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Mujeres yucatecas y tejidos, siglo XVI


 

El papel desempeñado por las mujeres mayas durante el período colonial ha sido hasta hoy día un tema poco o mejor dicho casi nada estudiado. Sin duda, la causa que más ha pesado ha sido que las fuentes coloniales (indígenas y españolas) simplemente las han ignorado como sujetos de la historia, y cuando se refieren a ellas lo hacen de manera tangencial. Este trabajo no pretende, desde luego, cubrir este vacío, pues la intención es aportar un conjunto de ideas relativas al rol que jugaron en la producción textil del siglo XVI, sustento de la economía colonial. Así, pues, el análisis partirá de los años previos a la invasión española con el fin de observar cuáles fueron los problemas iniciales que enfrentaron durante estas primeras décadas coloniales y cómo los resolvieron.

    Es ampliamente aceptado entre los especialistas que los mayas se establecieron en un territorio poco favorable para la agricultura, y que durante el transcurso de varios milenios su conocimiento sobre las características del suelo se hizo verdaderamente pericial y lo clasificaron en función de tal actividad. Al mismo tiempo desarrollaron un amplio conocimiento sobre la diversidad de granos de tal suerte que la combinación de estos saberes se constituyó en el eje sobre el cual se vertebró el sistema de milpa. En su práctica agrícola primero seleccionaban el terreno, después lo desmontaban y quemaban para posteriormente, proceder a la siembra. La tala y la quema del monte, como tareas fatigosas, las realizaban mediante la cooperación y la rotación1 (Landa 1973:40). Efectuadas estas labores los mayas dividían la superficie en dos partes. Una la destinaban al maíz, chile, frijol y calabaza y la otra al algodón. En mayo sembraban la primera y un mes después la segunda (Cervera 1863:23). Cultivaban hasta tres milpas (Terán 1994:51; Landa 1973:40).

    Efectuada la cosecha del maíz, frijol y calabaza, se almacenaba. Por su parte, el algodón se limpiaba de pepitas y basura. Después era aplanado hasta dejarlo como una tortilla y se extendía en el piso sobre un petate para golpearlo con dos palos lisos para evitar que se deshiciese o enredase. Más tarde se cortaba en tiras y se hacían copos o bolas para hilar. La hilatura y la confección de los tejidos eran tareas femeninas, y desde la niñez iniciaban el aprendizaje. Para hilar el algodón empleaban una vara delgada puntiaguda (huso) que en el extremo inferior llevaba un disco de barro (malacate). Este servía de contrapeso y mantenía el palillo en equilibrio mientras lo giraban entre los dedos de la mano derecha. La vara descansaba sobre una jícara que, por su forma cóncava, le facilitaba el movimiento de la mano derecha, pues sostenían el algodón sin hilar con la mano izquierda o en el hombro del mismo lado (Tozzer 1982:73).

    Hilado el algodón, las mujeres lo remojaban en agua, peinaban con una escobeta y lo dejaban secar. Después lo teñían con productos vegetales que en los bosques de Yucatán eran abundantes2. En algunos tejidos aprovechaban la blancura del algodón, pero preferentemente coloreaban el hilo (Garza et al. I:1983.112-113). Concluido el teñido procedían a la confección del tejido en el tipo de telar denominado de “cintura”, empleado en toda Mesoamérica. El primer paso era armar la urdimbre para lo cual se ayudaban de dos varas de madera en cada uno de los extremos para mantener el hilo tenso. Uno, el superior, lo sujetaban a un árbol o poste, en tanto que el otro, el inferior, lo ceñían a su cintura con una cuerda gruesa de henequén, permitiendo estirar la urdimbre a su voluntad con sólo reclinarse hacia atrás (Tozzer 1982:74). Conforme el tejido avanzaba, la mujer enrollaba la tira de tela en la vara inferior. Esta etapa era verdaderamente fatigosa, y en ella las mujeres invertían la mayor parte de sus energías físicas. Su imaginación y creatividad se manifestaron en diseños geométricos multicolores y figuras redondas ingeniosamente labradas que asemejaban conchas de tortugas (Morley 1980:401); y su delicadeza femenina en tejidos ricamente labrados y confeccionados de manera elaborada. Utilizaban pelo de conejo y plumas de pato, quetzal y otros plumajes multicolores para dar vistosidad y elegancia a los tejidos.

    Durante el periodo prehispánico, las mujeres convirtieron la actividad textil en un espacio de alegría y regocijo. Fray Diego de Landa (1973:57) decía que durante el trabajo “siempre [se decían] sus chistes de mofar y contar nuevas, y a ratos un poco de murmuración.” La rotación era la manera en que organizaban sus labores. “Tienen la costumbre de ayudarse unas a otras a hilar las telas, y páganse estos trabajos como sus maridos los de sus heredades.” (Landa 1973:57).

    Al igual que los hombres3, las mujeres tributaron su energía humana a la elite; pues eran las responsables de confeccionar con el algodón procedente de las milpas de los señores los más variados tejidos que éstos comerciaban de manera continua con Ulúa y Tabasco. Desde luego, también elaboraron los destinados al consumo familiar; a la vestimenta y a los ritos, pues un tipo de mantillas eran utilizadas para envolver los ídolos (Quezada 1997:54-55).

    Así pues, cuando a mediados del siglo XVI los españoles conquistaron Yucatán encontraron no sólo la tradición textil indígena ancestral sino incluso qué estaba organizada y su producción era, al menos para la nobleza, una de sus principales fuentes de riqueza. Las primeras descripciones españolas al respecto son reveladoras. En 1552, Tomás López Medel, oidor de la audiencia de Guatemala, decía que “todo principal del tributo y grangería de esta tierra [es] el algodón, y los tejidos de él” (López Cogolludo 1957:100). En los hechos, los conquistadores se aprovecharon de la organización del trabajo preexistente y de la disposición de las mujeres al trabajo textil, y a través del sistema de encomiendas le impusieron a las mujeres la tributación de las mantas de algodón, pues desde los primeros años de colonización se constituyó en un producto ampliamente demandado por el mercado colonial novohispano, en especial por indígenas y castas. (Acuña 1985:II:142).

    Como nuevo grupo dominante y fuera del control de la Corona entre 1541 y 1548 las presiones de los encomenderos por obtener telas de algodón de mayor dimensión llegaron al grado de la represión. Así, en 1548, Jorge Hernández arribó a los pueblos de su encomienda y convocó al cacique y principales con el fin de exigirles que las mujeres tejieran mantas con determinada extensión. Pero como los señores indígenas le explicaron que su pretensión era imposible de cumplir, pues los brazos de las mujeres eran cortos, fue motivo suficiente para enojarse y correteándolos atrapó a un principal, a quien ató a la cola de su caballo y los arrastró (Archivo General de la Nación, México [AGNM], Civil, vol. 648, exp. 1). Si bien la acción de este encomendero es un caso extremo de violencia, durante los primeros años coloniales la constante fue que los conquistadores se caracterizaron por sus arbitrariedades con el fin de imponer a los pueblos monto y periodicidad de la entrega de los productos y la utilización de la energía humana indígena; aunque finalmente establecieron conciertos con los caciques de los pueblos (Chamberlain 1974:246).

    Los anteriores excesos fueron denunciados de manera oportuna y constante por los primeros franciscanos, y en medio de las pugnas entre encomenderos, por un lado; y franciscanos, Corona y naciente burocracia gubernamental por el otro, en 1549 la Audiencia de Guatemala con el fin de darle un cauce legal a las relaciones tributarias entre pueblos y encomenderos aprobó las primeras tasaciones (Chamberlain 1974:293:294); González Cicero 1978:132-136), es decir determinó los productos a tributar; su cantidad y tiempo de entrega. Desde luego, las mantas de algodón fueron el principal artículo, y a partir de ese año se estableció que las mujeres tejieran aproximadamente 55 mil mantas anuales (Paso y Troncoso 1938-1942: V:103-181).

    Desde el principio la demanda de las mantas obligó a los encomenderos a intervenir en el control de su dimensión y calidad para hacerlas competitivas en el mercado colonial. Ya se señaló líneas arriba cómo en 1548 impuso de manera represiva su extensión. Hacia 1550, motivada aún por los excesos de los encomenderos, la Audiencia de México ordenó pesara cinco libras y media y midiera cuatro piernas de cuatro varas de largo por tres cuartas de ancho (Scholes et al. 1936: 11). Sin embargo, para dicho año las mantas no habían alcanzado la calidad requerida, pues eran de cordoncillo es decir, las mujeres tejían las piernas independientemente unas de otras y después las unían. Pero como los españoles las requerían sin empates, en 1552 el oidor Tomás López Medel, ante las presiones de éstos, ordenó las tributaran de una sola pieza (Scholes y Adams 1938: II:103). Además, como parte del control de calidad, los encomenderos las exigían con hilo delgado so pena de no ser aceptadas, o bien como hacía Ana de Campos obligaba cacique azotar a las indias para que hilaren delgado el algodón o en su defecto “... si el hilo no fuere delgado [el cacique] se lo corte con unas tijeras e hilen otro” (AGNM, Tierras, vol. 2809, exp. 20, fol. 13).

    A raíz de la orden en donde la Audiencia de México disponía el peso y la dimensión de la manta, los encomenderos comenzaron a aceptarlas de la siguiente manera: de una sola pieza pero con una extensión de dos piernas tejidas y las otras dos en su equivalente en hilo. Pero en octubre de 1553, escudados en que los años anteriores habían sido estériles, ellos y los franciscanos establecieron un concierto mediante el cual las mujeres a cambio de las dos piernas tributadas en hilo entregaran una manta de tres piernas (Scholes y Adams 1938: II:103). A partir de dicho año, las características físicas del producto, calidad y dimensión, quedaron establecidas.

    Las consecuencias del anterior acuerdo, aunado a la disposición de López Medel de que las mantas fuesen de una sola pieza, significó para la mujer maya no sólo un esfuerzo físico adicional, pues ahora tenía que tejer una tela de una dimensión mayor y de una sola pieza, sino incluso le comenzó a representar una mayor inversión de tiempo en su elaboración en detrimento de la producción de otro tipo de textiles. Como parte de este proceso, un conjunto de tejidos propios de la sociedad maya y que no eran demandados por el mercado colonial empezaron a desaparecer del ámbito indígena. Así, la producción de las capas ricamente labradas con plumas y utilizadas por la elite como parte de su vestimenta comenzó a ceder en función de la elaboración exclusiva de las mantas de algodón.

    Este proceso de sustitución no fue resultado exclusivo de las presiones de los encomenderos y de la demanda del mercado novohispano. También el grupo indígena participó, pues durante el periodo colonial uno de sus privilegios fue vestir a la usanza española. No se sabe qué tan rápido desaparecieron los tejidos de su vestimenta prehispánica, pero hacia 1579-1581 los nobles mayas yucatecos ya usaban capas de paño, zaragüelles, medias, botas y sombreros de fieltro (Farriss 1992:162; Quezada 1993:129), y los indios del común eran los únicos que conservaban la tradición de elaborar su vestimenta labrada con pelo de conejo.

    Simultáneamente al proceso de especialización y sustitución, los españoles con el fin de garantizar un abasto permanente y satisfacer la demanda del mercado novohispano de las mantas, le impusieron a las mujeres un tiempo a la producción, pues tenían que entregar una tercera parte del tributo anual cada cuatro meses; es decir, en abril, agosto y diciembre.

    Con la sexta década del siglo XVI se inauguró un periodo de expansión de la minería novohispana; y conforme dicho sector creció, los españoles generaron mecanismos paralelos a la producción de las mantas del sistema de encomiendas. El caso de Juan Contreras resulta ilustrativo. Él era encomendero de Nabalam y Tahcab, y don Diego de Quijada, alcalde mayor de Yucatán entre 1561 y 1565, lo nombró como su teniente de alcalde mayor para la jurisdicción de la villa de Valladolid. Como representante de la máxima autoridad provincial, y cobijado por el poder conferido por el cargo, utilizó su investidura para realizar con los pueblos sujetos a la villa un conjunto de actividades íntimamente relacionadas con la producción de las mantas de algodón. La más significativa fue que se convirtió en un intermediario entre la zona productora de algodón, que políticamente controlaba, y las que su producción no era suficiente.

    Así, Juan Contreras compraba algodón, desde luego, a precios bajos para después revenderlo, especialmente, en los pueblos ubicados en la jurisdicción de Mérida. Además utilizaba a sus encomenderos en su estancia algodonera y con una parte de la fibra comprada y la de su propiedad la entregaba a las mujeres de su encomienda para que lo hilaran para mantas y pabilo (Archivo General de Indias, Sevilla [AGI] Justicia, legajo 250, ff. 505-507,586-589).

    La caída poblacional de la segunda mitad del siglo XVIfue, sin duda, un factor que afectó la producción textil, pues las mujeres indígenas comenzaron a sucumbir ante las nuevas enfermedades; y desde 1551 el descenso demográfico comenzó a patentizar las dificultades de algunos pueblos para producir con su población existente, la cuota tributaria impuesta desde 1549. Ante esta situación, la autoridad provincial emprendió la tarea de retasar los tributos (Scholes 1936:27). Un año más tarde, es decir en 1552, cuando Tomás López Medel llegó a la provincia, ante las innumerables quejas existentes contra las tasas de 1549, se dio a la tarea de moderar de manera general los tributos. Ocho años más tarde, bajo la presión de los franciscanos por la paulatina declinación demográfica, el oidor Jufre de Loayza, enviado por la Audiencia de Guatemala, también redujo los tributos de todas las encomiendas de Yucatán (Scholes y Adams 1938: II:112-113).

    Pero sin duda, el ambicioso proyecto de reducir a los mayas a poblados a partir de 1552 aceleró de manera vertiginosa la debacle poblacional; pues las concentraciones humanas propiciaron que las epidemias de peste, viruela, tabardillo y sarampión que azotaron la provincia entre 1560 y 1580 se propagaran en condiciones más favorables que si la población hubiere continuado dispersa. Asimismo, durante el transcurso de estas dos décadas las crisis agrícolas ocasionadas por las sequías o por la langosta hicieron su aparición. Hambres y epidemias se enlazaron de manera dramática para hacer más aguda la caída de la población. Para 1549 se estima que había en Yucatán 233,766 habitantes, cifra que para 1580 era de tan sólo 134 000 (García Bernal 1978:66-67).

    Desde principios de la sexta década del siglo XVI las consecuencias del descenso demográfico sobre la producción del tributo no se hicieron esperar. En un primer momento, los pueblos dejaron de entregarlo en los plazos impuestos; es decir, comenzaron a “endeudarse” con sus encomenderos (Scholes y Adams 1938: II:44). Después de la sequía de 1564, los caciques principiaron a solicitar la retasación de los tributos. En junio de 1566 las autoridades del pueblo de Champotón recurrieron al gobernador a pedirle que los moderase, pues por enfermedades habían muerto muchos indios, y era la causa por la cual no podían pagar la cuota del mes de abril de ese año. Un mes después, el pueblo de Campeche efectuó una petición similar. La disminución de sus tributarios había sido tan severa –de 600 a 396– que sus mujeres no habían podido confeccionar 25 mantas al año de 1565 (AGI. Audiencia de México, legajo 367).

    Conforme el descenso demográfico se agudizó el “endeudamiento” de los indígenas se tradujo en incapacidad para producir con su población sobreviviente la cuota tributaria. La sequía, el hambre y la peste desencadenados durante 1571-1572 alcanzaron tal magnitud que los pueblos quedaron prácticamente diezmados por la mortandad y porque cientos de indígenas huyeron a la zona de refugio. Como resultado de esta crisis los indios suspendieron el pago de sus cuotas tributarias. En 1573 Francisco de Palomino, defensor de los naturales, señalaba que para ese año, como ya había muerto entre un cuarto y un tercio de la población, ésta ya no podía cumplir con las tasas; mientras que los oficiales reales escribían a la Corona informándole que sus pueblos de encomienda no habían entregado el maíz. (AGI, Justicia, legajo 1016; AGI, Audiencia de México, legajo 365, f.55). Desde la perspectiva indígena la opción era clara: consumir el maíz salvado durante estos años críticos.

    Ante estas situaciones de crisis, las autoridades provinciales adoptaron medidas rigurosas contra los pueblos. A raíz de la escasez de granos de 1569 ordenaron a cada indio casado hacer una milpa de una fanega de sembradura so pena de pagar 4 reales de plata, por reincidir 100 azotes, y por violar la disposición por tercera vez el indígena debía ser llevado ante las autoridades de la capital provincial para imponerle una pena adecuada (AGI, Justicia, legajo 252, ff 704-705). Pero dada la magnitud de la crisis de 1571-1572 esta disposición no sólo resultó inoperante, sino incluso el gobernador tuvo que disponer, de acuerdo con los oficiales reales, se asignara una cantidad de dinero en préstamo a las encomiendas de la Corona con el fin de ayudarlas a comprar bastimentos para sobrellevar el hambre. Para 1574 la deuda ya ascendía a 564 pesos. (AGI, Audiencia de México, legajo 367, f.78).

    Si los pueblos de la Corona tuvieron la anterior posibilidad, los pertenecientes a particulares se enfrentaron a una situación catastrófica. No sólo dejaron de entregar tributo sino incluso solicitaron de manera generalizada se les moderara el monto. Las autoridades provinciales emprendieron la retasación; labor que todavía hacia 1575 continuaba (AGI, Audiencia de México, legajo 100). Definitivamente, el descenso de la población era más vertiginoso que las expectativas de los pueblos de obtener inmediatamente una nueva tasa acorde al número de tributarios existentes. La sociedad indígena vivía una situación de desequilibrio.

    Si la función de la retasa era que los pueblos recuperaran el equilibrio que debía existir entre población y carga tributaria; también implicó afectar los intereses de los encomenderos. La alianza de los grupos españoles surgió con el fin de que al efectuar la cuenta de los pueblos ciertos núcleos de la población no quedaran exentos del tributo. En 1573 Francisco Palomino se quejaba de que cuando los contadores retasaban a los pueblos incluían como tributarios a “muchachos recién casados... siendo algunos de once a doce años” y no excluían a los ancianos (AGI, Justicia, legajo 1016).

    Sin embargo, los pueblos tuvieron una respuesta a las anteriores presiones. Su procedimiento era sencillo. Como en Yucatán, un indígena al enviudar, independientemente de su sexo y edad, quedaba automáticamente exento del pago del tributo se oponía a contraer matrimonio. El amancebamiento duramente perseguido por los españoles se generalizó por los pueblos tanto para asegurar la reproducción humana y como artificio para evadir el pago del tributo. En 1575 Francisco de Gijón, gobernador de la provincia, decía que en los pueblos “se hallan 200 viudos y otras tantas viudas sin que haya remedio de casarlas porque como la entrada de este sacramento [es] voluntaria usan las más de esta libertad sometiéndose al cautiverio de la sensualidad a que son muy dados antes que al yugo del matrimonio con tributo” (AGI, Audiencia de México, legajo 359).

    Es verdaderamente sintomático que a raíz de la crisis de 1571-1572, los españoles emprendieran una campaña represiva contra los caciques que no entregaran a tiempo y completo el tributo. En 1572 los oficiales reales de la villa de Campeche encarcelaron al cacique de Champotón porque las mujeres del pueblo no habían tejido una pierna de manta del tercio de agosto de dicho año. En 1573 el defensor de los naturales protestaba porque los pueblos no cumplían con el plazo de la entrega, los encomenderos pedían mandamientos para apresar a los caciques (AGI, Justicia, legajo, 1016).

    De mayor envergadura a los resultados de la represión fue que, después de la crisis de 1571-1572, los pueblos comenzaron a sufrir un proceso de recomposición en sus relaciones sociales. Aunque no se conocen cuáles fueron los mecanismos utilizados por la cúpula indígena; a principios de la octava década del siglo XVI, los principales ya aparecían engrosando las diezmadas filas de los tributarios, (O’Gorman 1940:467) y sus mujeres, desde luego, tejiendo las mantas para su encomendero.

    También la organización de la producción textil empezó a sufrir cambios significativos. Los encomenderos comenzaron, a través de los caciques, a coaccionar a las mujeres a concentrarse en las casas de éstos para elaborar las mantas del tributo para que fuesen entregadas en plazo establecido. En 1573, el defensor de los naturales decía que todas las que “hilan y tejen las mantas que dan de tributo las recogen y las hacen ir a todas juntas a las casas de los caciques y que se estén allí y las mas de ellas al sol y al aire”. Juan Huchin, principal del pueblo de Tecay señalaba que “por mandato del gobernador Pablo Miz, del dicho pueblo... y por mandado del dicho Diego Osorio, su encomendero, que a todas las veces que viene al dicho pueblo lo manda que sean juntadas las indias al calmuna”, o sea la casa en donde las mujeres eran compelidas a congregarse para tejer las mantas del tributo (AGI, Justicia, legajo 1016; O’Gorman 1940:476). A partir de estos años, el ambiente de “alegría y regocijo” que tenía la tradición prehispánica del trabajo colectivo de las mujeres durante el tejido comenzó a modificarse. Ahora un poder externo al pueblo, pero accionando a través del cacique, las compelía para juntarse y vigilarlas durante el proceso de trabajo, y por lo tanto, para hacerlo más intenso con el fin de cubrir la cuota tributaria.

    Durante el transcurso de una década, el camulna, o sea esta especie de talleres artesanales, en donde la ayuda mutua y la rotación debieron seguir funcionando, comenzaron a tener un lugar aparte de la casa del cacique. Al mismo tiempo, con su surgimiento, a las indias les fueron imponiendo un horario de trabajo. El cacique las obligaba a permanecer desde la mañana hasta la tarde, después de víspera. Ante este hecho, sus labores empezaron a estar en función de la producción de las mantas del tributo y no en relación con sus obligaciones con el grupo familiar. Los maridos se quejaban contra el sistema de camulna, porque durante la ausencia de sus mujeres se desorganizaba el trabajo doméstico.Todos los hombre coincidían en señalar que, además de no atenderlos a la hora de la comida y descuidar la crianza de los niños, no acudían “al gobierno de sus casas” (O’Gorman 1940:432, 440, 450, 460).

    Pero la incorporación de las esposas de los principales a las obligaciones tributarias y la intensificación del trabajo femenino no resultaron medidas suficientes para que las mujeres de los pueblos elaboraran la cantidad de tejidos exigidos por los españoles. Por ejemplo, las indígenas del pueblo de Tezemi Boxche no entregaron a su encomendero completa la cantidad de mantas de diciembre de 1582 y la de agosto de 1583. Ante las exigencias de su encomendero, apenas pudieron, en ambos tercios, tejer una (O’Gorman 1940:459).

    Esta era la situación de los pueblos a fines de la séptima década del siglo de la Conquista. Las cartas, las querellas, los informes, las acusaciones y las réplicas del gobernador, del defensor, de los franciscanos, de los encomenderos dirigidas a la Corona reflejan la vida de los indígenas, pero particularmente la de las mujeres, de este periodo. Este cúmulo de informaciones motivaron a Su Majestad para que, finalmente, el 17 de marzo de 1579 ordenara a la Audiencia de México enviara un oidor a la provincia (AGI, Audiencia de México, legajo 2999-D2, ff 183-184).

    Pasó todavía un poco más de cuatro años para que el doctor don Diego García de Palacio arribara a la provincia como oidor de la audiencia de la Nueva España. Él reformó el sistema tributario. Instauró la capacitación individual. En adelante, cada maya casado entregaría a su encomendero dos piernas de manta, una fanega de maíz, y dos gallinas, una de Castilla y otra de la tierra. Al mismo tiempo incorporó al viudo, viuda, soltero y soltera como medios tributarios, eliminó las menudencias del tributo, y dispuso se entregue a dos plazos: uno en San Juan (24 de junio) y el otro en navidad (25 de diciembre) (García Bernal 1978:385-386). Los resultados de estas medidas fueron, al menos durante algunos años, benéficos para las mujeres, pues se les descargó cuando menos un 50 por ciento de su carga textil (Quezada 1997:198).



Material publicado en: Rosado, Georgina (coord). Mujer maya. Siglos tejiendo una identidad. CONACULTA, FONCA, Universidad Autónoma de Yucatán, 2001. 210 págs.

Profesor investigador de la Unidad de Ciencias Sociales del Centro de Investigaciones Regionales de la Universidad Autonoma de YucatánRegresar

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