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Entre la duda y la esperanza: La situación actual de la Organización de Médicos Indígenas Mayas de la Península de Yucatán (OMIMPY)
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Encuentro para Fortalecer la Medicina Tradicional Maya. Hobonil, Yucatán, 2008.
Encuentro para Fortalecer la Medicina Tradicional Maya. Hobonil, Yucatán, 2008.

Las dos últimas décadas se caracterizan por un intenso movimiento nacional de reivindicación étnica y afirmación cultural en el que se incluye la defensa de las medicinas indígenas y/o tradicionales y el establecimiento de un sistema pluricultural de salud. En este contexto, a fines de Los Noventa se erige la Organización de Médicos Indígenas Mayas de la Península de Yucatán (OMIMPY) dedicada al rescate y desarrollo de la medicina tradicional y a la defensa y reivindicación de su conocimiento como una forma cultural propia, frente a las instituciones de Estado. Sin embargo, a dieciocho años de su fundación, sus agremiados aún luchan por su reconocimiento social, institucional y legal en medio de la controversia, la incertidumbre y la esperanza, pues su sobrevivencia depende en gran medida de la buena voluntad de las instituciones oficiales.

Este texto trata del proceso de formación y situación actual de la Organización de Médicos Indígenas Mayas de la Península de Yucatán (OMIMPY) y de la lucha por el reconocimiento institucional y legal emprendida por sus agremiados. Tomando en cuenta que las medicinas indígenas aún permanecen en el campo de la legalidad restringida y de una generalizada subordinación ideológica, analizo las relaciones que los médicos indígenas mayas establecen con los médicos alópatas y las instituciones gubernamentales dominadas por éstos; así como la percepción que los terapeutas tradicionales tienen sobre el proceso de legalización. Por legalización entiendo un proceso de reconocimiento colectivo sustentado en normas escritas con el valor privilegiado de ley que se distingue de las tradiciones, normas, prácticas y costumbres comunitarias que no se hallan escritas pero que conservan un generalizado reconocimiento en los pueblos indígenas y que se basan en el derecho consuetudinario (Campos, 1997: 70).

            Los datos están basados en distintas investigaciones que en el campo de la antropología médica he realizado en Yucatán desde 1996 y de un proyecto más amplio que llevé a cabo en la localidad de Tzucacab, de 1998 a 2001, en el cual analicé la trayectoria de atención médica (alopática y tradicional) ante las complicaciones del ciclo reproductivo. También obtuve información de dos encuentros regionales de médicos indígenas efectuados en 2001 y 2002, donde sostuve conversaciones con terapeutas agremiados a distintos consejos peninsulares. Además, entrevisté a terapeutas independientes que nunca habían pertenecido a organización alguna. De manera complementaria, a fines del 2003 entrevisté a un grupo de médicos indígenas agremiados en el Consejo Regional “Jacinto Pat” de la OMIMPY, 1 así como el asesor de la misma organización con sede en Peto, Yucatán, por lo que hago más énfasis en las actividades por ellos desarrolladas y no tanto en las de otras agrupaciones de la Península. Para tener un perfil más amplio de la situación de las organizaciones de médicos indígenas en el país, consulté otras fuentes secundarias: periódicos, leyes, actas, estatutos, reglamentos y programas que los involucran.

            Sobre esta base organicé el artículo en cuatro apartados: en el primero se vislumbran los antecedentes de las organizaciones de médicos indígenas y el marco legal que existe actualmente en México; el segundo describe, como parte de un proceso más amplio, el surgimiento y estructura de la OMIMPY, los obstáculos que persisten en la organización y sus metas; el tercero expone la conformación del Consejo Regional “Jacinto Pat”, su estructura y funcionamiento actual; el último describe de manera sucinta las actividades que lleva a cabo el Centro Local de Desarrollo de la Medicina Indígena Maya en Tzucacab, al sur del estado de Yucatán.

 

Antecedentes y marco legal de las organizaciones de médicos indígenas

El proceso de agrupación de los médicos indígenas en México data de las dos últimas décadas y surge como una estrategia de legitimación de sus formas de reconocimiento. Empleo el término convencional medicina indígena tradicional tal y como lo ha definido la antropología y como se autodenominan las organizaciones, como la OMIMPY y otras agrupaciones nacionales, y que refiere a los saberes y prácticas curativas ligadas a una tradición ancestral, producto del sincretismo entre la medicina indígena mesoamericana, la medicina española del siglo XVI y, en menor medida, la medicina negra que llegó con los esclavos y que se ha seguido desarrollando en un proceso de aculturación con la medicina occidental y con otros modelos médicos alternativos (Zolla y Carrillo, 1998: 183). Del mismo modo utilizó el término médicos indígenas mayas para nombrar colectivamente a los distintos especialistas de la península yucateca que comparten elementos de identidad étnica y una cosmovisión de la salud, la enfermedad, el cuerpo y la curación.

            En México, las últimas dos décadas se caracterizan por un intenso movimiento reivindicatorio y de afirmación cultural en el que se incluye la defensa de las medicinas indígenas tradicionales y el establecimiento de un sistema pluricultural de atención a la salud. Reivindicaciones que han sido planteadas como demandas en diferentes documentos: la Declaración de Oaxtepec (1989): La Declaración de Principios del Consejo Nacional de Médicos Indígenas Tradicionales (CONAMIT), constituido en la Reunión de Tlaxiaco, Oaxaca, 1991; el Programa Nacional de la Medicina Indígena Tradicional (1992); y la Declaración de Cherán (2002), entre otros.

            El origen de las organizaciones que involucran a médicos indígenas de las distintas especialidades se remonta a 1983, cuando se instrumentó el programa de Interrelación con la Medicina Tradicional en el estado de Chiapas que privilegió la participación de la comunidad en el cuidado de la salud y el aprovechamiento de los recursos de la medicina tradicional como parte de las estrategias de atención primaria a la salud (aps).2 En 1985, los médicos indígenas, asesores y técnicos formados en dicho Programa fundaron la Organización de Médicos Indígenas del Estado de Chiapas (OMIECH). Sobre esta base organizativa, a partir de 1989 el Instituto Nacional Indigenista (INI) a través de sus Centros Coordinadores Indigenistas (CCI) del país, se dio a la tarea de apoyar la creación de agrupaciones similares.3

            En los últimos quince años, la defensa de la medicina indígena tradicional se ha ido convirtiendo en un proceso incipiente y progresivo de asociación, cuyos principales fines son la defensa colectiva y la garantía del ejercicio autorizado, libre y responsable de la medicina indígena por parte de los curadores organizados e incluso independientes (Campos, 1996; 11). De 1990 a 1995 se produjeron cambios importantes en el ámbito nacional e internacional. En noviembre de 1991 el Gobierno Mexicano aprueba y ratifica el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que exige a los estados considerar los recursos curativos tradicionales en la implementación de sus políticas de salud. Por otra parte, la reforma del Articulo 4º de la Constitución Mexicana y la modificación del Artículo 2º admiten que el país tiene una composición multiétnica y pluricultural, reconociendo la existencia y el derecho de los pueblos indígenas a conservar su propia cultura, usos, costumbres y recursos. En este mismo sentido, con la creación del Programa Nacional de la Medicina Indígena Tradicional en 1992, se afirma que

(...) los médicos indígenas tradicionales sostienen su derecho a conservar, practicar, desarrollar y transmitir su medicina tradicional, así como a defender sus sistemas de creencias, conceptos y prácticas médicas; que el único reconocimiento válido de la medicina indígena tradicional es el otorgado por las comunidades donde ésta se práctica; la necesidad de que en el país se reconozca la existencia del sistema real de atención a la salud, conformado por la medicina académica, la medicina tradicional y la medicina doméstica (Conamit, 1992: 3).

            Siguiendo esta misma tendencia, el periodo 1995-2004 fue proclamado como el Decenio Internacional de las Poblaciones Indígenas con el fin de promover la adopción de instrumentos internacionales que combatieron la discriminación y promoviesen la igualdad, el derecho a la diferencia y al reconocimiento y garantía de los derechos específicos de los pueblos indígenas.

            En el 2001, en el marco de una nueva relación entre el Estado y los pueblos indígenas de México, es fundado el Programa Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (PNDPI)4 cuyas bases son el respeto a los derechos de los pueblos en su diversidad cultural y el reconocimiento de sus capacidades para participar en todos los ámbitos del desarrollo social. En otras palabras, se reconoce a los indígenas como sujetos políticos que representan sus intereses en cuanto a miembros de etnias y pueblos susceptibles de organizarse e influir en el ámbito público (pndpi, 2001-2006). Más recientemente (2002), la Organización Panamericana de la Salud (OPS) emitió la propuesta “Medicinas y Terapias Tradicionales, Complementarias y Alternativas” con el fin de identificar estrategias que contribuyeran a la organización y prestación de sistemas y servicios de salud integrales y culturalmente apropiados en las Américas. Desde la vertiente de la defensa del patrimonio cultural, también se plantea estrategias en torno a la protección y legitimación del conocimiento médico tradicional en las que se incluyen pronunciamientos en contra de la usurpación y mercantilización de los conocimientos y recursos curativos de la medicina indígena tradicional.5

            En este contexto de reivindicaciones étnicas, en la última década, se constituyen y consolidan numerosas organizaciones de médicos indígenas a lo largo y ancho del país; muchas de las cuales se afilian al Consejo Nacional de Médicos Indígenas Tradicionales (Conamit) conformado a fines de 1991. Para el 2002 este Consejo agrupaba a 57 de las 102 organizaciones registradas en México por el entonces ini, entre las que destacan la Organización de Médicos Indígenas del Estado de Chiapas (OMIECH), con sede en San Cristóbal de las Casas; la organización de Médicos Indígenas Mayas de la Península de Yucatán (OMIMPY), con sede en Yucatán, Campeche y Quintana Roo; el Consejo Estatal de Médicos Indígenas Tradicionales (COESMIT) con sedes en Chicontepec, Texcatepec y Santa Rosa Lomalarga, Veracruz; la Organización de Médicos Indígenas de la Mixteca Alta (OMIMA) con sede en Tlaxiaco, Oaxaca; la Organización de Médicos Indígenas Totónacas (OMIT) en Papantla, Veracruz, la Agrupación de Médicos Tradicionales de Cumpícuaro, Michoacán; la Organización de Médicos Indígenas Purépechas (OMIP) en Pátzcuaro, Michoacán, y la Agrupación Mayo-Yoreme en el norte de Sinaloa, entre otras. De manera paralela a este movimiento han tenido lugar distintos foros y encuentros desde fines de los Noventa promovidos por agrupaciones de médicos indígenas y apoyados por distintas agrupaciones nacionales e internacionales comprometidas con esta causa, donde analizan la situación actual y las perspectivas de la medicina tradicional y expresan su irrestricta defensa de los recursos naturales y saberes tradicionales de sus comunidades, así como su rechazo a las políticas oficiales.6

            A pesar de los logros alcanzados en materia de derechos indígenas y de algunos esfuerzos institucionales por conservar y revitalizar las medicinas tradicionales, queda pendiente una reglamentación específica en el terreno de la medicina indígena, los cambios en la Ley General de Salud y, sobre todo, dar cumplimiento a los ordenamientos, acuerdos, leyes, convenios y tratados nacionales e internacionales que protegen los saberes médicos de los pueblos indígenas. Hasta la fecha no se han hecho nada como respuesta a los pronunciamientos y demandas de los pueblos indígenas, a pesar de que el Gobierno Federal afirma que el fortalecimiento de la medicina tradicional es una política es una política prioritaria, con lo cual se abre nuevamente un debate que lleva ya casi 500 años.

 

Los orígenes de la OMIMPY y su situación actual

Hasta fines de los Ochenta, la única experiencia de agrupación formal de médicos indígenas en la península era la del programa nacional de capacitación a parteras empíricas, promovido por el sector salud mexicano; el resto de los especialistas indígenas ejercía de manera aislada, clandestina e ilegal, aunque con el reconocimiento de sus comunidades, y más recientemente, de algunas instituciones nacionales e internacionales.

            El concepto de especialista no es nuevo en la historia regional, entre los mayas yucatecos había, y aún existen, distintos expertos dedicados a mantener y a restaurar la salud de los individuos. Éstos pueden dividirse en dos grupos: el primero se caracteriza por ser más técnico; en él aparecen la partera, x-aalansaj o xk’am champal encargada de la atención del embarazo, parto, puerperio y del recién nacido, que de manera secundaria cura enfermedades comunes en la mujer; el huesero o jk’ax baak encargado de corregir lesiones en los huesos y ligamentos ; el yerbatero o jts’aak xíiw que conoce y prescribe plantas medicinales y el sobador jpáats’ quien recurre a una variedad de sobadas para el tratamiento de distintos desórdenes físicos. En este grupo, la curación supone el manejo de habilidades cognoscitivas que pueden ser manuales o de otro tipo, que suelen equipararse o subordinarse a los efectos mágico-religiosos. Los terapeutas aprenden su oficio principalmente a través de la práctica empírica de miembros de su familia o de especialistas de mayor edad.

            En el segundo grupo, de carácter mágico religioso, figuran el jmeen, sacerdote maya quien, además de sus funciones terapéuticas, se encarga de rituales agrícolas como la ceremonia de petición de lluvia o ch’a’a cháak y la primicia de la milpa o waajil kool; el curandero o jts’aak yaj que atiende diversos síndromes de filiación cultural como el mal de ojo, susto, malos aires; el espiritista que puede realizar curaciones a distancia y el hechicero o jpulyaj quien además de provocar enfermedades puede curarlas. Por lo general, éstos adquieren sus conocimientos mediante sueños o llamamiento divino y basan sus curaciones en procedimientos de eficacia simbólica y control social. A excepción del vocablo x-aalansaj, que perdió vigencia durante la colonia española, los demás siguen siendo empleados actualmente en la península.

            En el decurso de la historia, los médicos indígenas mayas han sido satanizados y considerados responsables de enfermedades atribuidas a la brujería y mucho se ha cuestionado su supuesta o real eficacia curativa. Durante la colonia española fueron difamados, despreciados y perseguidos por sus conocimientos botánicos y fisiológicos. El inicio de la guerra de independencia no evitó que los médicos indígenas fueran juzgados y castigados por el clero regular y secular por recurrir a la “superstición” para interpretar o tratar la enfermedad (Granado Baeza, 1941: 169, citado por Zolla y Carrillo, 1998). Bajo algunos gobiernos socialistas de la década de 1920 se intentó tomar medidas para controlar la acción del ejercicio ilegal de la medicina (Menéndez, 1981: 351). En 1931 la Sociedad Médica Yucateca propuso medidas para combatir el charlatanismo en sus diversas formas entre las que figuran parteras y curanderos yucatecos (Souza Novelo y Magaña, 1931). En 1942 fueron detenidos por ejercicio ilegal de la medicina una serie de curanderos de Teabo, Cenotillo, Tecoh, Peto, Tzucacab y Panabá (González Navarro, 1974: 201). En décadas posteriores, los médicos indígenas no se libraron de acusaciones formuladas en su contra y, aunque ya no se les persigue, se dan casos en que al curandero se le imputan actos de hechicería o brujería (Güémez, 2002: 130).

            Para 1988, a instancias del Centro Coordinador Indigenista del ini en el oriente del estado, un grupo de terapeutas indígenas conviene conformarse en una agrupación dedicada al rescate y desarrollo de la medicina indígena tradicional y para defender y reivindicar su conocimiento como una forma cultural propia, frente a las instituciones de Estado: Organización de Médicos Indígenas Mayas de la Península de Yucatán; se funda así el primer Consejo Regional “Yuum Balam”. No obstante, es hasta diez años después, en 1998, que se consolida legalmente como asociación civil: OMIMPY, a.c. En los años siguientes se irán conformando los demás consejos regionales de la península. En Yucatán, el último en formarse fue el “Saczil” de Halachó, que aún no cuenta con registro.

            Hasta hace cuatro décadas, la atención a la salud comunitaria en el medio rural yucateco y en el sector urbano marginal se sustentaba en gran medida en la medicina doméstica, basada en remedios caseros, y en las distintas formas de atención tradicional. La atención al embarazo y el parto estaba principalmente en manos de las parteras. No obstante, el advenimiento y desarrollo de la medicina alopática (institucional, privada y farmacológica), en las décadas posteriores, socavarán la hegemonía de los curanderos, yerbateros y jmeeno’ob. Las formas de autoatención tradicional basada en remedios también van siendo suplantadas por los medicamentos de patente. Aunque la labor de las parteras no perdió relevancia, se ha ido subordinando7 a la medida institucional a través del control ejercido por las instituciones de salud (Güémez, 2002: 137).

            Como respuesta a este proceso de desplazamiento, desde su instauración, la OMIMPY ha tenido como principal objetivo promover la conservación, desarrollo y reconocimiento de su medicina tradicional indígena. En la actualidad, sus esfuerzos están dirigidos a formar parte de la Ley General de Salud y de las disposiciones similares en los tres estados de la península yucateca. Según estimaciones del coordinador del área de la salud del ini, hacia el 2001, en la Península, existían 534 médicos indígenas organizados, procedentes de 67 poblaciones de 36 municipios. En Yucatán había cerca de 300 terapeutas afiliados, que muchas veces constituyeron la única opción para atender la enfermedad, el accidente, el embarazo y el parto en poblaciones y rancherías alejadas de los centros urbanos.

            Desde su constitución, los consejos regionales de la OMIMPY han contado en mayor o menor medida con el apoyo de diferentes instancias gubernamentales, organizaciones internacionales, y asociaciones civiles y académicas8 para la construcción y equipamiento de los Centros de Desarrollo de la Medicina Indígena Tradicional (CEDEMIT); el fomento de sus huertos de plantas medicinales; la clasificación, registro, manejo y conservación del material botánico; la preparación de medicamentos herbolarios; así como para que los agremiados asistan a promover sus prácticas y productos a ferias y eventos regionales y nacionales. Hasta diciembre de 2005 la iOMIMPY aglutinaba ocho consejeros regionales  en los tres estados de la Península, de los cuales cuatro funcionan en Yucatán, dos en Campeche y dos en Quintana Roo:

Consejos Regionales de la ominpy

Consejo Regional

Región

Sede

“Yuum Balam”, A. C.

Oriente

Valladolid, Yucatán

“Jacinto Pat”, A. C.

Sur

Peto, Yucatán

“Nachi Cocom”, A. C.

Centro-Sur

Yaxcabá, Yucatán

“Saczil”, A. C.

Poniente

Halachó, Yucatán

Consejo Local de Médicos
Indígenas de los Chenes
(COLMICH, A.C.)

Chenes

Hopelchén, Campeche

Consejo de Médicos Indígenas
del Camino Real (COMICAR, A. C.)

Camino Real

Calkiní, Campeche

“Yuumtsil ku Ts’aak”, A. C.

Centro

Felipe Carrillo Puerto.
Quintana Roo.

Consejo Local de Médicos
Tradicionales de Lázaro Cárdenas

Norte

Nuevo Xcan, Quintana Roo

            En Yucatán, a excepción de los consejos regionales Nachi Cocom” de Yaxcabá y el “Saczil” de Halachó, los dos restantes se ubican en la localidad donde funcionan los Centros Coordinadores Indigenistas (CCIS) de la cdi, que a su vez operan como centros de reunión y asesoría. Valladolid y Peto, en Yucatán, y Felipe Carrillo Puerto, en Quintana Roo fueron sitios importantes de la resistencia maya peninsular, esto nos explica por qué la mayoría de los terapeutas indígenas aparecen concentrados en estas zonas. De hecho, la población indígena peninsular tiende a aglutinarse en la porción central de la península: en la zona sur y oriente de Yucatán; en la franja territorial norte de Campeche conocida como Los Chenes, y en la zona central de Quintana Roo.9 Con 816,889 hablantes (25.3%), la lengua maya yucateca10 ocupa el primer lugar a nivel nacional. Según datos del inegi (2001), en Yucatán hablan maya 549,532 personas (37.3%); en Campeche 93,765 (15.4%), y en Quintana Roo 173,592 (22.9%), lo que nos revela la importancia que tiene como medio de comunicación y como elemento de identidad étnica.

            En Yaxcabá, en la región centro-sur, el Centro de Desarrollo de la Medicina Maya surgió en 1993. En principio, el proyecto se pensó para el municipio de Sotuta, donde se ubica el centro coordinador de la cdi, sin embargo, no fue aprobado por las autoridades de ese entonces. Hasta el año 2000 las autoridades destinaban recursos para el avance de este Centro, que atendía a habitantes de dieciocho comunidades aledañas: Tahdzibichen, Tixcacal, San Pedro, Tibolón, Tabi, Sotuta, Libre Unión, Holcá, Yodzonot, Santa María, Yaxuná, Cholul y Cantamayec, entre otras localidades. Este centro cuenta con varios consultorios y con una farmacia donde expenden medicamentos herbolarios (pomadas, jabones, cremas, ungüentos, champúes y plantas del jardín botánico), cuyos costos fluctúan entre 10 y 20 pesos. Asimismo recibe apoyo de investigadores del cicy para el impulso del jardín botánico que para junio de 2004 contaba con más de 20 mil plantas de unas 50 especies diferentes. El propósito del jardín botánico es proveer de materia prima a los propios curadores de la zona y obtener ingresos mediante la venta de plantas.

            En Holpechén, el Comité Local de Médicos Indígenas de los Chenes (COLMICH) cuenta con un Centro de Atención de la Medicina Tradicional Indígena que consta de tres salas (de parto, de hueseros, de jmeno’ob), una farmacia, una oficina y un jardín botánico. Los terapeutas provienen de comisarías y rancherías aledañas como Bolonchén, Komchén, Xcupil, Pakchén y Pach Uitz, entre otros. En Quintana Roo, el Consejo Regional “Yuumtsil ku Ts’aak”, con sede en Felipe Carrillo Puerto, está integrado por 17 terapeutas procedentes de Tihosuco, Santa Rosa, Kampokolché y Tepich y cuentan con un jardín botánico en el Centro de Medicina Tradicional en las inmediaciones del centro coordinador indigenista.

            Aunque los terapeutas agremiados a la OMIMPY, privilegian la herbolaria como recurso terapéutico, recurren también a una amplia gama de métodos complementarios (medicamentos de origen animal y mineral, limpias,11 sobadas, ventosas, oraciones y súplicas a Dios y a santos benefactores) para el tratamiento de los distintos desórdenes somáticos (gastrointestinales, respiratorios, cutáneos, renales, caída de mollera, p’ulbaj, cirro, etcétera) desempeñan un papel primordial en el tratamiento de distintos padecimientos psicosomáticos (susto, mal de ojo, mal viento o malos aires, hechizos, nervios). Una gran proporción de pacientes, difícil de cuantificar dada la forma en que se desarrolla la práctica, busca ayuda bajo condiciones que se adaptan mejor a su entorno social y cultural y recurren al curandero a quien pueden expresar mejor sus síndromes (angustias, depresiones, ansiedades) y que el médico alópata no reconoce como trastornos o enfermedades que requieren tratamiento.

            Es importante destacar que los servicios oficiales de salud en los sectores rurales de Yucatán no ofrecen atención a los padecimientos psicosomáticos o mentales, de modo que los curanderos locales constituyen una alternativa terapéutica. La labor de algunos de ellos ha trascendido fronteras y son buscados por pacientes de distintos estados del sureste mexicano. Además, con estos especialistas, la gente puede expresarse en un mismo lenguaje, tanto literal (en lengua maya) como figurativo (conocimiento del cuerpo y de las emociones), factores que facilitan la relación médico-paciente. En este aspecto son personas o instituciones necesarias y eficaces que siguen formando parte del abastecimiento de salud de la población indígena y no indígena, a pesar de los avances de la medicina académica.

            En teoría, los consejos de la OMIMPY sólo admiten en la organización a aquellos médicos indígenas que poseen una amplia experiencia en el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades, que tienen el don de curar. La OMIMPY no capacita ni forma a los médicos tradicionales. El representante del Consejo Regional “Jacinto Pat” en Yucatán opina que “ser curandero no es cuestión de capacitarse, aunque ahora los asesores de la cdi aceptan a cualquiera que se diga curandero”. Y agrega: “Pienso que debería haber más seriedad. Los integrantes deberían ser electos por el Consejo y tomar en cuenta su trayectoria y experiencia como médico tradicional en sus comunidades”. Sin embargo, el Coordinador de la cdi, en Hopelchén, Campeche, opina que para preservar la medicina indígena tradicional “es necesario incorporar a las nuevas generaciones para que aprendan esta práctica con plantas y otros recursos naturales, ya que los curanderos y parteras se están haciendo viejos”. Por ello, en algunos consejos se están incorporando aprendices, quienes después de tres a cinco años, pueden pasar a ocupar el cargo de médico tradicional.

            La función de los asesores de la cdi es detectar y convocar a los terapeutas indígenas, afiliarlos a la OMIMPY  y ofrecerles asesoría. A ningún terapeuta se le obliga a pertenecer a la organización. Algunos se han negado sistemáticamente a afiliarse argumentando falta de tiempo o de interés, como el caso de los curanderos del área de Ticul-Pustunich, cuya reputación se extiende por toda la región, lo que les garantiza una vasta clientela. Otros han dejado de asistir a los Cedemit por cuestiones de salud o porque son ancianos con problemas para movilizarse. Algunas parteras no han recibido autorización de sus esposos e hijos, pues ello implica ausentarse del hogar por mucho tiempo para acudir a las reuniones mensuales y a los cursos. Por ejemplo, de los 16 médicos indígenas identificados en la localidad de Tzucacab sólo seis pertenecen al Consejo “Jacinto Pat”. Durante nuestro más reciente trabajo de campo fallecieron dos parteras y un curandero de Tzucacab y un jmeen de Peto. De ellos, sólo una partera había enseñado a su nuera, los otros no hallaron quien se interesara en el oficio. De hecho, algunos terapeutas entrevistados nos hablaron de la resistencia de los jóvenes para aceptar y adoptar los conocimientos tradicionales. Aunque también señalaron –refiriéndose a sus colegas– que algunos no revelan sus conocimientos por celo o egoísmo.

            A diferencia de los médicos indígenas de Chiapas que proceden de diversas etnias: tzeltales, tzotziles y tojolabales, en los de la Península se observan elementos de identidad étnica común (lengua maya, indumentaria, cosmovisión) de una cultura total e integrada. Esto ha propiciado que la medicina indígena yucateca haya logrado un vasto saber acumulado de las plantas nativas e introducidas y sus propiedades terapéuticas, así como una cosmovisión compartida en torno a las nociones del cuerpo y su funcionamiento; y del tratamiento y prevención de las enfermedades naturales y “tradicionales” basados en las categorías frío-calor. En contraste con la medicina occidental, ha construido un concepto profundo del enfermo y de la enfermedad, pues entiende al paciente de manera integral con la naturaleza y con su comunidad como cuerpo y como espíritu. Reconoce que la enfermedad tiene un origen físico, pero también espiritual, por lo que sus prácticas están destinadas a restablecer el equilibrio físico y mental del individuo (véase Güémez, 1992). El médico tradicional vive una experiencia de trabajo y de vida distinta a la del médico occidental, pues es el encargado de resguardar los antiguos saberes de la comunidad. La medicina tradicional no es patrimonio de unos cuantos, sino de toda la comunidad y no ha de servir para el enriquecimiento y lucro personal de quienes lo practican (González, Patricio y Flores, 2002). Desde esta perspectiva, los médicos tradicionales cobran de acuerdo a las posibilidades económicas de los pacientes. El costo de la consulta en los Cedemit, al menos en los de Yucatán, fluctúa entre tres y cinco pesos, más el precio de los medicamentos herbolarios que varía entre 10 y 20 pesos. Es decir, que un paciente no gasta más allá de 25 pesos por visita al curandero. No obstante, con la puesta en marcha de las clínicas del imss-Solidaridad (hoy Oportunidades y los centros de salud de la Secretaría de Salubridad y Asistencia (SSA) –que atienden a población rural marginal y ofrecen consultas médicas gratuitas y medicamentos a bajo costo-, las prácticas médicas tradicionales tienen cada vez menos demanda para el tratamiento de las enfermedades “naturales”.

 

Obstáculos que persisten en la OMIMPY

Una de las principales dificultades que los integrantes de la OMIMPY  han enfrentado desde su creación es la disminución y/o extinción de las plantas medicinales, a consecuencia de la deforestación ilegal, tala inmoderada y el uso desmedido de productos químicos (herbicidas y plaguicidas) con fines agrícolas. Estos agentes, ligados a factores climáticos como sequías prolongadas y huracanes, han alterado el equilibrio del medio ambiente, condición propicia para el enriquecimiento y reproducción de las plantas. Los médicos tradicionales tienen ahora que recorrer largas distancias para buscar las plantas que utilizan y muchas veces es difícil encontrarlas, lo que repercute en los tratamientos de los pacientes. A esta situación habría que sumarle la prohibición que el Gobierno Federal hizo del uso de 85 plantas medicinales en la elaboración de tés, infusiones y suplementos alimenticios.12 Plantas que se encuentran entre las más utilizadas por los pueblos indígenas como el árnica, el alcanfor, epazote, anís estrella, gobernadora, perejil y ruda, entre otras, argumentando, sin ningún fundamento, que dichas plantas pueden contener sustancias activas que dañan la salud. Esto significa un golpe a la práctica de la medicina tradicional, y detrás, pudieran encontrarse los intereses de las grandes empresas y laboratorios transnacionales que gradualmente se han ido apropiando de los saberes y recursos naturales.

            Esta prohibición motivó que, en septiembre de 2002, setecientos representantes de comunidades y organizaciones de médicos indígenas de 31 pueblos de 20 estados del país (incluyendo los tres estados de la Península), participantes en el Foro Nacional en Defensa de la Medicina Tradicional en San Pedro Atlapulco, Estado de México, declararan una “moratoria unilateral a toda actividad de investigación, exploración o prospección de los recursos naturales” que se hallan en sus territorios. Exigieron el cumplimiento de las condiciones para el aprovechamiento libre y universal de riquezas y saberes.13

            Al respecto, los dirigentes de la OMIMPY han señalado en distintos foros que los terapeutas indígenas son abordados por investigadores que sistemáticamente les expropian información valiosa acerca de la herbolaria y la elaboración de productos curativos, que constituyen el legado cultural de sus antepasados y que han preservado por generaciones. En otras palabras, la información es vendida a empresas transnacionales para la investigación de los principios activos, que luego son convertidos en medicamentos similares y genéricos que se venden a gran escala. En febrero de 2004 fue presentada a la Comisión de Asuntos Indígenas de la Cámara de Diputados una nueva iniciativa de Ley General para la Protección de los Conocimientos Tradicionales de los Pueblos Indígenas de México, con el fin de proteger los derechos elementales de los pueblos sobre sus recursos biológicos, conocimientos tradicionales y costumbres.14

            Otra dificultad que los médicos indígenas enfrentan es que los médicos alópatas y las autoridades del sector salud sólo toleran y aceptan parcialmente la práctica de la medicina tradicional, siempre y cuando se subordine a la institucional o profesional. A los terapeutas indígenas sólo se les considera como auxiliares y no como especialistas reconocidos por la población en la atención de la salud de las comunidades. La descalificación de la terapéutica tradicional se deriva del desconocimiento de los médicos acerca de la cosmovisión de las comunidades mayas y de la relación que ellas establecen entre las nociones de salud, enfermedad y medio ambiente.

            Las parteras son las únicas especialistas de la medicina indígena tradicional que han sido convocadas por los servicios oficiales de salud (porque así ha convenido a los intereses del sector salud) para participar en cursos de capacitación con esquemas biomédicos.15 Este proceso se ha dirigido principalmente a la promoción y distribución de métodos anticonceptivos y, de forma reciente, a la detección de cáncer cérvico uterino (ccu). En esas actividades se ha tenido en cuenta muy poco el intercambio real de experiencias de las parteras con los médicos académicos en lo que se refiere a la atención del embarazo, parto y puerperio, así como la detección y el control de las complicaciones más frecuentes en la mujer y en el recién nacido. Aunque la partera tradicional está aún integrada a los patrones comunales, se está convirtiendo en una agente de salud cada vez más afín al modelo médico académico y a una de sus políticas más importantes: la de salud reproductiva y planificación familiar (Véase Güémez, 1997).

            La perdida de confianza de la población hacia los practicantes de la medicina tradicional es un asunto que preocupa a los integrantes de la OMIMPY. En opinión de los dirigentes del consejo “Jacinto Pat”, esto obedece en cierta forma a que algunos que se dicen médicos tradicionales aseguran curar padecimientos como el cáncer o sida en sólo diez minutos; afirman que algunas personas han llegado hasta sus “consultorios” sin posibilidades de vida y se han salvado. Esta situación de ambivalencia genera desconfianza entre los pacientes y familiares y repercute en el prestigio de los demás terapeutas, ya que por efectivas que puedan ser sus terapias existen dudas sobre el trabajo que realizan. Esto hace que sean vistos como charlatanes o iluminados que pretenden vivir a costa del enfermo desesperado, que busca alivio a sus problemas de salud que la biomedicina no ha podido curar. Esto se manifiesta, según los terapeutas entrevistados, en la escasa consulta y venta de medicamentos herbolarios y ha sido tema de discusión en recientes foros regionales de médicos tradicionales. Pero no todos actúan de manera deshonesta, existe otro grupo de médicos indígenas que con franqueza señalan que sus conocimientos fueron transmitidos de sus padres y abuelos y reconocen sus limitaciones ante determinados padecimientos y que competen al médico alópata; o que abiertamente manifiestan, como doña Antonia Cauich, curandera de Dzitás, que no hace milagros, sino una labor social a pacientes que llegan a su casa para atenderse de carnosidad (pterigión), a quienes trata de ayudar.

            Hoy día en Yucatán, en especial en los centros urbanos, los médicos tradicionales enfrentan además la competencia de otros médicos alternativos (homeópatas, acupunturistas, quiroprácticos, espiritualistas y naturistas, entre otros) que llegan de otros estados de la república y que, incluso, se anuncian por la prensa y la radio y que han cobrado auge en los últimos años. Prácticas que se ocupan de terapias que escapan a la competencia de la medicina académica, pero también se manejan al margen de las medicinas tradicionales.

            Además de la situación anterior, lo que más lamentan actualmente los miembros de la OMIMPY es la falta de apoyos económicos oficiales, especialmente provenientes de la cdi. Con el cambio de ini a cdi en mayo de 2003, los apoyos a las organizaciones de médicos tradicionales se dejaron de otorgar.16 La principal razón argumentada por algunas autoridades nacionales y estatales de salud es que, a pesar del apoyo otorgado a las organizaciones de médicos indígenas, no se han visto resultados: los pacientes no acuden a los Cedemits (convirtiéndose en elefantes blancos) y muchos jardines botánicos se encuentran abandonados. De hecho, la Comisión Nacional de Medicina Indígena Tradicional (CONAMIT) en la ciudad de México ha dejado ya de funcionar. Como consecuencia, no ha habido continuidad en la realización de las asambleas regionales y la asistencia a ferias y congresos, únicos espacios para socializar la información e intercambiar experiencias con terapeutas de otras agrupaciones hermanas. Como parte de las actividades, en los encuentros se impartían cursos y talleres sobre temas diversos: uso de plantas medicinales y preparación de medicamentos herbolarios; técnicas de diagnóstico en las principales enfermedades infantiles y de la mujer; diagnóstico y tratamiento de enfermedades renales, cirro y mal de ojo, entre otras; así como técnicas de cuidados prenatales y la importancia de los masajes en el embarazo y el puerperio. Por tal motivo, los representantes de la OMIMPY de los tres estados exigen a los congresos estatales tomar en cuenta a su gremio y legislar para que la medicina tradicional indígena se considere una medicina alterna al sector institucional, para la atención de las etnias.

 

La OMIMPY y los sistemas mixtos de atención a la salud

Además de procurar la protección del legado cultural de la medicina tradicional maya, los representantes de la OMIMPY tienen como propósito establecer formalmente la integración de la medicina tradicional con la medicina alópata para dar una mejor atención a los pacientes. En otras palabras, buscan impulsar el sistema mixto de atención en salud de las comunidades mayas con la participación de los servicios institucionales y el programa imss-Oportunidades. Aunque si tomamos en consideración la existencia concreta de una estructura mixta de atención al proceso salud-enfermedad, deberá considerarse la intervención de tres sistemas fundamentales de atención médica: la medicina doméstica que desarrollan las madres de familia; la medicina tradicional que efectúan los médicos indígenas; y la medicina académica que implementan los doctores y el personal auxiliar de salud (Campos, 1997: 79).

            A pesar del convenio firmado entre el imss-Solidaridady el Conamit, donde la institución gubernamental se compromete a respetar el artículo 4º. constitucional y las recomendaciones del Convenio 169 de la oit, que reconoce a las etnomedicinas tradicionales como un recurso importante en la atención a la salud enfermedad, hasta el 2004 estas iniciativas no habían funcionado en la península yucateca. A diferencia de Veracruz, Oaxaca y Chiapas, donde el imss-Solidaridad ha apoyado la construcción de infraestructura y capacitación para otorgar atención basada en la medicina tradicional, en Yucatán sólo se han construido dos  clínicas de atención mixta: la Casa Maya de Salud Tóoj Óolal en Xhualtez, comisaría de Espita, que da cobertura a usuarios de seis municipios aledaños; y la clínica de Sisbicchén, en el municipio de Chemax, fundada a mediados de 2003. La de Xhualtez fue creada con la iniciativa y las aportaciones de instituciones regionales, nacionales e internacionales, pero en especial con el trabajo de los habitantes de Xhualtez y Tusik, Teóricamente esta clínica da atención médica (alopática y tradicional), atención del embarazo y parto y, además, aplican un programa de nutrición operado por el Fideicomiso para la Salud de los Niños Mayas. Cuentan con un huerto de plantas medicinales donde se han plantado especies para preparar medicamentos herbolarios.

            Respecto al sistema de atención mixta a la salud, el médico tradicional Efrén Osorio, presidente del Consejo Local de Medicina Tradicional de los Chenes, Campeche (COLMICH) señaló en la VIII Jornada Peninsular para el Fortalecimiento de la Medicina Maya Tradicional que no existen acuerdos para lograr la integración de los médicos alópatas con los médicos indígenas17 para la atención a pacientes:

Ellos nos quieren absorber y no aceptan pasarnos pacientes. Es cambio nosotros sí pasamos los nuestros a los médicos del Seguro Social o al issste. Si nos descuidamos, al hacer medicina tradicional en los hospitales, a las parteras las vestirán como enfermeras y si mandamos a un huesero lo usarán como mandadero para comprar los tacos y refrescos de los doctores, por eso mejor nos mantenemos en nuestras organizaciones.

            Actualmente los representantes de la OMIMPY buscan aplicar un programa de colaboración conjunta entre la medicina tradicional y la alopática con el personal médico del Hospital Infantil de la Amistad Corea-México –fundado a fines del 2005- para dar atención tanto a la niñez como a la población adulta de escasos recursos económicos. Los médicos indígenas, en la reunión celebrada el 25 de enero de 2006 en dicho Hospital, expresaron su deseo de trabajar con sus colegas coreanos para asesorarse sobre el proceso de industrialización de remedios naturales, pues aún en muchas comunidades yucatecas aisladas es difícil encontrar un doctor y medicamentos de patente, cuyos costos son inaccesibles para la población indígena.18

            Cabe decir que el sistema mixto de atención a la salud presume la legalización de la medicina tradicional, aunque no lo exige. Ya vimos cómo operan las clínicas mixtas en Yucatán, donde laboran con médicos institucionales y terapeutas indígenas. No obstante, con el éxito de estas iniciativas, impulsadas por asociaciones civiles nacionales e internacionales con el apoyo de los servicios estatales de salud, las autoridades de salud no parecen convenidas de hacerlas extensivas a otras regiones del estado.

            Mientras un grupo de médicos tradicionales afiliados a la OMIMPY propone un enfoque mixto de atención a la salud (alopática y tradicional) que incluya la sensibilización y capacitación del personal médico y paramédico de las instituciones de salud en temas de medicina tradicional; otro grupo de terapeutas sólo se propone lograr su reconocimiento institucional y legal y seguir contando con los apoyos de gobierno para el ejercicio de su práctica de manera independiente, como la han venido haciendo. A otro sector de terapeutas independientes de distintas regiones del estado, al parecer, no le interesa afiliarse a ninguna organización de médicos indígenas a pesar de haber recibido invitaciones de los consejos regionales. Argumentan estar bien en el ejercicio de su práctica con el reconocimiento de sus comunidades y que cuentan con un prestigio social ganado y una clientela garantizada.

            Con relación al sistema mixto de atención a la salud, opino que al cambiar el contexto cultural y espacial donde se desenvuelve la práctica de los médicos indígenas llevándolos a clínicas mixtas, se corre el riesgo de que los pacientes no acudan a ellos (véase Ayora, 1999), pues de alguna manera, ese ambiente de privacidad e intimidad en sus viviendas y/o consultorios les permite estar vigentes y continuar ejerciendo su práctica. Por ejemplo, en Tzucacab, Ticul y Pustunich, al sur del estado, los pacientes visitan los consultorios de los curanderos los martes y viernes, que por lo general se ubican en las afueras del pueblo, y que difícilmente irían a una clínica mixta donde interactúan médicos alópatas y tradicionales.

            Debe recordarse que a mediados de los Noventa, como parte del Programa Nacional del Salud Reproductivas y Planificación Familiar por Parteras Rurales, las parteras capacitadas podían disponer de las salas de parto de los Centros de Salud de la ssa para la atención de los nacimientos. No obstante, a excepción de unas cuantas parteras, las salas no se utilizaron porque les resultaba un espacio ajeno a sus costumbres y peor aun si el parto se realizaba en compañía de un médico o bajo la supervisión de éste. Ante esta experiencia, el sector salud creó las posadas de nacimiento,19 recintos donde la partera podía atender a las embarazadas y parturientas con infraestructura médica mínima (estetoscopio de pinard, báscula, pinzas, tijeras, guantes, mandil y material de curación), pero tampoco tuvieron éxito y el proyecto se fue paulatinamente abandonando.

            En síntesis, las experiencias de integración-articulación de los sistemas oficiales de salud como el anterior o mediante la creación de clínicas mixtas no han fructificado. Autores como Blanco Cruz (1992) proponen dejar a las medicinas tradicionales ser ellas mismas con sus pueblos. Son diferentes y la medicina institucional no tiene porqué intentar capacitar a los médicos tradicionales indígenas con esquemas médicos, sin considerar sus opiniones en el diseño de los programas de salud que las involucran, son algo distinto. Cuanto más eficaz sea la medicina tradicional, mejor actuará al lado de la medicina alopática, complementaria y subordinadamente, de lo contrario puede suceder lo mismo que con las parteras, que por estar bajo el control del sector salud están dejando de atender partos, restringiendo su labor a la atención del embarazo y a la promoción de métodos anticonceptivos.

 

El consejo regional “Jacinto Pat”, A. C.

Este consejo, con sede en Peto, aglutina hoy día a cerca de 60 médicos indígenas de las distintas especialidades. La mesa directiva está integrada por el presidente, el tesorero, el secretario y tres concejales, elegidos en la asamblea general. El presidente es el señor Francisco Dzul, jmeen de Tzucacab con 79 años de edad. El asesor de la organización es un médico alópata, que fuera técnico del ini,20 labor que ya no desempeña debido a que desde el 2002 el ini en Yucatán dejó de otorgar apoyos a los consejos de la OMIMPY para el mantenimiento, compra de material y gastos para asistir a ferias y a las reuniones mensuales. Por ejemplo, don Gonzalo Tun, curandero de Kiní, Tekax, manifestó su deseo de acudir a las reuniones, pero no lo hace por falta de apoyo económico.

            Los distintos especialistas que agrupa el Consejo Regional “Jacinto Pat” proceden de los municipios sureños de Peto, Tahdziu, Tzucacab, Akil, Chacsinkín, Oxkutzcab y Tekax. Según los dirigentes, es el jmeen la principal categoría dentro de los practicantes de la medicina tradicional. En orden descendente le siguen las parteras, los yerbateros, los hueseros. El Consejo está conformado por más parteras que curanderos y/o yerbateros,21 en mucho menor proporción se encuentran los jmeno’ob. Es comprensible que esto suceda, pues, además de ser las especialistas más numerosas dentro de los practicantes tradicionales en la Península, la mayoría de las parteras posee conocimientos de herbolaria medicinal y tiene la experiencia de estar organizada por el sector salud.

            El Centro Regional de Desarrollo de la Medicina Indígena Tradicional (CEDEMIT) se halla a la salida de Peto, sobre la carretera a Chetumal. El terreno se obtuvo, en parte, de las ganancias obtenidas de medicamentos herbolarios que se expenden en la farmacia comunitaria ubicada en las instalaciones del ini. El Centro, inaugurado en agosto de 2000, cuenta con tres salas: una de recepción, una de trabajo y otra de juntas; un laboratorio, dos baños y un dormitorio. A un costado se encuentra el jardín botánico, hecho con recursos del Pacmyc, donde cultivan más de 50 plantas medicinales. Además de la asistencia médica, este jardín cumple funciones didácticas: enseñar a la población las propiedades curativas de las plantas. Cada planta tiene un cartel con su nombre autóctono y botánico y el padecimiento que cura. También se realizan visitas guiadas a estudiantes de las escuelas que lo soliciten donde explican los usos medicinales de las plantas y las diferentes especialidades médicas que se ofrecen en el Centro. El Cedemit funciona de 8:30 a 14:00 hrs. de lunes a viernes para consultas y ventas de plantas medicinales y medicamentos herbolarios. Aunque, en opinión del responsable existen épocas en que no acude ningún paciente a consulta ni a comprar medicamentos. Otros terapeutas entrevistados en Peto y Tzucacab opinan que el Cedemit está destinado a ser un elefante blanco si no otorgan apoyos urgentes para el rescate y revitalización de la medicina tradicional.

 

Actividades del Consejo

Al no disponer de apoyos oficiales, las actividades del Consejo han ido en decadencia en los últimos tres años. Por ejemplo, en el 2000 la OMIMPY estableció un convenio con la Facultad de Química de la UADY en el que los químicos analizaron los ingredientes activos de las plantas medicinales. Como parte de este acuerdo, las terapeutas acudían a los laboratorios de la Facultad a aprender a elaborar compuestos químicos y a preparar medicamentos herbolarios con normas de higiene y calidad para tener una mejor presentación y aceptación en el mercado. Asimismo, los miembros de la OMIMPY asistían a distintas ferias y exposiciones regionales (Feria Yucatán Xmatkuil, Feria de Carrillo Puerto, Feria de la Naranja en Oxkutzcab, etcétera) con la finalidad de dar a conocer sus actividades a través de consultas al público, exhibición y venta de sus productos herbolarios. En Xmatkuil, por ejemplo, lograron tener su propio stand por varios años. Los terapeutas afirman haber tenido éxito y que los padecimientos más consultados fueron la alopecia, granos y espinillas, enfermedades cutáneas, asma, bronquitis y mal de riñón, entre otros.

            Como parte de las labores de difusión del Consejo, Radio Peto xepet, La voz de los mayas22 les ofreció un espacio dentro de su programación semanal con el objeto de difundir mensajes breves a la población acerca del tratamiento y curación de diversas enfermedades mediante el uso de la medicina tradicional. Actividad que en sus inicios funcionó muy bien, aunque luego se convirtió –según los mismos dirigentes del Consejo- en un foro de charlatanes. Un curandero de Peto aprovecha el espacio para hacerse publicidad, ofreciendo curaciones de todo tipo. Después de unos meses este espacio fue suspendido por los directivos de la radio. Este hecho se lamentó mucho, pues una de las propuestas emanadas de los encuentros regionales fue justamente la utilización de los medios de comunicación (prensa, radio, televisión) para difundir sus conocimientos herbolarios e intercambiar experiencias.

 

El Centro Local de Desarrollo de la Medicina Maya de Tzucacab

Este centro fundado en 1989 depende administrativamente del Consejo “Jacinto Pat” con sede en Peto,23 y está a cargo del señor Francisco Dzul, quien además es uno de los jmeno’ob con más demanda en la región para oficiar rituales agropecuarios. Conoce varias fórmulas para elaborar medicamentos a base de plantas (hojas, tallos, frutos, raíces) o derivados de éstas (jugos, aceites, resinas) con los que elabora jabones medicinales para el acné, granos de la piel y alopecia; jarabes para la tos, catarro u asma; suspensiones para cólicos y espasmos menstruales; tinturas para la bilis; gotas para dolor de oído; pomadas y ungüentos para dolores musculares. Ha recibido varios cursos del entonces ini.24 Recuerda uno, impartido por un médico de Tlaxcala, para la elaboración de pastillas y cápsulas a base de plantas. Insiste en que los médicos tradicionales de su agrupación aún emplean, como antaño, hojas, tallos, cortezas, raíces, frutos y resinas. La mayoría conoce con precisión el uso, manejo y preparación de las plantas: técnicas de recolección, almacenamiento, conservación, secado, molido.

            Este Centro, situado en la colonia Esperanza, ofrece consultas y ventas de productos herbolarios casi todo el día. Forma parte de su casa habitación (de paja y embarro) donde tiene un altar con imágenes de santos y vírgenes, velas y flores y algunas fotografías de los pacientes que ha curado. De las paredes de bajareque cuelgan algunas bolsas de nylon que contienen hierbas y raíces secas y pomos de vidrio donde conserva polvos vegetales que emplea en sus curaciones. En su jardín y en el traspatio de su casa cultiva cerca de sesenta especies de plantas medicinales: temporales y silvestres que emplea en el proceso curativo.

            Don Pancho, como lo conocen sus pacientes, ofrece consultas de manera gratuita y sólo cobra los medicamentos. A él acuden pacientes de la misma localidad, aunque proceden más de otras poblaciones vecinas como Peto, Tixmehuac, Chacsinkín y comisarías aledañas. Los meses de mayor actividad, que van de octubre a enero, coinciden con las cosechas, época en que la gente tiene dinero para pagar. Durante los meses de febrero y marzo la proporción de consultas baja notablemente, pero los más bajos son de abril a septiembre. Sus ingresos no dependen exclusivamente de esta actividad, como jmeen oficia distintos rituales agrícolas: waaji kool25 y ch’a’a cháak26 y agropecuarios como el jets’lu’um o loj corral, aunque este último ya casi no tiene vigencia en la población. Con la devastación de las milpas causadas por los últimos huracanes, estos rituales también se han dejado de practicar en la región. Muchos campesinos abandonaron sus milpas y emigraron a distintos centros turísticos de la península en busca de mejores condiciones de vida.

            Al igual que otros terapeutas de Tzucacab, don Pancho dispone de diversos materiales: libros y manuales etnobotánicos como el Manual para Médicos Indígenas, editado por el ini y la unicef en 1990; así como constancias y diplomas de las distintas reuniones y foros nacionales, a los cuales ha asistido (Mérida, Oaxtepec, Felipe Carrillo Puerto, etcétera). Recuerda con agrado su asistencia como representante de Yucatán al Primer Congreso Nacional de Médicos Indígenas, organizado por el ini en Oaxtepec en diciembre de 1989. En este Congreso se expusieron diversos problemas con relación al ejercicio de la medicina indígena de diversos grupos étnicos del país.

 

Consideraciones finales

Como se ha podido observar, el proceso de agrupación de los médicos tradicionales en México es un fenómeno reciente, dinámico y contradictorio que fluctúa entre la duda y la esperanza, la desconfianza y la seguridad. A pesar de esta situación, la OMIMPY se erige como representante de los médicos indígenas de la Península de Yucatán, y refuncionaliza y socializa un saber que es generado y apropiado colectivamente. Genera y difunde una cosmovisión indígena de la enfermedad, utilizando todas las vías de legitimación que acompañan a la institucionalización: credenciales, diplomas y certificados para sus integrantes y que les permite ejercer con mayor seguridad y confianza. La OMIMPY también sistematiza y divulga su saber para legitimarse frente a sus interlocutores, y ha procurado su fortalecimiento a través de la búsqueda del reconocimiento legal para los médicos tradicionales, proceso en el que aún enfrentan muchas dificultades.

            Ante la deforestación, una alternativa que soluciona parcialmente el problema es la creación de huertos de plantas medicinales; aunque, hay árboles que sólo se encuentran en los montes altos. Los jardines botánicos también representan altos costos de mantenimiento. Una de las propuestas de la OMIMPY surgida en la VII Jornada de Medicina Indígena Tradicional (realizada en junio de 2001) fue la creación de reservas para la protección del ambiente y la flora medicinal, sobre todo donde existen especies en peligro de extinción. Otros terapeutas han sugerido la creación de bancos de plantas deshidratadas para emplearlas en épocas de escasez. Se sugirió la recuperación, registro, difusión y protección del conocimiento maya tradicional. En la declaración final, la agrupación solicitó el derecho al registro de patentes, de autor, de producción y comercialización de las plantas medicinales y, posteriormente, la transformación de éstas.

            Los intentos por crear sistemas mixtos formales de atención a la salud no han fructificado. Las dos únicas clínicas que prestan atención mixta en Yucatán están en manos de organizaciones internacionales y en las que sólo tienen cabida algunos curanderos de la zona. Aunque algunos médicos alópatas se muestran tolerantes hacia la práctica médica tradicional, no parece haber interés, por parte de los representantes del sector salud, de implementar este modelo de atención a la salud en otras zonas rurales del estado. Lo que sí es un hecho es que en los últimos años los médicos tradicionales yucatecos organizados –incluso los no organizados- se sienten con la autonomía de ejercer su práctica médica y no en la clandestinidad como se desarrollaba hasta hace dos décadas. Ahora dan entrevistas en la radio, la televisión y periódicos de circulación regional y nacional; así mismo asisten a ferias para dar consultas y promover sus medicamentos herbolarios. En los congresos y encuentros regionales y nacionales pueden manifestarse en contra de las acciones y políticas que atentan contra su identidad y legado cultural.

            De alguna manera, el entonces INI (hoy CDI) con la participación de algunas instituciones nacionales e internacionales ha cambiado el perfil de la práctica médica tradicional. Técnicamente, es ilegal la práctica de la medicina tradicional sin la “licencia” o reconocimiento institucional que otorga la cdi, pero existen muchos terapeutas en el Sur como en otras poblaciones de la entidad y la Península que ejercen el oficio sin la aprobación e intervención de la cdi, aunque tampoco parece que las autoridades civiles o de salud estén tomando acciones legales en este asunto, como ya había sucedido en los dos siglos anteriores.

            Aunque oficialmente y en la reglamentación vigente se sostiene el respeto a las medicinas indígenas tradicionales, en sus relaciones cotidianas, los médicos alopáticos, y las mismas autoridades de salud, adoptan posiciones que ignoran la existencia de los sistemas médicos tradicionales; o buscan ocultar su existencia. Los médicos alópatas, respaldados por el Estado, algunas veces descalifican o subordinan las medicinas locales al definirlas ya sea como creencias o como prácticas en vías de desaparición, aunque otras veces adoptan posiciones ambiguas, incluso de aceptación y respeto.

            A pesar de los problemas anteriores que afectan a la práctica médica tradicional, en general, es la falta de apoyo a los Consejos Regionales de la OMIMPY, el problema que más preocupa a sus agremiados, pues su sobrevivencia depende en gran medida de la buena voluntad de las instituciones oficiales. Por ello, una de sus metas es conseguir que las instituciones del sector salud y las no gubernamentales afines incluyan nuevamente en sus programas y presupuestos anuales los apoyos necesarios para la promoción y difusión de la medicina tradicional a través de la realización de eventos y foros estatales y regionales; de lo contrario, ante esta situación de desamparo, se corre el riesgo de que esta organización –que a base de esfuerzo han logrado- se desintegre y los terapeutas se extingan paulatinamente, lo que implicaría la destrucción de una parte importante de la cultura maya que indudablemente tendría repercusiones irreparables para el ser maya.

Este artículo apareció publicado en: Temas Antropológicos, 2005. [Vol. 27, núms. 1-2, págs. 31-36]
Profesor investigador de la Unidad de Ciencias Sociales Universidad Autónoma de YucatánRegresar

 

Bibliografía




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