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III. LOS MAYAS DEL NOROESTE, 1550-1700

 

Durante los primeros años coloniales, los españoles mantuvieron, en términos generales, una actitud conservadora de las organizaciones mayas preexistentes. Más aún, mediante procedimientos persuasivos se dieron a la tarea de concentrar a la población dispersa por las guerras de conquista. Esta labor no resultó desinteresada, pues las encomiendas necesitaban de los indígenas para funcionar como abastecedoras de productos y fuerza de trabajo.

    Para los españoles consideraban difusa la organización política maya, pues las parcialidades se encontraban dispersas por los montes y alejadas del lugar en donde residía su cacique. Desde su particular punto de vista, esta característica de la sociedad impedía a los indígenas tener normas espirituales, pues dificultaba la evangelización, y temporales, es decir no vivían acordes a las leyes urbanas hispánicas. Así pues, el proyecto colonizador español se impuso como tareas reunir a los mayas en poblados e impulsar las instituciones religiosas, económicas y políticas que centralizaran, una vez formados, la vida de los pueblos.

    La puesta en marcha de su proyecto inició con la segunda mitad del siglo XVI, y con él se inauguró en el noroeste de la península un periodo de grandes reacomodos espaciales, demográficos, religiosos, políticos y sociales. Este proceso resultó traumático y conflictivo para la sociedad indígena, pues durante él se sentaron las bases del sistema colonial. Al principiar la octava década del siglo XVI, prácticamente había concluido.


Las congregaciones

El proyecto inició formalmente en 1552 cuando llegó a Yucatán como visitador don Tomás López Medel, oidor de la Audiencia de Guatemala. Él arribó con amplios poderes, y su primera medida fue convertirse en la máxima autoridad de la provincia, responsabilidad que ejerció hasta 1553. Una de sus iniciativas fue arrancar con la política de concentrar a los mayas a poblados. Esta tarea consistió en trasladar las parcialidades a sus correspondientes cabeceras prehispánicas; o sea al lugar en donde residía su cacique. Este movimiento de la población se denominó reducción, congregación o junta. En muchas ocasiones los mayas se resistieron a ser reducidos, pero fueron reprimidos violentamente por los franciscanos. Por ejemplo, fray Luis de Aparicio “mandó poner fuego a todas las casas... asimismo, les mandó poner fuego a todos los árboles de fruta que tenían delante de sus casas”. Ante la represión muchos indígenas huyeron a las montañas.

    Como en otras regiones novohispanas, en Yucatán los religiosos fueron los principales ejecutores del programa de reducciones. Antes de proceder a concentrar a la población, visitaban el lugar en donde vivía el cacique con el fin de cerciorarse de que el sitio era el adecuado y de cuáles y cuántas eran sus parcialidades sujetas. Realizada esta tarea diseñaban la traza del pueblo, la cual incluía espacios para la iglesia, las casas reales y el mesón. Parte de esta labor fue procurar que los pueblos definieran sus límites territoriales y protegerlos bajo la advocación de un santo patrono. Así a partir de 1552 y durante unos ocho años los frailes lograron organizar con este nuevo modelo aproximadamente 165 pueblos indígenas.

    A menudo, los religiosos juntaron a uno, dos o más caciques con sus respectivas parcialidades en el lugar en donde vivía otro. En estos casos la movilización de la población resultó espectacular por la cantidad de indígenas movilizados, y los frailes debieron contar con la autoridad y prestigio de esas autoridades indígenas para organizar aproximadamente 17 reducciones de esta naturaleza que reunían a cerca de 71 pueblos. Las congregaciones de varios pueblos en un mismo asiento fueron fundadas en los puntos intermedios de los caminos reales, pues la idea era crear en el noroeste de la península centros de atracción económica con el fin de reordenar el espacio yucateco. Durante el periodo colonial las más importantes fueron la de Calkiní, camino Mérida-Campeche; la de Izamal, ruta Mérida-Valladolid; y la de Tizimín, vía Valladolid-Río Lagartos.

 

La crisis demográfica

Las congregaciones tuvieron una secuela inesperada en el mundo maya. Las enfermedades del viejo continente encontraron en la concentración de la población el campo propicio para propagarse de manera vertiginosa. Así, apenas concluido el programa de reducciones se inició uno de los episodios más dramáticos de la historia demográfica indígena. Éste comenzó en 1566 cuando apareció una epidemia desconocida. Después, en 1569 y 1571-1572 siguió la peste; en 1573 y 1575-1576 viruela, y en 1580 el sarampión y el tabardillo. Estas calamidades se sucedieron en intervalos que imposibilitaron a los mayas recuperarse, pues los no afectados durante la aparición de una epidemia sucumbían en la siguiente.

    Las consecuencias de las epidemias se hizo particularmente virulento cuando aparecieron de manera sucesiva, asociadas entre sí o con otros fenómeno y los límites de sobrevivencia humana se reducían de manera dramática. En 1580 el sarampión y el tabardillo actuaron de manera ininterrumpida. En 1571-1572 la sequía se asoció con la peste. La crisis fue tan severa que Francisco Palomino, defensor de los naturales, señalaba que entre un tercio y un cuarto de la población indígena había sucumbido como causa de esos fenómenos. Para 1586 se estima que la población indígena del noroeste peninsular era de 170 000 habitantes, o sea un 27% menor respecto de los 232 576 cifra propuesta para 1549.

 

Los juicios inquisitoriales

Al igual que en otras regiones americanas, los primeros franciscanos llegaron a Yucatán a fines de 1544 o principios de 1545 tenían como propósito evangelizar a la población conquistada, tarea que iniciaron enfrentándose a la religión y a los dioses de los mayas. Desde un primer momento tuvieron dificultades, pero de una u otra manera las fueron solventando. No conocían el idioma y predicaban con intérpretes. Lo aprendieron, convirtieron en Artes, Calepinos y tradujeron al maya los primeros confesionarios. La población se encontraba dispersa lo que dificultaba su evangelización, y como vimos líneas arriba, la concentraron en poblados. Sin duda, los impedimento más importante enfrentados fueron la religión maya y la estructura indígena que la daba razón y sentido de ser. Su lucha tuvo una vertiente política, pues desde 1552 López Medel había prohibido al halachuinic y al batab predicasen “sus ritos y ceremonias antiguas”. Sin embargo, esta disposición era todavía formal, pues para esos años las estructura preexistente permanecía y la vida religiosa maya continuaba su curso.

    Además la élite maya se resistió a cualquier circunstancia que alterase sus funciones religiosas ancestrales. Por ejemplo, cuando los franciscanos organizaron las primeras escuelas de doctrina, se enfrentaron a los ah kinoob o sacerdotes, pues como responsables de la educación de la nobleza se opusieron a que los hijos de los caciques y principales recibieran educación cristiana. Fray Luis de Villalpando decía: “Porque el demonio incitó a los sacerdotes gentiles persuadiesen a los padres de los muchachos, que no era para enseñarlos [la doctrina]..., sino para sacrificarlos y comérselos, o hacerlos esclavos”. De una u otra manera, al principiar la sexta década del siglo XVI, la labor evangelizadora de los franciscanos había dado resultados. Ya habían logrado concentrar prácticamente a los mayas a poblados, estaban construyendo sus iglesias y conventos. Muchos indígenas eran maestros de escuela o de doctrina en sus pueblos y tenían a su cargo transmitir los conocimientos religiosos recién adquiridos y de enseñar a los niños a leer, escribir y el canto con acompañamiento de órgano. Desde la perspectiva franciscana, la evangelización marchaba sin contratiempos.

    En este contexto su sorpresa fue grande cuando en mayo de 1562 dos jóvenes indígenas advirtieron a fray Pedro de Ciudad Rodrigo, guardián del convento de Maní, haber encontrado ídolos y calaveras en una cueva. Él inició las pesquisas y los mayas que vivían en los alrededores del hallazgo fueron traídos ante su presencia, quienes confesaron tener ídolos a los cuales ofrendaban para obtener lluvias, buena cosecha y caza de venados. Enterado del caso, fray Diego de Landa, en ese entonces provincial de la orden franciscana, arribó a Maní y se hizo cargo de la situación. Se iniciaba el caso más sonado de persecución religiosa en Yucatán.

    Landa ordenó la aprehensión de caciques, principales y maestros de escuela. Las investigaciones se caracterizaron por ser pacíficas, pero más tarde las confesiones se obtenían a través de la tortura. La más común era que los indígenas con el dorso descubierto eran atados por las muñecas juntas y colgados para azotarlos y echarles cera ardiendo. Además les anudaban los dedos pulgares de pies y manos juntos y con un palo torcían la cuerda para atormentarlos y confesaran sus idolatrías. Después los ponían en cepos y los tenían en colleras.

    Finalizadas las investigaciones el 11 de julio, Landa dictó las sentencias. Los caciques perdieron su cacicazgo y junto con los principales y maestros de escuela fueron trasquilados, azotados, ensambenitados y condenados a servir en los conventos, en las iglesias y pagar una multa en efectivo, según el caso. A los maceguales, considerados ofensores menores, se les multó con dos y tres reales y recibieron algunos azotes. Al día siguiente, el 12 de julio, se realizó en Maní un auto general de fe, el más importante en la historia de Yucatán. Inició con una solemne procesión en el pueblo de Maní con Landa a la cabeza. Tras él marcharon los penitenciados con corozas en las cabezas, es decir un tipo de cucurucho de papel en señal de castigo, y desnudos de la cintura arriba, con sogas a las gargantas y con ídolos en las manos y con sambenitos teñidos de amarillo con cruces coloradas. Concluida la procesión, los penitenciados se dispusieron frente al tribunal integrado por los franciscanos y el alcalde mayor, Diego Quijada. Éste, con un misal en sus manos y arrodillado ante un crucifijo, juró ayudar a la fe de Jesucristo y ejecutó las sentencias. Ni los muertos se salvaron, y los que en vida habían idolatrado, sus restos mortales fueron desenterrados, ensambenitados y sus osamentas echadas al fuego hasta convertirlas en ceniza. El auto concluyó con una misa solemne de penitencia. El intérprete general de los naturales traducía de manera simultánea a los penitenciados y a los mayas los pormenores del acto.

    Los franciscanos extendieron sus pesquisas a las provincias indígenas de Hocabá y Sotuta. En ellas descubrieron con verdadero asombro que los mayas combinaban sus ritos con tradiciones cristianas. En la iglesia del pueblo de Sotuta los ah kines habían atado a dos niñas en respectivas cruces. Y, según un testigo, los sacerdotes decían >mueran estas muchachas puestas en la cruz como murió Jesucristo, el cual dicen que era Nuestro Señor, mas no sabemos si lo era”. Después las bajaron, desataron, les sacaron los corazones y los ofrecieron a los “demonios”. Posteriormente los cuerpos fueron arrojados a un cenote.

    Las torturas dejaron un saldo importante de muertos, mancos, lisiados y hubo indígenas que optaron por suicidarse. Pero también crearon un profundo malestar entre la nobleza indígena de las provincias indígenas de Maní, Hocabá y Sotuta que principió a promover un levantamiento general. Asimismo, la intolerancia de los religiosos dividió a los españoles. Por un lado estaban los partidarios de Landa y por el otro un grupo que, preocupado por una posible rebelión, principió a conspirar contra el provincial con el fin de hacer llegar a la Audiencia de México las informaciones sobre lo que estaba aconteciendo. Esta era la situación cuando el 14 de agosto de 1562 arribó fray Francisco de Toral, recién nombrado obispo. Él se hizo cargo de la situación, y como consideraba a los indios neófitos en las cuestiones religiosas su evangelización debía de ser mediante procedimientos persuasivos. Así, desde esta perspectiva, condenó a los caciques y principales a penas leves y después los liberó.

 

Las cajas de comunidad

Concluidos los sobresaltos de los juicios inquisitoriales, el proyecto colonizador español continuó su curso. Para esos años las cajas de comunidad ya habían hecho su aparición. Su rápida propagación fue obra de los franciscanos, y su origen estuvo en la iniciativa de que los mayas contaran con fondos monetarios para sostener las escuelas de doctrina. En un principio los niños se hospedaban en casas que cada pueblo construía en los alrededores de los conventos y su manutención corría por cuenta de los padres. Después, comenzaron a recaudar dinero por medio de las limosnas y la venta de mantas de algodón para sufragar los gastos, y lo hicieron con tal espíritu emprendedor que para 1556 la escuela de Maní ya contaba con una cantidad de 1000 pesos denominados “bienes del común”, administrada por el cacique.

    De una u otra manera, los indígenas acumularon recursos monetarios, y para la sexta década del siglo XVI casi todos los pueblos contaban con una caja de madera en donde guardaban celosamente su dinero. El pueblo de Maní lo conservaba dentro de una caja de dos llaves que su vez estaba en un cofre con cerradura, y el cacique y el escribano eran los responsables de estos “bienes”. Ante lo cuantioso de los recursos, en 1562 el alcalde mayor Diego Quijada comenzó a inventariarlos, ordenó al escribano y al ah cuchcab o mayordomo, como le llamaban indistintamente españoles e indígenas, contabilizar los fondos, y estableció la pérdida del oficio y el pago de una multa de seis pesos si los caciques disponían del dinero sin su permiso. A partir de entonces, los pueblos principiaron de forma imperfecta a llevar las cuentas de sus cajas.

    Durante el transcurso del último tercio del siglo XVI los pueblos encontraron nuevas maneras para incrementar sus fondos. A sus cajas ingresaban las ganancias obtenidas por las ventas del maíz, frijol, algodón y chile de sus milpas de comunidad; cuando habían las "sobras del tributo", o sea la diferencia existente entre lo recaudado y lo entregado al encomendero; las derramas o cuotas que en metálico o especie asignadas por los caciques entre la población para un fin determinado, como realizar las fiestas de la advocación. También recaudaban el dinero de la paga recibida por los indios que trabajaban para los españoles y el producto de la venta de las piezas de cacería. Los pueblos destinaron el dinero de sus cajas a variados fines. Mantener las escuelas, comprar variados productos de uso común, como barretas de metal, sufragar los gastos en épocas de epidemias o de malas cosechas, organizar las fiestas del santo patrón, de las pascuas de Navidad y Resurrección, agasajar con comidas y limosnas al obispo, gobernador o cualquier funcionario religioso o civil cuando llegaban de vista al pueblo, comprar los ornamentos y el vino para el culto. Pero como los fondos eran cuantiosos los encomenderos comenzaron a endeudarse con los pueblos, y las autoridades reales amenazaron a los caciques y mayordomos con la pérdida de sus oficios y con penas pecuniarias si otorgaban préstamos.

 

Caciques y cabildos indígenas

Los reacomodos de la estructura política indígena encontrada por los conquistadores arrancó con el cabildo también llamado cuerpo de república. Su formación inició en 1552 cuando López Medel nombró a los caciques como gobernadores, cargo inexistente en los cabildos españoles. También aparecieron diversas clases de alguaciles. El de doctrina tenía la tarea de reunir a los indios para la misa y doctrina, impedir borracheras, ritos antiguos y pecados públicos. El del tributo “dar priesa a los naturales en el tributo”, en tanto que el de milpas cuidaba que los mayas hiciesen sus sementeras. Asimismo, surgieron los escribanos, los mayordomos y, en contados pueblos, los primeros alcaldes con funciones judiciales y con el cometido de aprehender a los mestizos y mulatos que sin licencia comerciaran en los pueblos; y los regidores que debían “mirar por el pro y bien de la república, e hiciesen las cosas concernientes al cargo”. La aparición de esos oficios no creó oposición entre la élite maya, pues ocupó dichos cargos y los españoles le otorgó privilegios para patentizar su autoridad y prestigio. En los inicios de la segunda mitad del siglo XVI, la palabra don comenzó a aparecer antepuesta a sus nombres ya cristianos, le otorgaron a varios de los nobles licencias para tener y montar caballos; comenzaron, al estilo español, a usar capas de paño, zaragüelles, medias, botas, sombreros de fieltro, y construyeron sus casas de cal y canto.

    El descubrimiento de las prácticas idolátricas de 1562 marcó un parteaguas en la historia de los reacomodos de la organización política indígena. Los españoles convencidos de que la gran cantidad de indios involucrados en los ritos era una muestra del poder y prestigio de los caciques y principales iniciaron una política agresiva en contra de la estructura de poder maya. Intentaron imponer los cabildos con el fin de establecer un control más estricto sobre la población, pero, en esta ocasión, los caciques se opusieron y todavía a fines de la séptima década del siglo XVI su resistencia dominaba la escena política, pues muchos pueblos ni siquiera habían designado alcaldes, regidores y demás oficiales. Asimismo las autoridades gubernamentales y los franciscanos se aliaron y adoptaron medidas represivas. Las penas impuestas en los juicios inquisitoriales es un ejemplo. Los caciques perdieron sus cacicazgos, fueron azotados, trasquilados y encarcelados. Les comenzaron a circunscribir los derechos económicos que en calidad de nobles gozaban. Por ejemplo se determinó que los indios les hiciesen una milpa de media fanega, diesen una pareja de servicio, y construyesen y reparasen sus casas cuando hubiera necesidad, aunque desde luego, emplearon muchos más de manera informal dada la autoridad y prestigio que gozaban.

    También los caciques fueron expulsados de la gubernatura. Y al igual como lo hicieron los españoles en el centro de México, en noroeste de la península se emprendió una política premeditada con ese fin. Por ejemplo, en 1563 Diego Quijada ignoró en varios pueblos la existencia de sus caciques e impuso a otros indígenas como gobernadores. Los mayas se enfrentaron a una situación inédita, pues a pesar de tener sus propias autoridades aparecían otros personajes en calidad de gobernadores que comenzaban a representarlos en el mundo exterior. Unos indígenas debieron seguir obedeciendo a aquéllas, mientras otros principiaron a acatar las órdenes de los nuevos funcionarios. Esta situación puso en entredicho el principio de autoridad de los señores, cuestión que los debilitaba ante su población. En unos casos su prestigio jugó un papel importante para capear el temporal y mantener su doble posición, es decir como caciques y gobernadores. En otros casos no soportaron la presión o bien no quisieron enfrentar la situación y cedieron a que una nueva persona se encumbrara en la gubernatura y los comenzara a desplazar del poder político de sus pueblos, al menos, en lo referente a sus relaciones con el mundo colonial.

    La crisis demográfica que azotó al noroeste de Yucatán a partir de 1566 complicó la situación de los caciques, pues fue una oportunidad para acelerar su exclusión de la gubernatura. Unos sucumbieron con descendientes y algunos de éstos pudieron, a través del cacicazgo, mantener la gubernatura. Otros, aunque heredaron la posición de caciques, su minoría de edad fue la coyuntura para no designarlos gobernadores. También murieron cacique-gobernadores sin descendencia y los españoles impusieron a otros personajes. De una u otra manera al principiar la octava década del XVI los caciques se encontraban en una posición crítica, pues para esos años un nuevo tipo de líderes se estaba apoderando del destino de los pueblos.

    En esta situación se encontraba la élite indígena, cuando en 1583 llegó como visitador a Yucatán Diego García de Palacio, oidor de la Audiencia de la Nueva España. Su presencia significó el fin del periodo de los grandes reacomodos originados a raíz de la conquista. El oidor concluyó el proceso de reorganización de los pueblos al establecer que los cabildos se conformasen por el gobernador, designado por las autoridades coloniales que por lo general era un indio de sus confianzas, y por los alcaldes, los regidores, el mayordomo y los alguaciles electos cada 1 de enero. Este sistema convirtió a la gubernatura en un cargo sujeto a los deseos de las autoridades españolas, y propició al interior de los pueblos la formación de una burocracia cerrada, en donde el gobernador controló el acceso a los oficios alcaldes y regidores. Asimismo, García de Palacio estableció los salarios y funciones, y finiquitó con la resistencia de la élite maya sobreviviente a la conquista al ordenar que la mitad de dichos cargos fuese ocupada por maceguales. Estas disposiciones ordenaron la vida política y administrativa de los pueblos, y a lo largo de las dos últimas décadas del siglo XVI proliferaron los cabildos.

    A lo largo del siguiente siglo los cabildos de los pueblos funcionaban de la siguiente manera: el 1 de enero de cada año se elegían dos alcaldes ordinarios, cuatro regidores y un procurador. Todos viajaban a la ciudad de Mérida para que el gobernador de la provincia les confirmase sus cargos. También nombraban a los alcaldes responsables del mesón y de la casa de comunidad, a un fiscal de la iglesia para cuidar la enseñanza de la doctrina de los muchachos, y a los alguaciles encargados de reunirlos. Asimismo, por votación seleccionaban a otros personajes que, con vara de la Real Justicia, cuidaban que los mayas hiciesen sus milpas. Para esos años los pueblos estaban divididos en barrios con un indio encargado de que la población concurriese a misa los domingos y fiestas de guardar y ejecutaba las órdenes del gobernador del pueblo. Cada barrio se encontraba bajo la advocación de un santo. Esta estructura, en términos generales, funcionó hasta mediados del siglo XVIII.

    Durante el siglo XVII y la siguiente centuria algunos gobernadores eran principales o descendientes de los antiguos señores, pero ejercían su cargo con derechos y prerrogativas restringidas y en competencia con indígenas de sus propios pueblos. Tal es el caso de don Juan Xiu, descendiente delhalachuinic de Maní, quien en 1665 fue designado gobernador de Oxkutzcab y dos años más tarde fue relevado sin causa aparente. También ocuparon los oficios indígenas oportunistas o enriquecidos, y aunque de manera aislada, algunos mestizos y en ocasiones incluso mulatos comenzaron a surgir como gobernadores, alcaldes y regidores.

    Parte importante en la vida de los pueblos del noroeste yucateco fueron las fiestas anuales en honor del santo patrón. Los gastos corrían por cuenta de las cajas de comunidad y eran verdaderos acontecimientos religiosos en torno a los cuales los mayas encontraban cohesión y se integraban, pues eran días especialmente destinados a honrar y venerar a su advocación protectora. El día de la advocación, después de la misa, la imagen era sacada en solemne procesión acompañada por sus “sirvientes”. Los indígenas del pueblo y sus invitados, entre los cuales se podían encontrar santos de otros pueblos, le rendían homenaje. Las imágenes eran instaladas en una ramada para presidir las corridas de toros, combates simulados, bailes, convites y fuegos artificiales. Los festines eran parte imprescindible de las festividades. A ellos asistían los caciques y principales de los pueblos circunvecinos. López Cogolludo decía a este respecto: Las fiestas de sus patrones celebran los pueblos con muchos festejos, y concurren a ellas todos los [pueblos] comarcanos convidándose unos a otros. Los caciques convidan a los de los otros pueblos, los regidores a los regidores, y así los demás, hospedándolos y regalándolos a su modo, cuanto pueden, con que es grandísimo el concurso que asiste a cualquiera de estas fiestas, y si se dijera la multitud de pavos que aquel día comen con dificultad se creyera, porque los están criando todo el año para aquel día.

 

Las estancias de cofradías

Durante casi todo el siglo XVII el control de los fondos de las cajas de comunidad se convirtió en una fuente de disputas entre indígenas, autoridades reales y franciscanos. Los mayas resultaron los perdedores, pues la Corona se apropió de los dineros de los pueblos y los canalizó a su Real Hacienda. Los caudales retornaron hasta fines de dicha centuria, gracias a la lucha emprendida por el defensor de los indios y de un magistrado de la Audiencia de México. Sin fondos los pueblos encontraron en la cofradía la solución para proteger su dinero de las ambiciones españolas. En Yucatán esta institución data de fines del siglo XVI, y nació de acuerdo al patrón español; es decir como hermandad religiosa y una especie de cooperativa de ayuda mutua. A mediados del siglo XVII innumerables pueblos contaban con su cofradía que tenían como patrona a nuestra Señora de la Concepción. Con el transcurso de los años se convirtieron en una especie de erario paralelo a las cajas de comunidad, pero sus caudales quedaron a salvo de las codicias de las autoridades gubernamentales y de la Iglesia. Su proceso como entidades colectoras de recursos materiales se inició aprovechando el trabajo comunal en las milpas de maíz, frijol y algodón; las derramas jugaron un papel importante y, ocasionalmente, los repartimientos de mantas y cera se utilizaron para allegarse recursos.

    El gran éxito de las cofradías indígenas fue su incursión en las actividades ganaderas. Para ello se apropiaron del modelo de estancia que los españoles radicados en Yucatán habían diseñado para la ganadería. Las estancias de cofradía surgieron a principios del siglo XVII y hacia 1750 existían aproximadamente 137, propiedad de 108 pueblos de los 203 existentes para esas fechas. Algunas eran tan prósperas que competían con las más grandes en propiedad de los españoles. Sus ingresos se destinaban a los sueldos de los trabajadores, al culto y fiestas de los santos. Las estancias otorgaron ayuda durante las crisis agrícolas y epidemias, el maíz y frijol almacenados se distribuía entre la población, ponían a disposición de los pueblos sus dineros para la compra de alimentos y, desde luego, el ganado era el recurso más importante para aliviar los tiempos de hambre.

 

Tributos, limosnas y otras cargas

 Las obligaciones económicas impuestas a los mayas por los españoles en su calidad de conquistados fueron innumerables. Una fue el tributo de la encomienda. Ésta se importó de Castilla a las Antillas, con Hernán Cortés pasó a la Nueva España, y años después, a través de Francisco de Montejo, llegó a Yucatán. En términos legales era una institución que se presentó como benéfica para la cristianización indígena, y consistía en la dotación de un cacique con su población sujeta a un español denominado encomendero. Éste tenía como derecho recibir tributo y el servicio personal de los naturales a cambio de doctrina y protección. De esta manera, la Corona transfirió a un particular los gastos que implicaba la evangelización. Pero también fue un premio otorgado a los participantes de la conquista, pues al concederlas garantizaba el poblamiento de las tierras al proporcionar tributos y mano de obra para sus empresas económicas. Es por ello que esta institución se convirtió en una pieza importante del proceso colonizador.

    A diferencia de otras regiones americanas en donde a lo largo de la segunda mitad del siglo XVI la encomienda entró en una fase de virtual declinación y con ella el poder político y social de sus usufructuarios, en el noroeste de la península de Yucatán la institución jugó un papel decisivo en su desarrollo, pues dadas las escasas expectativas económicas, o como decían los españoles de la época “por la pobreza de la tierra”, el tributo fue el sustento económico de la región. Así pues, los encomenderos desempeñaron, como se verá más adelante, un papel de primer orden en la vida económica, política y social.

    Desde la instauración de la encomienda en 1541, los mayas proveyeron a los conquistadores de esclavos, maíz, frijol, sal, mantas, cera, miel, pavos, pescado y servicios personales sin ordenamiento legal alguno, pues ellos decidían la cantidad y el plazo de entrega del tributo, o para decirlo en términos de la época “su boca era la tasa y medida”. Esta situación fue denunciada por los primeros franciscanos, y gracias a su intervención se confeccionaron las primeras tasas tributarias, sancionadas en 1549 por la Audiencia de Guatemala. Las tasaciones especificaban que los productos a entregar al encomendero en diversas cantidades eran maíz, cera, miel, mantas, gallinas, frijoles y, los pueblos cercanos a las costas, sal y pescado; establecieron como tributario al hombre casado y exceptuaban a viudos y viudas; determinaron entregar un tercio del tributo anual cada cuatrimestre. Y finalmente fijaron la cantidad de indios que los pueblos debían de enviar semanalmente a casa del encomendero como servicio personal. Desde luego, la manta fue el producto más importante de las tasas, y partir de ese año los encomenderos comenzaron a recibir aproximadamente 57 000 piezas anualmente, cantidad que por diversas causas disminuyó conforme transcurrió el periodo colonial.

    En 1583 el oidor García de Palacio reformó este sistema tributario. Incorporó a viudos, viudas y muchachos y muchachas solteros como medios tributarios y, posiblemente, estableció como edad para ingresar a las nóminas los 14 años para los hombres y 12 para las mujeres. Las responsabilidades concluían tanto para unos como para otras hasta los sesenta. Además redujo a tres (mantas, maíz y gallinas) la diversidad de productos a tributar y estableció que cada pareja de casados entregara a su encomendero dos piernas de manta de algodón, una fanega de maíz y dos gallinas, una de la tierra o pava y otra de Castilla. Los medios tributarios, desde luego, la mitad de esta cuota. Los tributos se entregarían una mitad el 24 de junio, el día de san Juan, y la otra el 25 de diciembre, en la pascua de Navidad. Estas reformas perduraron a lo largo del periodo colonial.

    También los indígenas tuvieron sus responsabilidades para con los franciscanos. Durante los primeros años coloniales les donaban productos muy variados para su manutención y labores evangelizadoras, en donde las mantas y la cera fueron parte importante. Pero al ser limosnas, los plazos y sus cantidades dependieron de la voluntad de los mayas. Los religiosos amparados en su influencia y prestigio a partir del último tercio del siglo XVI utilizaron el santoral para imponerles periodicidad y los pueblos comenzaron a entregarlas para las Pascuas de Resurrección y Navidad y para las fiestas del santo patrono del pueblo y del señor san Francisco.

    El repartimiento de mercancías fue parte de las obligaciones de los mayas. Este sistema consistía en endeudarlos de manera obligatoria con determinada cantidad de dinero o productos para que entregaran parte de su producción agrícola o artesanal, especialmente tejidos (mantas y patíes) y cera. En un principio fue un negocio de los tenientes de alcaldes mayores, pues el poder conferido por el cargo les permitió realizar estos contratos. Más tarde, por 1580, los gobernadores comenzaron a incursionar en el negocio, y como máxima autoridad provincial lograron organizar la producción textil y la recolección de la cera en todos los pueblos del noroeste yucateco. Para ello durante las últimas décadas del siglo XVI y las primeras de la siguiente centuria, como se verá más adelante, crearon su propia estructura política-administrativa con funcionarios que tenían desde cometidos fiscales hasta responsabilidades militares. Estos personajes, conocidos como corregidores, jueces de grana y agravios, jueces de vino, jueces de milpa y capitanes a guerra eran los encargados de adelantar en sus jurisdicciones el dinero a los caciques, y éstos repartirlo entre las mujeres y los hombres de sus pueblos. A través de esta red, por ejemplo, entre julio de 1664 y marzo de 1665 el gobernador Rodrigo Flores de Aldana recaudó 13 126 patíes, 2 909 mantas y 1 505 arrobas de cera, en tanto que entre 1704 y 1708 Fernando de Meneses contrató 127 049 patíes y 13 283 arrobas de cera.

    También los mayas tuvieron que comprar las bulas de indulgencia de la Santa Cruzada, institución religiosa establecida en España en el siglo XV para sufragar los costos de las guerras contra los moros. A lo largo de tres siglos la Iglesia continuó con este negocio, pues cada cuatro años salían a la venta nuevas indulgencias. Con el fin de evitar abusos, la Corona había prohibido su venta a los indios, y él que quisiese adquirirlas podía comprarlas en las villas o ciudades, es decir en los asentamientos españoles. Esta institución apareció en Yucatán por 1570, y una década más tarde los receptores comenzaron a venderlas de manera forzosa a cambio de tejidos de algodón y cera. La Santa Cruzada tenía un tesorero, quien contaba con una red de vendedores conocidos como jueces de cruzada o receptores de bulas. Cuando llegaban a los pueblos organizaban una procesión con trompetas y chirimías para anunciar el principio de la venta. Fue un negocio rentable, pues solo entre 1704 y 1714, el tesorero recolectó cerca de 116 000 tejidos de algodón, entre mantas y patíes, y aproximadamente 104 673 kilogramos de cera.

 

Los servicios personales

Durante los primeros años coloniales, los mayas entregaron sus servicios personales para la construcción de los edificios públicos, religiosos y casas de los conquistadores y realizaban labores domésticas. Los españoles utilizaron estos servicios sin restricciones, pues eran parte de las obligaciones tributarias de los indios. Pero en 1549 la Corona suprimió esta prestación de la encomienda y organizó un sistema con el fin de ordenar el uso de la fuerza de trabajo indígena. Este sistema se le denominó repartimiento de servicios personales, pero en Yucatán durante todo el periodo colonial se le continuó llamando servicios personales. Hasta 1560 funcionaba de la siguiente manera: cada español que necesitaba de trabajadores tramitaba una licencia ante la autoridad real. Ésta enviaba un alguacil o tupil a un pueblo con un mandamiento de servicio y se lo entregaba al cacique, quien designaba a los indios que tenían que acudir a servir al español. Después, en algún momento de la octava década del siglo XVI, se estableció que entre el 2 y el 4 por ciento de los tributarios de cada pueblo tenían la obligación de acudir cada miércoles al asentamiento español de su jurisdicción correspondiente. Una vez que los indios llegaban a Mérida, Campeche, Valladolid y Salamanca un personaje denominado tandero se encargaba de repartirlos en las casas de los vecinos y encomenderos. Para 1630 aproximadamente 1000 mayas concurrían semanalmente a la ciudad de Mérida.

    Las mujeres mayas eran las encargadas de cocer, lavar moler y tortear el maíz; cocinar y mantener limpia la residencia del español, lavar la ropa de la familia, transportar el agua, y en sus ratos “libres” elaboraba las mantas de algodón que el dueño de la casa le obligaba tejer. Durante el último cuarto del siglo XVII recibía como pago 3 reales por semana. También fueron chichiguas o nodrizas de los niños criollos. Pero los españoles tenían que tramitar una licencia especial del gobernador de la provincia en donde argumentaban “las pocas fuerzas” que tenían las españolas a causa del clima. Además, decían “se les hacía un favor a [las indias], ya que por lo general... llevaban una vida licenciosa, como lo probaba el hecho de dar a luz sin haber contraído matrimonio,... o abandonadas por sus maridos”. El salario era de 2 pesos y se les daba vestido y alimentación.

    El servicio personal de los hombres se destinaba a distintas tareas. Cuando concurrían a prestar sus servicios a la casa de algún español, transportaban la leña y hierba para los caballos. Estaban obligados a recolectar diariamente cuatro haces de leña, dos para la casa y dos para vender a medio real. Al cabo de la semana el monto de lo recaudado eran 4 reales, el equivalente de su paga. Trabajaron en las estancias e ingenios de añil del siglo XVI y desde su aparición en las estancias ganaderas. También prestaban sus servicios a los tenientes de gobernador y a los capitanes a guerra; quienes los obligaban a trabajar en sus milpas de algodón y de maíz con un estipendio de medio real el mecate (aproximadamente 400 metros cuadrados). En el interior de la península, estos funcionarios expedían mandamientos a los caciques para que enviaran indios a laborar en las milpas y estancias de otros vecinos. Era una práctica que las remudas se prolongasen hasta dos y tres semanas. Durante el periodo colonial tardío a estos trabajadores se les conocía como semaneros. Los mayas también sirvieron, pero sin paga, a los curas y doctrineros.

    Los indígenas mantuvieron el monopolio de la milpa, y en estos espacios cultivaron maíz, frijol, chile, calabaza y el algodón. Los patios o tancabales de sus casas funcionaban como los del periodo prehispánico, aunque en ellos incorporaron los animales y plantas importadas de España y las Antillas. Los hombres recolectaban la cera en las “montañas” para cumplir las exigencias españolas. A fines de la primera mitad del siglo XVII el obispo de Yucatán Juan Alfonso Ocón le decía a la Corona lo siguiente:

 "...como la cera es silvestre y es preciso ir a los montes a buscarla y contingente el hallarla, [los indios]... la van a buscar a cuarenta leguas montañas adentro, a donde... se les siguen... muchos [daños] corporales porque en dichas montañas hay abundancia de animales ponzoñosos que suelen matar a algunos indios o herirlos muy mal y por faltarles el sustento suelen comer raíces de árboles y otras inmundicias, de donde les proviene la muerte o gravísimas enfermedades...

Las mujeres continuaron atadas al telar de cintura como lo habían estado sus antepasadas, cuando aún no llegaban los conquistadores. Los españoles no fueron capaces ni se mostraron interesados en innovar la técnica del tejido del algodón. A mediados del siglo XVIII un observador describía el trabajo de las indias de la siguiente manera:

El modo de tejer es el más trabajoso y digno de lástima. No conocen el telar. Las pobres mujeres indias, a fuerza de pulmones y caderas, fabrican lentamente la tela, atándose a la propia cintura el uno de los cabos de la urdimbre, y teniendo sujeto el otro cabo a un horcón... Con este trabajo, en que con dispendio de su saludad y esterilidad de sus vientres y brevedad de sus vidas, son ellas mismas el artífice y la máquina de tejer.

    La producción de sus obligaciones para con los españoles y la prestación de los servicios personales no resultaron tareas sencillas, pues a lo largo del periodo colonial los indígenas estuvieron sujetos a todo tipo de extorsiones. Las mantas debían estar hiladas con hilo fino y con la trama apretada, pues de los contrario no eran aceptadas y se obligaba a los caciques a azotar a las mujeres o bien a cortarles con una tijera el producto de su trabajo. En periodos de sequía, y por lo tanto de escasez de algodón, tenían que comprarlo a precios altos o bien como los precios de los tejidos habían subido los españoles exigían solo mantas. Por su parte, los hombres cuando no encontraban la cantidad de cera acordada la adquirían a precios más elevados, pues de lo contrario eran castigados. Asimismo, al momento de su recaudación los jueces la reclamaban fundida y purificada, y no en bola, proceso que hacía disminuir su peso y, por tanto, el maya tenía que completar el faltante.

Fuga y sublevación

Los indígenas tuvieron varias respuestas a las presiones españolas. Una era huir a las montañas. Durante el gobierno de Juan de Vargas Machuca (1628-1630) se dieron a la fuga más de 20 000; y en 1668 durante la gubernatura de Rodrigo Flores de Aldana los indígenas de Sahcabchén y Popolá, ubicados al suroeste de la villa de Campeche, cansados de las opresiones, decidieron sublevarse y comenzaron a saquear las estancias de ganado, asaltar caminos y matar españoles. La exaltación e inquietud llegó a tal extremo que una madrugada los rebeldes invadieron la casa del cura de Popolá e intentaron matar a su hermano y sobrino, y hubieran conseguido su propósito de no haber huido por la ventana. También destruyeron la casa de Antonio González, a quien azotaron y expulsaron del pueblo con mantas y cera colgados al cuello, y no lo ejecutaron porque se escondió a tiempo. Los alzados cerraron los caminos y el comercio con Tabasco, Chiapas, Guatemala se interrumpió. La única solución era la destitución de Rodrigo de Flores de Aldana.

    La sublevación conmocionó a la provincia, y los españoles y la Iglesia denunciaron los excesos de Flores de Aldana ante la Audiencia de México. El 2 de octubre de 1668 se comisionó a Frutos Delgado, del Consejo de Su Majestad y su alcalde del crimen más antiguo de la Real Audiencia de México, para proceder en contra del gobernador y los implicados. Cuando el funcionario llegó a Mérida lo aprehendió y le dio por cárcel su casa “con ocho guardias y un cabo”.

Material tomado de: Breve historia de Yucatán. Quezada, Sergio. Fideicomiso Historia de las Américas
Serie Breves Historias de los Estados de la República Mexicana. EFE, Colegio de México, México, 2001. 288 págs.

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