transformado la representacin campesina del espacio. El ejido ya no cumple con las funciones econmicas, sociales e identitarias tradicionales. El proceso de desorganizacin del sistema agrario nacido de la Revolucin conduce a una individualizacin de las estrategias de subsistencia. En este caso, los ejidatarios y sus esposas tienen una visin por lo menos peninsular de su papel econmico, dicen que si uno ya no puede vivir como antes, en los pueblos, habr que ir a otro lugar para trabajar. La urgencia por superar la crisis econmica conduce a una ampliacin y una desexualizacin de las representaciones del espacio vital.

    La transformacin pareci patente en 1993, al regresar a la exhacienda descrita ms arriba. El 75 % de los hombres iban a trabajar fuera del ejido, muchos tena que viajar 3 horas diarias mientras que los otros se quedaban fuera toda la semana y las mujeres de la UAIM observada que haban tenido que individualizar su produccin por falta de crditos del Estado, tenan que ir a vender su costura fuera del pueblo y a veces muy lejos, hasta Cancn, como cualquier mujer que se dedica a hacer un trabajo informal de artesanas.

    Esta observacin de un cambio en la representacin del espacio no tiene que ocultar que todava el "nuevo" espacio conquistado por los campesinos, hombres y mujeres, est cargado de una simbologa derivada de la situacin anterior. En las entrevistas este nuevo espacio aparece peligroso. Todos hablan con nostalgia de los tiempos donde uno poda vivir y trabajar en su pueblo. Todos hablan de los accidentes que pueden ocurrir al salir de su pueblo. Pero la visin del accidente es diferente segn el gnero: se habla mucho de los casos de hombres heridos en accidentes ocurridos en la carretera... y se comentaba el "accidente" del cual padecan cuatro muchachas que haban regresado embarazadas de su estancia en Mrida. As se constata nuestra idea inicial de que la violacin del espacio permitido a las mujeres sigue marcndolas en su integridad femenina.

 

La adquisicin de una identidad profesional

En 1988, la mquina de coser industrial era el centro de las preocupaciones de los habitantes del pueblo mencionado ms arriba. Las socias haban terminado de pagar el crdito y se sentan orgullosas de ser propietarias de un medio de produccin raro y valorizado. Con estas mquinas se destacaban del resto de la comunidad, adquiriendo una identidad profesional pero tambin continuando como parte del conjunto de las dems mujeres.

    Escuchemos de qu manera una socia nos cont la llegada de las mquinas al empezar el proyecto de la UAIM.

"...Y as, hasta que nos trajeron dos mquinas y no sabemos cmo se manejan. Tenemos miedo (risas) Da tras da nos sentamos para aprender y zum...! Yo casi no la piso porque tengo miedo como suena... y no la piso". Aprendan ustedes, cuando ya lo saben, aprendo yo, les digo". Y es as, nomas nosotras solas aprendimos como se maneja (...) El esposo de H. nos dice: "la mquina es como se maneja un camin porque tiene velocidad. Que no lo pisen muy duro, porque si lo pisan muy duro va rpido, dice. Que lo pisen despacio, despacio hasta que vean como va a quedar la medida"... y as aprendimos, hasta que supimos...". E.

    As empieza la formacin de un grupo diferente de las dems mujeres del pueblo definido por su conocimiento exclusivo de un instrumento de trabajo que nunca antes haba llegado al pueblo. Hasta los aos 90 las nicas mquinas industriales del pueblo eran las de la UAIM. Las dems mujeres tenan unas mquinas de coser "de pedal" y como podemos verlo, la llegada de las mquinas de coser industriales fue vivida como un perodo iniciativo exaltante en el proceso de adquisicin de una identidad profesional. Es revelador mencionar que las dems mujeres del pueblo que trabajan en su casa con mquinas de coser manuales para la industria textil domiciliaria, nunca se califican de costureras o de bordadoras, mientras que las socias de la UAIM se denominan costureras o bordadoras y son denominadas como tales por las personas del pueblo.

    En efecto, si no es necesario aprender el funcionamiento de una mquina de pedal (o como dicen las seoras, mquina chica), costurar con una mquina industrial (mquina grande) necesita que una sepa dominar la potencia de un motor. Los nuevos conocimientos de las bordadoras, adems de procurarles una identidad profesional permiten su acceso a un nivel social superior, por lo menos en la creencia popular.

    La palabra chica se emplea para designar la mquina de coser de pedal que forma parte de los instrumentos femeninos y se encuentra en la mayora de las casas mayas. Son utilizadas para coser la ropa de la familia y a veces para hacer trabajo de costura a domicilio. El aprendizaje del manejo de estas mquinas de pedal se realiza muy temprano ya que aparece ntimamente integrado al proceso de socializacin de la nia, que tradicionalmente acababa con la pubertad, cuando la nia, sin la ayuda de nadie, demuestra su capacidad de coser y bordar su primer huipil. El trmino "chica" connota todo lo que es femenino, ntimo, domstico y que toda madre debe de inculcar a su hija.

    Al contrario, la mquina de coser industrial es calificada de grande. La diferencia no proviene del tamao sino del motor, poco asociado con los instrumentos de trabajo femeninos que se usaban en el campo maya hace unos diez aos. Con un motor, la mquina de coser se aparenta ms a un instrumento masculino que femenino. Es notable la metfora usada por los pueblerinos: la imagen de un camin se interpone a la mquina.

    El calificativo "grande" est identificado con lo que no es ni femenino ni domstico. Otorga una superioridad social a la persona que trabaja con objetos dotados de tales caractersticas, pero tambin la acerca al polo masculino dentro de este tipo de sociedad donde la divisin de los roles sexuales es rgida. Por eso, el aprendizaje de tales instrumentos necesita el padrinazgo de los hombres y se realiza en un mbito diferente del proceso de socializacin de las nias. Adems, este rito de pasaje se efecta tardamente y con miedo de parte de las mujeres.

    Por todas esas razones pensamos que, en un principio, el pasaje de la mquina chica a la mquina grande por un grupo marginado de mujeres est vivido como una transgresin de las normas relacionadas a la definicin del gnero femenino.

    La sexualizacin del instrumento de trabajo cambia la simbologa propia del gnero. Las mujeres que trabajan en mquinas vinculadas al mundo masculino se ven dotadas de un poder tradicionalmente reservado a los hombres y se vuelven peligrosas para el resto de la comunidad. Esta ltima se siente amenazada por los cambios ocurridos en las definiciones de lo femenino y de la femineidad y por extensin, de lo masculino y de la virilidad.

"dicen que somos nosotras que llevamos los pantalones... y dicen as". Ahora son los maridos de las costureras que lavan los platos, que lavan los pantalones, que lavan la ropa de sus mujeres... No tienen vergenza..." Yo digo a mi marido: "Cmo es que tendramos que tener vergenza. Si lo que dicen es la verdad, est muy bien as". E.

    La consecuencia de esta transgresin del gnero por una minora de bordadoras es la aparicin de relaciones conflictivas entre, por una parte, el grupo de las socias de la UAIM y su familia, y por otra, el resto de la comunidad. La tensin social era evidente durante mi estancia de 1988. Las socias parecan ser las ovejas negras del pueblo adems de estar en pleito con un grupo de personas que queran utilizar una sala vaca del costurero y pedan el permiso de coser con las mquinas industriales de las socias que estaban ausentes de la UAIM.

    Para interpretar la dinmica social de esta poca me pareci interesante adaptar el modelo terico de Gerard Althabe concebido para otro tipo de relaciones sociales. El autor cre el concepto de proceso simblico para ilustrar los conflictos que haba observado. Demostr que lo que est en juego en este tipo de proceso simblico, es la distancia que el grupo acusado puede establecer en torno a un polo negativo (es decir un conjunto de caractersticas peyorativas que desacreditan al individuo acusado). En la acusacin, el sujeto intenta rechazar a su adversario hacia este polo negativo, en su alegato el mismo sujeto construye la distancia que lo separa del polo negativo.

    En el caso estudiado, el objeto del proceso es cierto tipo de trabajo femenino o sea un trabajo remunerado en un taller con mquinas industriales. Estas seoras gozan del beneficio de la ayuda del Estado, lo que aparenta a un acercamiento al poder y a la modernidad. Provocan la envidia de las dems, envidia que se apresuran a incrementar por un consumo ostentoso de accesorios domsticos, conformes a la idea que se hacen los campesinos del lujo y de lo moderno.

    El proceso se pone en marcha cuando hay una traicin de las normas relativas a la divisin de los roles sexuales y de las definiciones de lo masculino y lo femenino. Un trabajo que masculiniza a las mujeres (por las razones explicitadas ms arriba) hace caer a sus esposos en la posicin de maridos afeminados incapaces de mantener a su familia.

    Es esta inversin del modelo dominante de la familia campesina maya la que est considerada como el polo negativo:

"Y la gente dice as: "No son las mujeres que tienen que trabajar, son los hombres" Y yo le digo a mi esposo: "que ms da si dicen que no eres un hombre, yo si lo se que eres un hombre... pero no solo son los hombres que tienen el derecho de trabajar". E.

    En su defensa, las mujeres acusadas de llevar los pantalones devuelven con una reciprocidad impecable la acusacin. Dicen que las dems familias no quieren superarse, que no viven de manera decente y caricaturizan a los dems hombres del pueblo con los estereotipos usados por la ideologa dominante para calificar a los ejidatarios: son unos hombres perezosos, borrachos, poco responsables y que maltratan a su familia.

    Miremos ms atentamente el desenvolvimiento de la argumentacin.

1.- La acusacin: acercamiento al polo negativo

La acusacin se hace a dos niveles: un primer nivel oficial aparece con el conflicto a propsito de las mquinas de coser y la voluntad de parte de unas familias de integrarse a la UAIM tardamente, es decir despus que las socias pagaron el crdito y que ahora que los cargos ya no eran tan importantes, las dems mujeres del pueblo queran integrarse al grupo.     En este caso, las socias cuentan que si la gente las acusa de ser egostas y no querer compartir el taller es porque las envidian por ser propietarias de sus mquinas y por eso creen que son ricas.

"Las personas que nos envidian es porque quieren tener mquinas industriales como nosotras. (...) pero no quieren trabajar gratis como nosotras para poder pagar sus mquinas. Lo que quieren es las mquinas que nosotras ya hemos pagado, es lo que dice la presidenta y yo le digo "quien va a dejar su mquina a alguien que no la quiere pagar" (...) Si quieren trabajar, slo tienen que comprar sus mquinas. Pero no quieren. Se renen y dicen que somos unas egostas porque no les damos nuestras mquinas. (Como vas a dar una mquina cuando sabes cunto te ha costado! (Pero no lo entienden! dicen que somos malas... dicen cosas... Es igual... total, nosotras tenemos nuestras mquinas para trabajar. Si no quieren trabajar es que no quieren ganar dinero. Si quieren trabajar, aqu en una sala vaca."

El segundo nivel es ms simblico y se transmite a travs de los chismes: las acusan de ser prostitutas y de jugar el papel del hombre en su casa. La intrusin de las mujeres al interior de las fronteras de lo masculino tiene por resultado la asimilacin de las socias a personas del otro sexo (los hombres) o a mujeres anormales, con una sexualidad incontrolada (las prostitutas). En consecuencia se considera a los esposos como seres que no son hombres y se dejan engaar y mandar por sus esposas. Lo caracterstico de la acusacin es su tentativa de deconstruir genricamente a las mujeres y a los hombres de la UAIM.

"Tienen celos porque ganamos dineros y que podemos cuidar bien a nuestros hijos. Una persona que vive bien y que es responsable de todo, la odian". C.

 

2.- El alegato: alejamiento del polo negativo

Dos tipos de argumentos aparecen en la defensa de las socias: el primero es su necesidad de afirmar que son buenas mujeres (reconstruccin genrica); el segundo es la voluntad de criticar a las dems mujeres del pueblo (reciprocidad del proceso).

 

Reconstruccin genrica

Este mecanismo se puede hacer de dos maneras diferentes y congruentes. Podra considerarse como una explicacin el hecho de que algunas socias quieren pasar por las ms virtuosas del pueblo, tratndose de adherir ostentosamente a las representaciones estereotipadas de la mujer sumisa. Con su moralidad quieren probar que son mujeres de buena vida y no las prostitutas que se les acusa de ser. Aparecen como buenas amas de casa, buenas catlicas, que ni siquiera malgastan el dinero ganado en los bordados.

"Si gano mi dinero, es para vivir un poco mejor pero para eso me levanto a las 4 de la madrugada. Estoy cosiendo en mi casa y despus me voy al taller...". M.

"Las mujeres tienen que vigilarse solas, las mujeres tienen tantos derechos como los hombres" dice mi madre... El marido no tiene que vigilar a su esposa ni la mujer a su esposo. Cada uno tiene que vigilarse solo". H.

    Dan una visin de sus maridos como buenos trabajadores, despabilados; buenos esposos que no temen en colaborar con sus esposas en las tareas domsticas.

"Ahora los hombres y sus esposas tienen que colaborar". L.

    La unin de todas estas cualidades permite vivir mejor que las dems familias del pueblo. El resultado es que sus nios estn mejor educados que muchos en el pueblo. Por otra parte, la reconstruccin genrica necesita que estas personas marginadas de su sociedad busquen definiciones de lo femenino y de la femineidad ajenas a su cultura puesto que no hay en el campo un modelo alternativo de ser mujer. Pueden identificarse con las trabajadoras sociales que van a los pueblos y dejan su hogar durante das enteros, tambin con los modelos tomados en las telenovelas donde se habla de la vida de mujeres que exhiben con orgullo una identidad profesional y tienen maridos que ayudan en los quehaceres de la casa sin perder su identidad sexual. El hecho de tomar prestado rasgos culturales de un sistema ajeno que no entienden bien, no puede ser vivido con mucha comodidad por parte de estas seoras; y es por esta razn que todava esta identificacin aparece mezclada con la primera estrategia de reconstruccin mencionada ms arriba.

    Pese a estas dificultades, las seoras demuestran que han asimilado un discurso y una prctica social procedentes de capas ms elevadas de la sociedad. Juegan un papel dinmico en la difusin de la ideologa dominante en el campo, lo que hace de la mujer socia de una organizacin productiva una aliada privilegiada del poder poltico para la modernizacin del campo.

"Ahora no puedes seguir noms al esposo. Si vas atrs del esposo ahorita no alcanzas nada. Tienes que buscar trabajo para poder comprar tu mercanca. Si solo sigues a tu marido ahorita, no tienes nada...". E.


Reciprocidad de la acusacin

La reciprocidad de la acusacin aparece cuando las socias critican a las dems familias del pueblo de no querer trabajar. Hablan de las dems mujeres como si ninguna de ellas hiciera un trabajo remunerado. En particular, en las entrevistas nunca hablan del trabajo de costura a domicilio que muchas mujeres del pueblo hacen y que es ms remunerador que el de la UAIM. Revirtiendo la acusacin de la cual son el objeto, acusan a los dems de ser unos borrachos y holgazanes.

"Muchas seoras dieron su nombre para trabajar con nosotras pero no siguieron. Dicen que es por los nios pero no es verdad porque una mujer puede trabajar mismo con hijos. Mira (y nombra a varias socias que tienen hijos chiquitos). Yo les digo mismo con hijos hay que trabajar para superar un poco". A.

"Hay unos aqu que no quieren trabajar. Cuando regresan del ejido se ponen debajo de un rbol y se emborrachan todo el da". R. "No hacen nada en su casa, no siembra, nada pero son ms pobres... y les duele si te ven que tienes un poco de dinero. Vienen a hacer historias en tu casa... y despus se emborrachan". B.

 

Nueva divisin social del trabajo y nuevo sujeto social

En el caso de la UAIM que nos sirve de modelo, las socias y sus familiares han logrado cambiar fundamentalmente la organizacin de la vida familiar para conciliar el trabajo domstico con el trabajo de la mujer fuera del hogar.

    En el caso de familias extensas viviendo en la misma casa o de familias nucleares compartiendo el mismo solar, el trabajo domstico que la socia ya no puede asumir est repartido entre las dems mujeres de la familia. Investigaciones anteriores han mencionado ya la sobrecarga de trabajo que afecta a las nueras y a las hijas solteras para que la madre pueda cumplir con un trabajo remunerado. Hemos comprobado este hecho en los pueblos visitados. Pero cuando una mujer joven vive en una casa separada y tiene hijos chicos, la adaptacin de la familia al trabajo exterior de la madre necesita una reorganizacin de la divisin sexual del trabajo dentro de la pareja. Algunos casos me parecieron reveladores de un cambio importante en la simbologa del gnero. Algunos hombres se quedaban en su casa por las tardes para que su mujer pudiera ir a trabajar en el taller sin tener que cuidar a sus hijos. Uno de ellos daba el bibern al beb. La inversin de los roles sexuales es evidente en este caso, donde la mujer fuera de su casa hace un trabajo remunerado y el hombre se queda solo, en la casa a cuidar a los hijos. Es en este aislamiento que el campesino maya construye una nueva identidad genrica. Este padre que pasa las tardes solo, meciendo a su hijo se tiene que mudar en otra cosa y hacer gestos que hasta la fecha son smbolos de la femineidad. (Ya podemos imaginar la dificultad de este proceso!

    Aunque la facilidad de adaptacin de las familias mayas se revela en esta inversin del papel masculino, es preciso sealar, otra vez, que todos estos cambios han ocurrido en casos de familias marginadas, expuestas a las crticas de la comunidad. Muchas mujeres se han dado cuenta de las dificultades que sus esposos tenan que resolver para asumir estos cambios de roles y han aceptado las resistencias o el recelo como el pago de su autonoma. Al contrario del fenmeno de recomposicin genrica en el cual las mujeres se conforman a las normas ms tirnicas del gnero femenino, los hombres parecen dar prueba de su virilidad emborrachndose o mostrndose violentos. Y las mujeres lo permiten, recuperando, de esta forma, su posicin subordinada.

"y yo digo tambin: "que me importa si se emborracha, porque slo es dos das, sbado y domingo. A veces le digo: "No te quedas a cuidar los nios para que yo me vaya a costurar, nada ms ests gastando el dinero en vez de que me des para que yo compre los gastos. Y me contesta: "yo tambin tengo el derecho de salir dos das por semana tambin, toda la semana estoy aqu acostado con los nios. Tengo el derecho de salir un rato". Yo tambin creo que tiene razn. Est cansado, toda la semana con los nios. Pero le digo que puede salir, jugar a las bolas pero no a emborracharse. Y me dice: "si no me emborracho, me dejas los nios y te vas otra vez. Es lo que tu quieres pero yo no". E.

    Con este ejemplo se puede ver toda la ambigedad que acompaa la aceptacin de los esposos y tambin toda la ambigedad de la "liberacin" de sus esposas. Sin embargo, hay ejemplos de hombres que asumen totalmente la nueva divisin sexual del trabajo. El marido de C. lava la ropa, hace la comida, calienta el agua para el bao de su esposa y de sus hijos. Cuando C. llega de su trabajo lo encuentra todo hecho en su casa, pero si dice que no puede quejarse de tener un marido excepcional, aade que no se siente bien en esta situacin. Tiene la impresin de ser el hombre de la familia cuando regresa de su trabajo y que todo est listo.

"No hago casi nada en mi casa. No pongo el nixtamal en la candela, no preparo el pozole, no caliento el agua para mis hijos. Cuando llego por la tarde, todo est listo. No me siento bien as porque soy yo que tengo que hacerlo. Pero el no est molesto. 'Lo hago con cario' me dice as". C.

    El proceso de descomposicin/recomposicin genrica de las familias socias de la UAIM ha empezado con la voluntad de algunas mujeres de trabajar a pesar de que este trabajo haya sido considerado como una transgresin de las normas tradicionales que rigen las definiciones de los sexos. Hemos sealado los conflictos reales y simblicos con los cuales se manifestaron estos cambios. Vamos a analizar, ahora, de qu modo todos estos cuestionamientos, estos experimentos en la bsqueda de una identidad social y genrica han permitido que las transformaciones de la poltica agraria de esta ltima dcada se hayan producido sin mayor resistencia de parte de los campesinos.

    Con la liquidacin henequenera, la clase poltica y la sociedad civil han proclamado el trabajo de la mujer campesina como factor estabilizador del agro yucateco. Las familias que ya han adaptado la organizacin familiar para permitir que la mujer juegue un papel econmico dinmico se ven alabadas como modelos de la evolucin social y de la modernizacin del campo. Los mismos hombres que hace pocos aos criticaban a las socias de la UAIM, pintan ahora un retrato completamente diferente, hablando del valor y de la tenacidad de las mujeres en las entrevistas efectuadas en 1993 y 1994.

    Con la incapacidad de seguir trabajando en el ejido, los campesinos tienen que orientarse en la nueva divisin social del trabajo. Como ya lo hemos dicho los hombres viven un perodo de transicin donde prevalece la inestabilidad y la precariedad. Muchos estn atrados por las ciudades, cambiando de esta manera el modelo anterior de la emigracin que tocaba principalmente a las mujeres, ya que los hombres tenan una garanta de remuneracin y beneficios sociales en el ejido.

    Con la ausencia de los hombres, son las mujeres las que juegan el papel econmico ms importante en los pueblos de la zona henequenera. Hacen el trabajo domiciliario para la industria textil capitalina o se organizan en proyectos productivos gubernamentales. La diversificacin de estos proyectos en el campo ha sido patente estos ltimos aos.

    La "modernizacin" del campo se ha acompaado de una nueva diversificacin social en los pueblos. Ya no aparecen como privilegiados los hombres y las mujeres que participan en proyectos gubernamentales. Al contrario, los que trabajan para el capital privado son percibidos como ms avanzados (el discurso pblico afirma con claridad que ya no se puede esperar nada del paternalismo del Estado). Los que trabajan para el capital privado extranjero parecen los ms favorecidos dentro del imaginario campesino que oculta las condiciones desastrosas de trabajo que se viven en estos casos.

    En los pueblos visitados en 1994, hemos observado la generalizacin de las mquinas de coser industriales que muchas campesinas han podido comprar con el dinero de la indemnizacin henequenera. En Santa Mara Ac, las socias ya no son la envidia de las dems familias. Al contrario, las mujeres que trabajan en su casa con sus mquinas nuevas son la envidia de las costureras del taller de bordados. Toda la ambigedad de la propiedad social de la UAIM aparece otra vez (Nadal, 1990). Cada socia ha tenido que pagar con su produccin el crdito obtenido para comprar las mquinas. Se puede decir que cada socia ha trabajado varios aos gratis para pagar una mquina de la cual slo tiene el usufructo. Las mquinas pertenecen al capital social de la UAIM. Las socias nunca han entendido esta sutileza y sienten como una injusticia el hecho que ahora el dinero del Estado haya permitido que otras personas tengan la verdadera propiedad de su mquina. Adems, se ven condenadas a salir de su casa para trabajar mientras que las nuevas propietarias de mquinas pueden seguir trabajando para la industria textil y ganar ms quedndose en su casa.

    Al volverse comn el uso de la mquina industrial, su connotacin sexual ha desaparecido, adems se ha vuelto al lugar femenino por excelencia que es el hogar. Pero todava le queda el estigma de su calidad anterior, hablando con la tesorera de un grupo de Mujeres en Solidaridad, esta seora joven, moderna y educada me describi las mquinas industriales que su organizacin haba comprado como monstruos. Tambin se revela la ambivalencia de su simbolismo cuando en la bsqueda de nuevas estrategias de sobrevivencia, algunos ex-ejidatarios se han convertido en bordadores, trabajando en estas mismas mquinas industriales.

    La nueva divisin social del trabajo a la cual estamos asistiendo en el campo yucateco, confirma la necesidad de reorganizar la divisin sexual del trabajo, como lo vemos en este ejemplo de hombres bordadores. A esta minora significativa hay que agregar los esposos que tienen que llevar a cabo el papel domstico en la casa cuando se quedan en el pueblo sin trabajo y sus esposas son las que salen a trabajar en el taller. As, los esposos de las socias del taller de bordados han tomado la costumbre de traer la comida de sus mujeres al taller para que estas puedan seguir trabajando sin tener que volver a su casa. Eso quiere decir que muchos hombres tienen que servir la comida a sus hijos sin la ayuda de una mujer. La inversin de los roles sexuales est compartida tambin por las seoras que se quedan solas con los hijos en su casa, cuando el marido se va a trabajar fuera del pueblo. Muchas nos dijeron que les incumba jugar el papel de jefe de familia y de madre al mismo tiempo.

    De este modo podemos concluir que el proceso de modernizacin del campo se acompaa de nuevas estrategias de sobrevivencia para familias desestabilizadas y pauperizadas. En este proceso, la economa social ya no tiene valor de alternativa al capitalismo y la dinmica comunitaria que haba prevalecido en los ejidos se ha cambiado por un proceso de personalizacin donde cada individuo tiene que constituirse en sujeto social. Para eso, tiene que reconstruir una nueva identidad sexual, social y cultural. Nos hemos detenido en el anlisis del proceso de adquisicin de la identidad genrica y hemos demostrado que se produce a partir de una nueva divisin sexual del trabajo y de una superposicin de las definiciones de lo masculino y lo femenino. En este proceso, las nuevas identidades no estn todava consolidadas individual y socialmente, generan un malestar exteriorizado por los actores sociales, haciendo aparecer lo que de costumbre est profundamente hundido en el inconsciente campesino. Lo que aparece es un orden sexual que no ha cambiado. Aunque las mujeres estn orgullosas de su nuevo papel econmico, se organizan para que el hombre aparezca siempre como el actor social principal del pueblo, disminuyendo su propia importancia en la vida econmica del agro mexicano.

Departamento de Sociologa
Universidad de Quebec
Montreal, CanadaRegresar

Este artculo se public en: Ramrez, Luis Alfonso (editor) Gnero y cambio social en Yucatn. Tratados y Memorias de Investigacin de la Unidad de Ciencias Sociales No.2. Ediciones de la Universidad Autnoma de Yucatn, 1995. Regresar





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