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La vida después de la vida.
Ceremonias funerarias de ayer y hoy



 
 

Orador del día de muertos

 

Introducción

En todas las épocas, los seres humanos se han preguntado sobre la muerte: ¿Es el fin de la vida o el principio de otra?, ¿Cómo enterrar o conservar a los muertos para que puedan vivir dignamente en el más allá? Los pueblos de todo el mundo han compartido ciertos sentimientos y creencias sobre los muertos, que han desembocado en unas costumbres especiales llamadas ritos funerarios. En primer lugar estos ritos han querido mostrar la importancia de la persona que moría, bien fuera a la familia y amigos, bien a la comunidad, e incluso en ocasiones a nivel nacional, como en el caso de la muerte de “Cantinflas”, ocurrida hace unos años, cuando cientos de miles de personas desfilaron ante su féretro, o el caso e la muerte de Pedro Infante, el cual después de más de 40 años, aún es recordado, a escala nacional, cada aniversario de su fallecimiento. Pero también puede darse a un nivel mayor, es decir, a escala internacional, como ocurrió hace poco con la muerte de Diana, cuyos funerales fueron transmitidos a todo el mundo y fueron observados por más de 2,400 millones de personas vía televisión, e incluso millares de personas de otros países acudieron a ver pasar, aunque sea de lejos la carroza fúnebre.

A pesar de que a nivel mundial existen infinidad de modalidades de funerales, por lo general todos, exigen ciertas normas más o menos rígidas, en cuanto a los alimentos, bebidas y vestuario apropiados, que varían de cultura en cultura. Por ejemplo el color de luto entre los egipcios es el azul claro, en el extremo oriente es el blanco, mientras que en la mayoría de los occidentales es el negro.

La mayor parte de las sociedades creen que una parte invisible de la persona muerta, pasa a otra vida, es lo que en el mundo occidental se conoce como alma o espíritu. En muchos lugares, existe una actitud ambivalente respecto al alma de las personas, pues al mismo tiempo que se le honra, respeta y venera, también se le teme, por lo que algunas sociedades toman precauciones para que el alma del muerto no pueda regresar a su casa, esto dio origen a la costumbre de sacar a los muertos con los pies por delante, ya que se pensaba que si el cuerpo era trasladado mirando el camino, este podría regresar más tarde.

Gran parte de lo que sabemos en la actualidad de las grandes culturas de la antigüedad como la egipcia, la mesoamericana, la china, la inca, etc. se debe al estudio de los muertos, pues desde la más remota antigüedad el ser humano ha ido dejando evidencias de sus ritos mortuorios, técnicas de enterramientos y ofrendas.

Puede decirse que las tumbas son como cápsulas de tiempo, las cuales son analizadas por una serie de especialistas: arqueólogos, antropólogos físicos, biólogos, paleontólogos, etcétera, quienes extrayendo los objetos que están enterrados y su contexto, averiguan su cronología, así como los estilos de ida de esos pueblos en el pasado.

A los objetos enterrados con los muertos, los arqueólogos les denominan “ofrendas funerarias”. Por lo general las ofrendas de la gente de la clase dominante eran objetos mus costosos: joyas, cerámica finamente decorada, mascaras funerarias, a los cadáveres generalmente se les proveía de alimentos y bebidas.

En ocasiones, cuando el personaje era muy importante, se le daba muerte a los sirvientes, a los animales (perros, caballos) y a las esposas, para enterrarlos junto con sus amos. En una etapa posterior se empezó a creer que en vez de sirvientes o soldados podían enterrarse replicas de los mismos. Esta costumbre se ha encontrado entre las culturas mesoamericanas, china, egipcia, inca, etcétera. Por lo tanto, no es extraño que varios de los hallazgos más famosos e importantes de la arqueología estén relacionados con tumbas: el caso de Tutankamón en Egipto, y el descubrimiento de la tumba de Palenque, en el área maya, son prueba de ello.

Pero vamos por partes, hagamos un breve recuento de como se originaron estas costumbres.

Cortejo funerario de un noble egipcio

Los primeros indicios arqueológicos de sepulturas rituales se encuentran en Europa y Asia. En el período de tiempo, que los paleontólogos han denominado paleolítico medio, surge el hombre de Neardertal, considerado como el primer ser humano, que desarrolló una vida espiritual con una creencia en el más allá como lo demuestra su práctica de enterrar a los muertos.

Entierro entre neandertales
Entierro entre neandertales

 

De los entierros encontrados se destacan los siguientes: (Fig. e) Como podemos ver en la ilustración el cuerpo de un anciano yace apoyado en una especie de almohada de piedra. El cuerpo de este Neanderthalense será inhumado después del banquete fúnebre. Esta escena reconstruye unos funerales celebrados hace 40,000 años o más en Francia.

En 1912 fueron halladas otras tumbas Neanderthalenses. Se exhumaron 6 fósiles: un hombre, una mujer, 2 niños y 2 recién nacidos. (ver figura 4). En esta ilustración se reconstruye una escena de este entierro: podemos ver que mientras la madre llora, el padre deposita la última de las 3 ofrendas de silex sobre la tumba de su hijo. La extraña sepultura circular, forma parte de un grupo de nueve tumbas dispuestas en ordenadas hileras de tres.

De los entierros Neanderthaleses localizados hasta ahora, uno de los más interesantes es el que fue encontrado en la cueva de Shanidarr en Irak.

Los restos humanos se encontraron sobre lo que fue un lecho de vegetales elaborado exprofeso. Los análisis de polen revelaron la presencia de una gran variedad de plantas medicinales propias de la región y que la gente del lugar sigue usando hoy en día.

Por los elementos hallados en el entierro se ha pensado que además de ser un personaje importante, fue una especie de médico sepultado con las plantas que usaba para aliviar los males de sus pacientes.

La solemnidad de éste y otros antiguos enterramientos en cavernas, prueba que los Neandertales habían reflexionado sobre el significado de la vida y la muerte.

Durante el periodo conocido como paleolítico superior las practicas mortuorias continúan como lo prueban los entierros encontrados. Por ejemplo en la figura 5, se ve el esqueleto de un hombre de Cro-magnon tal como fue enterrado hace 23,000 años, al este de Moscú en una tumba rociada de Ocre. El cadáver fue depositado ceremoniosamente en su sepultura cargado de abalorios, pulseras, una diadema de marfil de mamut y dientes de zorro ártico en un lugar que parece haber sido una Necrópolis.

 

El culto a los muertos en Mesoamérica

Las culturas Mesoamericanas no se sustrajeron a la preocupación por la muerte y las ideas en relación a lo que ocurre después del término de la vida natural. Los pueblos prehispánicos concebían a la muerte como un proceso más de un ciclo constante, expresado en sus mitos y leyendas. La leyenda de los Soles nos habla de esos ciclos que son otros tantos eslabones de esa lucha entre la noche y el día.

En la mitología de los pueblos de la América prehispánica, la idea de la inmortalidad está relacionada estrechamente con el movimiento de los astros, especialmente el sol que resurge cada día, al igual que la vegetación que muere en invierno para renacer en primavera.

Los mexicas durante su hegemonía fueron considerados como el pueblo de la muerte. Su filosofía acerca de la muerte y la inmortalidad está plasmado en infinidad de poemas, como el siguiente:

Solo venimos a soñar, solo venimos a dormir,

no es verdad, no es verdad,

que venimos a vivir en la tierra.

¿Adonde iremos?

solo a nacer venimos

que allá es nuestra casa

donde es el lugar de los descarnados.

¿Acaso en verdad se vive en la tierra?

no para siempre en la tierra,

solo un poco aquí”.

 

Recreación del entierro de un cro-magnon
Recreacin del entierro de un cro-magnon

 

Culto a los muertos entre los mayas

Los mayas, al igual que otras culturas mesoamericanas, tuvieron un profundo interés por la muerte, lo cual se refleja en su arte que está plagado de símbolos mortuorios, los cuales encontramos en códices, esculturas, motivos ornamentales de edificios, adornos personales, etcétera. Todo este conjunto de símbolos hace referencia a la muerte y al inframundo: esqueletos, cráneos, huesos humanos, manchas circulares en la piel, ojos de muerto, agua o elementos acuáticos, nenúfar, jaguar, signos de la noche y la oscuridad, figuras con los ojos cerrados y boca entreabierta, búhos y murciélagos, son motivos constantemente repetidos en la iconografía. Algunos son de fácil explicación como los huesos o los animales nocturnos, otros más complicados, como el nenúfar, elegido tal vez debido a que crece en el agua y se cierra por la noche para abrirse de nuevo al amanecer.

Otra prueba de lo relevante de la muerte entre los mayas es la importancia que le concedían al dios de la muerte, el cual es uno de los más representados en los códices y en muchos edificios.

Este dios recibía diferentes nombres: Ah puch; Hunhau, Cunhau y en tiempos recientes Kisin y Yum Cimil (el señor muerte). Generalmente se le representa de la siguiente manera (fig. 7): Tiene por cabeza una calavera, muestra las costillas desnudas y proyecciones de la columna vertebral; el cuerpo en parte descarnado con puntos negros o líneas punteadas para indicar las manchas de putrefacción, a veces tiene el abdomen hinchado. Las piernas, los brazos y las orejas conservan la carne; también puede aparecer como cuerpo humano no descarnado, pero con calavera. En un sólo caso es deidad femenina, con falda adornada de huesos cruzados. Frecuentemente se encuentra ataviado con un tocado circular como aureola formado por un semicírculo negro adornado con varios disquitos que se han identificado como cascabeles o quizá “ojos estelares”; el tocado puede ser también un yelmo en forma de caracol, serpiente o lagarto, un collar rígido en forma de golilla, adornado con plumillas y con los mismos motivos (cascabeles u “ojos estelares”) del tocado; también aparecen éstos como pulseras, en los tobillos y como remate de una orejera alargada, probablemente de hueso. Puede llevar una capa negra adornada con tibias cruzadas y “ojos estelares”.

El dios de la muerte tiene dos jeroglíficos con su nombre. El primero representa la cabeza de un cadáver con los ojos cerrados por la muerte, el segundo la cabeza del dios mismo, con la nariz truncada, mandíbula descarnada y como prefijo un cuchillo de pedernal para los sacrificios. El dios de la muerte era le deidad patrona del día Cimí, que significa muerte en maya.

Como jefe de los demonios Hunhau reinaba sobre el más bajo de los nueve mundos subterráneos de los mayas, y todavía actualmente los mayas modernos creen que bajo la figura de Yum Cimil, el señor de la muerte merodea en torno a las habitaciones de los enfermos en acecho de su presa.

Tzompantli
Tzompantli
Tzompantli en Chichen Itzá
Tzompantli en Chichen Itzá

 

Su figura está asociada frecuentemente con el dios de la guerra y de los sacrificios humanos. Generalmente va acompañado de un perro –que ayudaba al difunto en el viaje al inframundo-, del ave Moán y de la lechuza, cuyo grito nocturno se considera de mal agüero en todo el mundo.

Los mayas creían que la muerte no afectaba solamente a los hombres sino que también morían los seres semidivinos de sus mitos, los astros (el sol, la luna, venus), los períodos calendáricos y los dioses.

Pero en realidad, la muerte no era más que un cambio de estado, una forma de vida diferente en otro lugar pero con las mismas necesidades. “Es así como el Dios de la Muerte, que por su aspecto es también un muerto, puede, según nos muestran los códices, tener actividades semejantes a las de los vivos sobre la tierra (fig. 8): tejer, producir fuego, caminar bajo la lluvia, empuñar una lanza o un hacha, fumar, quebrar una planta o copular con una mujer.

Por otra parte, el Popol Vuh relata que los malévolos seres de Xilbalba, país de los muertos, también llevan cierta clase de vida, jugaban a la pelota, etcétera. Asimismo, la concepción dual de la muerte como parte de un ciclo constante en el que recomenzaba la vida, esta claramente expresada en el Popol Vuh, cuando la calavera de Hunhunahpú fecunda con su saliva a Ixquic, hija de los señores del inframundo, lo que representa la germinación del maíz en la tierra.

Al parecer los mayas tenían una actitud ambivalente ante la muerte, pues si bien es cierto que el Dios de la muerte era temido veneraban a sus muertos. Vamos a tratar de explicar esto: Landa menciona: “Que esa gente tenía mucho excesivo temor a la muerte...” y señala que enterraban a sus muertos dentro de sus casas o a las espaldas de ellas y “comúnmente desamparaban la casa y la dejaban yerma después de enterrados, menos cuando había en ella mucha gente con cuya compañía perdían algo del miedo que les quedaba de la muerte”, sin embargo, exploraciones arqueológicas contradicen lo anterior, pues generalmente no hubo tal abandono, ya que se hallaron entierros superpuestos correspondientes a diferentes fases de construcción en el mismo montículo de casa.

El dios de la muerte entre los mayas

Ruz Lhuillier afirma que los mayas no le tenían miedo a la muerte y que por el contrario existía un verdadero culto a los muertos, como se infiere de la misma crónica de Landa, en la que señala que la gente “hacía a sus padres estatuas de madera a las cuales dejaban hueco el colodrillo y quemaban alguna parte de su cuerpo y echaban allí las cenizas y tapábanlo; y después desollaban al difunto el cuero del colodrillo y pegábanselo allí, enterrando los residuos como tenían de costumbre; guardaban estas estatuas con mucha reverencia entre sus ídolos. A los antiguos señores Cocom, habían cortados las cabezas cuando murieron y cocidas las limpiaron de la carne y después aserraron la mitad de la coronilla para trás, dejando lo de adelante con la quijada y los dientes. A estas medias calaveras suplieron lo que de carne les faltaba con cierto betún y les dieron la perfección muya al propio de cuyas eran, y las tenían con las estatuas de las cenizas, todo lo cual tenían en los oratorios de las casas, con sus ídolos, en gran reverencia y acatamiento, y todos los días de sus fiestas y regocijos les hacían ofrendas de sus comidas para que no les faltase en la otra vida donde pensaban (que) sus almas descansaban y les aprovechaban sus dones”.

Otra prueba del culto a los difuntos son los cientos de entierros descubiertos dentro de los edificios de los centros ceremoniales, que reflejan un culto básico a los muertos como parte fundamental de la ideología de los antiguos mayas.

El caso de la tumba del Templo de las Inscripciones, en Palenque, lo comprueba plenamente. En 1949 el arqueólogo Ruz Lhuillier descubrió una pirámide-tumba en el área maya. La tumba de Palenque esta cubierta por una hermosa lápida adornada con bajorrelieves, pero de inmediato surge una aparente contradicción en los motivos que sobre ella se labraron, ya que vemos el símbolo de vida, la planta de maíz, en cuya base se encuentra el personaje. Debajo de él hay diversos símbolos relacionados con la fertilidad, es decir, toda una serie de motivos que hacen alusión al concepto de vida. Recordemos que según el Popol vuh el hombre surgió del maíz y en esta lapida se manifiesta todo lo relacionado con la vida y la fertilidad. Sin embargo, es una lápida mortuoria. Aquí se ve claramente manifestado el concepto dual que se tenía sobre la vida y la muerte. Ruz Lhuillier plantea que el individuo encontrado en la tumba de ese templo debió a su muerte ser considerado como una deidad. La construcción de una pirámide-tumba como la de Palenque se justifica –más fácilmente- si se piensa que el personaje allí enterrado, divinizado al morir, había de seguir velando sobre sus súbditos, protegiéndolos, como ser dotado de poderes divinos, contra todos los males. “Las extraordinarias precauciones que se tomaron para la edificación del mausoleo, tenderían a un mismo propósito: asegurar al personaje enterrado una sepultura indestructible, para que pudieran seguir intercediendo hasta la eternidad en beneficio de su gente. La fe en el carácter divino del posible rey-sacerdote debió jugar un papel decisivo en la construcción de tumbas como la de Palenque”.

Códice Dresden

Los mayas pensaban que los muertos experimentan aún sensaciones, necesidades y sentimientos como los vivos, tan es así que buscaban maneras de brindarles algún tipo de protección desde la parcial mediante un plato sobre la cabeza hasta el sarcófago de piedra dentro de una Cámara funeraria, pasando por los tipos intermedios (cista, fosa) o por modalidades tan peculiares como los entierros en cuevas, chultunes y ollas.

Esta idea se refuerza con la costumbre que tenían de dejar con el cadáver diferentes objetos (herramientas, armas, adornos, utensilios de cocina, vasijas, juguetes, instrumentos musicales y objetos de significación mágica) con el propósito de que los siguiese usando después el muerto.

Es indudable que al actuar así, se supone que la vida prosigue más allá de la muerte, y que se desarrolla según pautas semejantes a las que rigen sobre la tierra, es decir, que el hombre precisará de sus útiles y armas para trabajar, cazar o guerrear; la mujer de su metate, de sus ollas y de sus malacates para moler maíz, cocinar e hilar; el niño de sus juguetes; el sacerdote de los atributos de su rango o función; el hechicero de sus piedras y pertrechos. Pero además, la ofrenda funeraria suele consistir en vasijas de barro, escasas o numerosas según la jerarquía del difunto. Estas vasijas generalmente contenían alimentos y bebidas.

Otros objetos de las ofrendas tienen un valor mágico, también relacionado con la continuación de la vida después de la muerte. Ya Landa había anotado que se colocaba en la boca del muerto, además de maíz molido, “algunas piedras de las que tienen por moneda, para que en la otra vida no les faltase que comer”.

Con cierta frecuencia los objetos de las ofrendas funerarias aparecen intencionalmente rotos, principalmente los platos que pueden cubrir la cabeza del muerto y que presentan un agujero en el centro del fondo. Ruz Lhuillier señala que “este hecho se ha interpretado como un medio mágico para que el objeto en tal forma sea ‘matado’ y ya muerto como el individuo al que acompaña, puede ser utilizado por éste, lo que no podría ocurrir si el objeto estuviera todavía ‘vivo’. Esta interpretación, implica no sólo que la vida del hombre proseguía después de la muerte, y que éste necesitaba utilizar objetos como durante su existencia terrenal, sino que los objetos mismos están dotados de vida”. Sin embargo existe otra interpretación y es que el hecho de hacer un agujero en el centro de la vasija protectora tenía como propósito proporcionar una salida para el espíritu del muerto.

Representación de la muerte en un remate arquitéctonico maya. (Foto: José Gamboa)Cuando moría un personaje importante, gran sacerdote o jefe civil, además de numerosas ofrendas de objetos que dejaban con él a varios individuos para que lo atendieran en el otro mundo. Era lógico pensar que si el Señor había necesitado sirvientes durante su vida, los seguiría necesitando después, y para ello se sacrificaban generalmente algunos jóvenes y niños. El mismo razonamiento valía en cuanto a la necesidad de que contara con la compañía de alguna o algunas mujeres.

Otro dato que ilustra la creencia de que la vida proseguía después de la muerte, es la presencia en cierto número de entierros infantiles, de una o varias falanges de adulto, probablemente de mujer, y es de suponerse que de la madre. El propósito, al parecer, es que el niño tenga consigo algo del cuerpo de su madre e indica que se considera que el niño, en la soledad de la tumba, precisa de la presencia física del ser que le dio la vida, es decir, que el niño sigue viviendo.

Ciertas prácticas sugieren un intento de proporcionar al cadáver un aspecto de vida. Tal es quizá el uso de la máscara. Estas máscaras están hechas en formas de mosaico de jade, turquesa o concha, y para dar idea de vitalidad, la máscara con que fue enterrado el personaje en el Templo de las inscripciones (en Palenque) tenía los ojos de concha blanca para el globo, y la pupila de obsidiana, con un punto negro pintado en el centro para el iris.

 

Reflexiones finales

El tema de la vida después de la vida ha inspirado cientos de libros, poesías, e incluso películas, además es el fundamento de la mayoría de las religiones, y aún las sociedades más modernas y avanzadas tecnológicamente, como los Estados Unidos de Norteamérica, siguen dándole un lugar muy especial al cuidado de los cadáveres, prueba de ello es que existen empresas como “Celestis” que ofrece lanzar al espacio los restos mortales de sus clientes para que orbiten alrededor de la tierra por toda la eternidad, y por extravagante que nos parezca, apunta directamente al sentido último de todos los ritos funerarios, en cualquier época y cultura: Preservar la memoria de los muertos a lo largo del tiempo.

Investigador del Centro INAH YucatánRegresar

Bibliografía






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