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En la variedad está el gusto... y el sustento. Dibujando parcelas de comunidades mayas de la península

Margarita Rosales González


Adentrarse en comunidades mayas de la Península y en sus campos de cultivo, más allá de las plantaciones de henequén en el norte de Yucatán, de las de naranja del Sur del estado o en los extensos pastizales del oriente, de Quintana Roo y de Campeche, es descubrir en sus pequeñas parcelas o en sus solares una diversidad de cultivos y una variedad de especies que denotan un conocimiento ancestral, transmitido por generaciones y que se enriquece continuamente con la adopción de nuevas especies vegetales.

    Es cierto que el monocultivo, propio de la agricultura capitalista y adecuado para obtener más ganancias para aquellos que ven en el trabajo de la tierra simplemente un negocio, ha estado presente en el campo yucateco desde el siglo pasado y ha dominado la agricultura de la península en este siglo con plantaciones de caña y henequén, sembradíos de maíz, sorgo, arroz, algodón, hortalizas e inmensos pastizales. Estos cultivos se realizan mayormente con maquinaria agrícola y con fertilizantes, herbicidas y pesticidas químicos. Ello, además de sus altos costos, lleva a la erosión y a la contaminación de la tierra y de los mantos de agua. Grandes extensiones de selva se han perdido, especialmente por las plantaciones de henequén y caña y el crecimiento de la ganadería.

    Sin embargo, no es esta la forma de trabajar y relacionarse con la tierra propia de los campesinos mayas de la península, no obstante haberse ocupado como jornaleros en todas estas plantaciones y aun cultivar en sus ejidos el maíz, el arroz o la naranja de la manera como los programas gubernamentales lo indican. En los espacios en los que ellos deciden sobre qué, cómo y cuándo cultivar o bien, en cuanto encuentran posibilidades de sembrar de acuerdo a sus propias estrategias, la producción diversificada de sus parcelas y solares predomina.

    No se trata sólo de una forma de cultivar y manejar el medio ambiente diferente a la capitalista dominante, sino también de una lógica distinta de producir y de ver la vida. Ante todo se siembra para el consumo familiar, tanto el cotidiano como el festivo y el ritual y también para tener productos que vender; pero no uno sólo, sino varios que puedan comercializarse en distintas épocas de año y afrontar los precios cambiantes del mercado. Esta lógica de manejo de la tierra, acorde con la rica biodiversidad de la región, es la forma ancestral propia de los mayas desde la época prehispánica.

    Si bien gran parte de las formas intensivas de trabajar la tierra de los antiguos mayas se han perdido, como la siembra en terrazas, en camellones, con diques que contenían las inundaciones; el policultivo de la milpa y el uso múltiple de los solares, enriquecido con las especies introducidas en los últimos siglos, continúa presente. Es cierto que los herbicidas químicos limitan la producción de otras especies en la milpa y que se han perdido semillas de las muchas que existían, o bien que los solares se han descuidado o deteriorado por la falta de tiempo para atenderlos. Empero, la variedad de cultivos sigue presente en las comunidades mayas de la península, aunque no todas las parcelas y solares compartan la misma riqueza, atención o cuidado.

    Y es este saber producir de forma diversificada en diferentes comunidades de la península, plasmado en dibujos de parcelas elaborados por campesinos y campesinas, el que queremos destacar en este artículo. Estos dibujos fueron realizados en el transcurso de una serie de ocho talleres de formación de 30 promotores (as) rurales, provenientes de 15 comunidades de la península. Estos talleres se llevaron a cabo de mayo de 1996 a mayo de 1998 como parte de un Proyecto Peninsular de Desarrollo Participativo (ver nota al final) que pretende involucrar a grupos de trabajo para el desarrollo de las mismas. En los talleres se enseñaban diferentes técnicas de diagnóstico que les permitieran conocer y reflexionar acerca de sus recursos productivos y la forma de trabajarlos. Estos diagnósticos y sus expresiones pictográficas también son creaciones populares que nos ilustran sobre el uso del suelo y sobre la riqueza y variedad de cultivos en las diferentes comunidades. Entre las técnicas de diagnóstico puestas en prácticas destaca el mapa de actividad con flujo de recursos que es un dibujo de una parcela, un solar o un apiario, como visto desde arriba, en el que se dibuja o escribe todo lo que hay dentro de este terreno: animales, plantas, suelo, agua, construcciones, tal como se encuentran dispuestos. Del lado izquierdo del dibujo se pone una lista de todo lo que se utiliza en el cultivo del terreno: trabajo, herramientas, insumos, con su cantidad y costo y, del lado derecho, una lista de la que se obtiene: productos para la venta o para el consumo y su precio. Esta técnica sirve para conocer de una manera aproximada lo que se invierte en trabajo y dinero en una parcela y lo que se obtiene en un ciclo agrícola, así como la forma en que se usa el suelo y se distribuyen las especies y permite reflexionar sobre las cosas buenas y los problemas encontrados.

    Esta técnica se practicó en el taller de Bolonchén en noviembre de 1996 y posteriormente, en las comunidades. Cada promotor con su grupo de trabajo elaboró uno o dos de estos pictogramas o dibujos, mismos que se mostraron y explicaron a los demás grupos en el taller de Bacalar en marzo de 1977 (foto 1). Como los promotores provienen de 15 distintas regiones de la Península (ver mapa) los dibujos de las parcelas presentados expresan las diferencias en los patrones de cultivo de cada región pero al mismo tiempo muestran algunas constantes como la importancia de la milpa en todas ellas, pese a no ser, la actividad principal así como un uso múltiple y diversificado de los recursos, aunque en pequeña escala. De manera que los dibujos permitían no sólo la reflexión sobre sus cultivos, sino conocer cómo se trabaja en otros lugares así como nuevas técnicas o cultivos e intercambiar experiencias, observar las diferencias y lo que comparten unos con otros. Veamos algunos de estos mapas representativos de las distintas microregiones que participaron en los talleres.

    En la comunidad de Sinanché, ubicada al noroeste de Mérida en la zona henequenera, observamos que dentro de la misma parcela y al lado del henequén se siembra maíz, diversos tipos de frijol, ibes, camote, jícama y algunas hortalizas como calabaza, sandía e incluso papaya. Todo ello, con excepción del henequén, básicamente para el consumo de la familia (foto 2). El grupo de Telchac Pueblo, también henequenero, dibujó una parcela con henequén intercalado con maíz, frijol, calabaza, ibes y sandía. Ello nos habla del interés por el policultivo aún en zonas donde ha predominado por mucho tiempo la plantación henequenera. Cabe notar, asimismo, la importancia de la milpa, siempre presente en la mente y en la vida cotidiana de los campesinos y campesinas, aun cuando su cultivo ya no predomine en la zona. Así, cuando se proponía a los grupos elegir algún cultivo para hacer el ejercicio del diagnóstico escogían generalmente la milpa aun aquellas campesinas provenientes de comunidades henequeneras.

    Al margen de lo expresado en este dibujo, que muestra lo propio y tradicional en el aprovechamiento de las pequeñas parcelas y solares, especialmente para consumo, es preciso aclarar que la economía de Sinanché se basa en el cultivo del henequén, de las hortalizas, en la pesca durante la temporada y en el trabajo asalariado fuera de la comunidad. El fomento de los solares y de pequeñas agroindustrias como la elaboración de horchata, longaniza, chocolate, pomadas medicinales, son algunas opciones que se impulsan para no tener que migrar.

    En contraste, el sur del estado siempre se ha caracterizado por una producción diversificada tanto para el consumo como para el mercado, gracias a la rica tradición de sus habitantes en el conocimiento y aprovechamiento múltiple de diversos microambientes que lo caracterizan. A la milpa, el henequén, la caña y el tabaco se agregaron en este siglo las hortalizas y los frutales, primero de temporal, provenientes de los pequeños sembradíos en la sierrita o conucos y luego de las huertas diversificadas de las primeras unidades de riego de Oxkutzcab. En la década de 1970, los proyectos estatales impulsaron las plantaciones de cítricos a través del Plan Chaac y el desmonte y mecanización de tierras profundas para sembrar maíz, frijol, cacahuate e incluso arroz; pero, tanto los frutales como los mecanizados fueron poco a poco adaptados a la forma tradicional y diversificada de trabajar la tierra.

    La pequeña comunidad de Xohuayan, ubicada en la sierrita o Puuc en el municipio de Oxkutzcab, no ha sido beneficiada aún con sistemas de riego debido a que el agua se encuentra a más de cien metros de profundidad, no obstante lo cual se empeñan en aprovechar lo más posible sus parcelas de temporal. Además de la milpa se siembra chile y sandía, se cría ganado y se fomenta pequeñas parcelas y solares como el que se ilustra en la foto 3, donde se observa algunos cítricos y frutales como zapote y tamarindo, cultivos semiperennes como la papaya y hortalizas como rábano y calabaza. En ellas se sigue el modelo de la huerta diversificada de Oxkutzcab: sembrar los frutales y, mientras crecen, se plantan cultivos semiperennes y hortalizas.

    Cabe destacar cómo en la parcela que se prepara con tractor, conocida por los habitantes de la zona como el mecanizado, no sólo se siembra maíz, siguiendo el modelo inicialmente propuesto por las instituciones de gobierno, sino también ibes, espelón, cacahuate, chile y calabaza, siendo algunos de estos productos los que al alcanzar un mejor precio que el maíz, compensan algunos de los gastos que éste implica (foto 4). Recientemente los campesinos están sembrando también frijol jamapa para restituir nitrógeno a la tierra y para alimentar cerdos del país que crían en sus solares. En 1997, año en que hubo buen temporal, estos campesinos obtuvieron en la tierra mecanizada y en una parcela trabajada sin la acostumbrada quema, sin insumos químicos y con labranza mínima manual, alrededor de 5 toneladas por hectárea.

    En la comunidad de Chacsinkin, en el municipio del mismo nombre, ubicado también al Sur del estado, predomina la producción milpera tanto en los altillos como en los suelos planos y rojizos en los que se siembra maíz de manera continua con algunas semillas mejoradas, cultivándose también la sandía y el chile. Algunos solares de la localidad cuentan con terrenos amplios y poco pedregosos donde recientemente se siembra hortalizas con fertilizantes orgánicos. También grupos de mujeres pretenden mejorar sus solares con la cría de animales y siembra de hortalizas. Para facilitar un mejor conocimiento de lo que tienen, se les pidió elaboraran mapas como el de la foto 5 y realizaran caminatas o transectos en los que dibujan todo lo que se veía en el solar (foto 6). En ellos se observa la presencia de algunos cedros y robles así como árboles de huaya, tamarindo, aguacate, ramón, naranjas, limón, limonaria, caimito, cultivos semiperennes como la papaya, el plátano, el achiote. Se apuntó que los animales no están encerrados por lo que no pueden sembrar hortalizas hasta contar con cercos.

    En San Nicolás, Calkiní, comunidad ubicada en el Camino Real de Campeche, donde se cultiva maíz y algunos árboles frutales, pero donde la mayor parte de la población se dedica al tejido de la palma jipi con la que confeccionan sombreros, nos encontramos también con una huerta diversificada. En el dibujo se observa naranjas, mandarinas, nance, mango, limón, ciruela, plátanos, a más de hortalizas y arbustos como la chaya que utilizan para alimentar a los cochinos junto con otros subproductos de la huerta (foto 7).

    También en Campeche, en la región conocida como los Chenes, hay comunidades que están mejorando el aprovechamiento integral de sus solares e introduciendo el uso de insumos orgánicos como la composta que aumenta la fertilidad de los terrenos. También se ensaya el control biológico de algunas plagas con preparados de ajo y otras especies. En este impulso a la agricultura orgánica destaca la comunidad de Xmaben, ubicada en la zona montañosa y en donde hay un grupo de mujeres que se empeña en cultivar diversas hortalizas en sus solares para mejorar la alimentación de su familia y con ello combatir la desnutrición. El dibujo ilustra el solar de una de las promotoras de hortalizas que participó en los talleres (foto 8).

    Los Chenes ha sido una región que en diversos momentos de su historia se ha destacado por su producción agroforestal, a principios de siglo por la explotación de chicle y maderas preciosas, posteriormente por el cultivo de la milpa y recientemente por la producción de miel, si bien continúa siendo muy importante el cultivo de maíz, sembrado ahora preferentemente en las planadas de kankab o suelos rojos y profundos que se trabajan con maquinaria agrícola. Recientemente algunos campesinos fomentan parcelas agroforestales de temporal en las que combinan cedros con árboles frutales como el marañon y el mango, además de cultivos como el plátano, el achiote o la jamaica y los tradicionales cultivos anuales: maíz, camote, yuca, chirimoya, anona, que se aprovechan para el consumo o para la venta. Como ya señalábamos no en todos los solares existe esta variedad de especies ni son atendidas con el mismo cuidado.

    Como podemos ver, si bien se incorporan nuevas técnicas, semillas mejoradas o cultivos comerciales o se recuperan antiguas prácticas agrícolas y se experimenta con el control biológico para poder prescindir de los caros y nocivos insecticidas, se mantiene el manejo diversificado del medio ambiente y el policultivo de las especies tradicionales como el macal y otras muchas especies que puedan aprovecharse para consumo y para venta (foto 9).

    La comunidad de Nueva Jerusalén, ubicada al poniente de Bacalar en el estado de Quintana Roo, esta formada, al igual que otras de la zona, por campesinos mayas que migraron al oriente de Yucatán en busca de montes altos para hacer sus milpas. Con el crecimiento de la población, la extensión de la ganadería y la explotación de maderas preciosas por empresas privadas, la selva alta fue seriamente afectada. La milpa rinde menos pero ahora se combina con algunos cultivos comerciales como el chile jalapeño o el plátano. En la parcela diversificada que nos muestra el dibujo (foto 10) vemos naranjas, plátanos, papayas hortalizas, cacahuate y jícama. En estas comunidades observamos amplios solares en donde todavía se encuentran algunos árboles de caoba y cedro así como el caimito, aguacate, mamey, zapote, mango, limón, que permiten, además, elaborar los guisos tradicionales para el consumo familiar y festivo.

    En contraste con el monocultivo y la utilización de dosis altas de insumos químicos, esta forma de trabajar la tierra resulta más acorde con un manejo sustentable del medio ambiente. Es decir, con cultivos que no solo permitan obtener ingresos por unos cuantos años y agoten la tierra sino con aquellos que hagan posible producir de manera continua, preservando y enriqueciendo los recursos para futuras generaciones. Si bien en las comunidades mayas se encuentran los principios básicos de este manejo, se requiere de recursos y asesoría para fomentarlos y resolver algunos de los problemas que enfrentan. Recrear este saber, dibujándolo, compartiéndolo y reflexionando sobre la riqueza de lo que se tiene y sobre lo que no se aprovecha o lo limita puede ayudar a encontrar alternativas para las dificultades enfrentadas.

Nota: El Proyecto Peninsular de Desarrollo Participativo, iniciado en 1995, lo promueven organizaciones no gubernamentales para el desarrollo que trabajan en diversas regiones de la Península de Yucatán, así como profesionistas adscritos a centros de investigación. Estas organizaciones son: Educación Cultura y Ecología (EDUCE A.C.) con sus dos sedes de trabajo en los Chenes, Campeche y en el poniente de Bacalar, Q. Roo; Investigación, Educación Popular y Autogestiva, (IEPA A.C.) con trabajo en comunidades del Camino Real; Misioneros A.C. que labora en el sur de Yucatán, así como el Depto. de Investigación, Sistemas y Extensión de la Facultad de Veterinaria Universidad Autónoma de Yucatán (UADY) y la Sección de Antropología Social del Centro INAH Yucatán.

 

Investigadora del Centro INAH-Yucatán

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