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La rebelión de Quisteil

 

Los cambios en la explotación colonial que se registraron durante el siglo XVIII y la destrucción de las tradiciones generaron entre los mayas diversas formas de resistencia. El recurso más empleado desde el principio de la colonia y que les permitía quedar fuera del control de los españoles era escapar hacia las selvas del sur y oriente, en donde existían ranchos de indígenas libres que practicaban rituales de tradición prehispánica. En otras ocasiones, los indígenas se hacían pasar por mestizos o bien se pretendían de la clase de los hidalgos para no pagar tributo ni obvenciones. Algunos comenzaron a ver en las haciendas una forma de eludir las obligaciones y tequios que tenían que cumplir al vivir en los pueblos.

    Al decidirse por una opción más radical, un grupo de indígenas del pueblo de Quisteil y de otros pueblos situados al sudeste de Mérida, llegaron a promover una rebelión para exterminar o expulsar a los españoles. Es poco lo que se conoce de esta rebelión, ya que las fuentes de la época, todas de origen español, se empeñaron en presentar a los indígenas como borrachos y salvajes y a su principal caudillo, Jacinto Canek, como un demente.

    La rebelión comenzó el 19 de noviembre de 1761, durante la fiesta dedicada a Nuestra Señora de la Concepción, santa patrona del pueblo de Quisteil, visita del curato de Tixcacaltuyub. Ese día, los u chun t’ano’ob se encontraban reunidos en la casa de audiencia realizando, en una “conjunta”, los planes para costear la festividad del año siguiente. En Quisteil se encontraban indígenas y caciques de otros pueblos de la comarca e incluso de lugares tan apartados como Lerma y San Román de Campeche. Es probable que estos últimos participaran en la reunión puesto que existen indicios de que la rebelión se había preparado con mucha antelación. También Jacinto Canek estuvo presente. Después de la reunión, Diego Pacheco, un comerciante blanco fue muerto y al día siguiente una partida de indígenas penetró en la iglesia en el momento preciso en que el sacerdote de Tixcacaltuyub, don Miguel Ruela, oficiaba la misa; sin embargo, el sacerdote pudo escapar hacia Sotuta dando aviso de la rebelión.

    El comandante español del partido de Sotuta, capitán Tiburcio Cosgaya, notificó a Mérida sobre la rebelión y de inmediato partió hacia Quisteil al mando de 10 a 15 hombres de caballería y 100 de infantería, con el propósito de restablecer el orden. En la noche del día 20, los indígenas atacaron a la avanzada de Cosgaya a quien dieron muerte al igual que a la mayor parte de su caballería. Este embate hizo comprender al gobernador que se trataba de una rebelión importante y no de un simple motín producto de la embriaguez. Teniendo la generalización de la insurrección en contra de los españoles, el gobernador José Crespo y Honorato ordenó la concentración de las tropas coloniales al mando del general Cristóbal Calderón de Helguera, quien se encontraba acantonado en Tiohosuco. Por su parte, los insurrectos enviaron mensajeros a diferentes pueblos en un intento por propagar su causa. Uno de estos mensajeros fue detenido camino a Maní y se le descubrió una carta.

    No se conoce lo que aconteció realmente entre los mayas reunidos en Quisteil después de que el cura Ruela escapó interrumpiendo la misa. La descripción que hizo el jesuita Martín del Puerto al cabildo de Mérida está preñada de una completa parcialidad a favor del clero y con el ánimo evidente de justificar la gran represión desatada en contra de los rebeldes, quienes fueron acusados de idólatras. De acuerdo con esta relación, Jacinto Canek realizó una larguísima arenga a sus correligionarios, mediante la cual los invitó a sacudirse el yugo de los españoles, poniendo énfasis en lo oneroso de los tributos que se pagaban a los encomenderos. Pero, según el jesuita, a los religiosos nada más los acusaba de la debilidad con que cumplieron su misión de cristianizar a los indios. Según esta misma fuente, después de su discurso, Jacinto Canek fue llevado al interior de la iglesia y ahí fue proclamado rey, se le colocaron la corona y el manto de la patrona del pueblo y se hizo llamar Jacinto Uc de los Santos Canek Chichan Moctezuma. Para presentarlo como un idólatra se dijo que los indios tomaron balche’ en los cálices, que llevaron unos ídolos a la iglesia y que la virgen fue declarada esposa de Canek.

    No existe consenso en torno a la bibliografía de Canek. Pudo haber nacido en el barrio de San Román de Campeche o en el barrio indígena de Santiago de Mérida. Su nombre original fue el de Jacinto Uc y como muchos otros niños estuvo algunos años al servicio de los franciscanos en el convento principal de la orden. Al parecer sabía leer y escribir, también aprendió algo de latín y teología y existe la posibilidad de que hubiera conocido la historia de la conquista de Yucatán escrita por el padre López de Cogolludo. Al dejarel servicio del convento trabajó un tiempo como panadero en el barrio de Santiago y probablemente realizó algunos viajes por la provincia. Todo indica que estaba en la fiesta patronal de Quisteil porque formaba parte de la planeada conspiración en contra de los españoles.

    No cabe duda de que Jacinto Canek se convirtió en el principal cuadillo de la rebelión, pero también hubo varios caciques implicados en el movimiento. Uno de ellos fue Francisco Uex, cacique originario de Tabi, a quien el indígena mensajero detenido señaló como la persona a la cual se había coronado como rey. Un hijo de este cacique fue nombrado jefe del ejército maya, que pudo haber tenido entre 1 200 y 1500 combatientes. Un ejército indígena de esta magnitud, e incluso menor, habría tenido que formarse con la participación de diversos pueblos y prepararse con anticipación. El cacique de Lerma, Miguel Kantún, también fue procesado como rebelde y de acuerdo con la descripción de las entradas de los prisioneros a la ciudad de Mérida otro de los líderes rebeldes fue un h-men, del que se dijo era un hombre anciano de aspecto extraño.

    La rebelión de Quisteil no fue un motín de indígenas embriagados, sino un levantamiento organizado por las repúblicas situadas en la frontera sudeste del dominio colonial. Despertó un clima de agitación y angustia entre los españoles y desencadenó una represión despiadada. El 26 de noviembre un ejército de 500 soldados españoles marchó sobre Quisteil que estaba defendidacon trincheras. La superioridad en armamento dio la victoria al ejército español. Canek y otros caudillos escaparon hacia la selva y se defendieron nuevamente en la hacienda Huntulchac pero finalmente cayeron prisioneros en la sabana de Sibac. El pueblo de Quisteil fue quemado y sembrado de sal para evitar que pudiera poblarse de nuevo, mientras que en Mérida se prepararon juicios a los centenares de prisioneros capturados. Jacinto Canek fue ejecutado, para escarmiento de su raza, el 14 de diciembre en un cadalso construido en la plaza principal de la ciudad. Sus huesos fueron rotos con un fierro candente y su carne arrancada con tenazas, posteriormente los restos se quemaron y las cenizas se esparcieron por el aire. Al día siguiente se ahorcó a ocho de los caudillos y sus cuerpos fueron despedazados, mientras que numerosos macehuales fueron castigados con azotes, la pérdida de una oreja y la expulsión de la provincia.

    Existen fuertes indicios para pensar que una parte de los mayas deportados como resultado de la rebelión de 1761 y de los que escaparon a la represión colonial, se refugio en el centro del actual territorio de Belice, en donde siempre existieron grupos mayas al margen de la dominación española. Algunos de estos asentamientos, como Tipu, siempre resistieron al dominio colonial, y otros se formaron con refugiados mayas que llegaron tanto de la península de Yucatán como de Guatemala huyendo de la colonización. De hecho, una amplia zona situada en al frontera entre Belice y el Petén guatemalteco se mantuvo durante mucho tiempo como una región de refugio de los mayas libres. Fue hasta el periodo comprendido entre 1788 y 1817 cuando los colonizadores ingleses, cortadores de maderas, entraron en contacto con estos indígenas y comenzaron a disputarles el territorio.

Material tomado de: La memoria enclaustrada. Historia de los pueblos indígena de Yucatán, 1750-1915. Bracamonte Pedro, México 1994 ISBN 968-496-262-2 (Volumen) 968-496-259-2 (obra completa)

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